viernes, 31 de enero de 2020

Estando cerca en la distancia

Sin duda alguna, la tecnología es una herramienta indispensable en estos tiempos y forma parte de nuestro día a día. Las diferentes generaciones tenemos experiencias diversas de nuestro encuentro y contacto con ella, y a partir de ahí hemos construido una percepción y relación determinada con respecto a los avances técnicos.

Por ejemplo, la generación de mi madre y mi padre tuvo que subirse de golpe al tren de la tecnología y aprendió a utilizar al menos los beneficios básicos que esta brinda. Sin embargo, a pesar de su utilidad la idea de que "los tiempos de antes eran mejores" sigue siendo una constante.

Mi generación, en cambio, tuvo un período de transición más o menos adecuado para adaptarnos a ella. Vivimos una infancia disfrutando de la libertad de las calles del barrio y experimentando felizmente el monopolio de los juegos al aire libre, y poco a poco, entre la adolescencia y la adultez, nos fuimos encontrando con las experiencias virtuales que, a través de una pantalla, nos ofrecían Megaman, Street Fighter, Warcraft, Super Mario Bros, entre otros.

Sin embargo, la generación de Sara y las subsiguientes parecen haber nacido con la tecnología bajo el brazo, lo cual representa un desafío importante para quienes somos padres y madres en el sentido de lograr, junto con ellas y ellos, un equilibrio entre todo lo que ofrece el avance tecnológico, el juego al aire libre, la lectura de libros en físico y el relacionamiento humano más allá de las redes sociales.

Sara tiene un acceso bastante importante a las herramientas y dispositivos tecnológicos, no solo porque desde la propia escuela se privilegia su uso en su proceso formativo, sino también porque al ser una niña que pertenece a dos mundos, es esencial que tenga a mano todos los instrumentos que le ofrece la tecnología para mantener viva la llama del vínculo con ellos.

De esta manera, la tecnología la aproxima a Honduras cuando está en España y a España cuando está en Honduras, y le permite estar cerca en la distancia, esté donde esté, alimentando y profundizando sus relaciones familiares y de amistad, y sus lazos culturales y emocionales con ambas tierras, con ambas matrias.

A su vez, tanto ella como su madre y yo, continuamos en el proceso de alcanzar ese equilibrio que planteo, y, entre otras cosas, la lectura de libros sigue siendo un aspecto esencial. Hasta ahora, ha logrado un balance entre la lectura tradicional y el uso de la tecnología. Afortunadamente, Sara es una amante de la lectura desde muy pequeñita, siempre estuvo rodeada de libros y, a sus 11 años, disfruta muchísimo tener en sus manos un nuevo libro.

De hecho, uno de sus lugares favoritos en Vigo es la Casa del Libro, cuya visita se ha convertido ya en una tradición al final de las vacaciones de verano con sus propios rituales: al llegar, subimos al segundo piso, cada quien se dirige a la sección que le interesa, ella se pasea por las estanterías, toma algunos libros, se sienta a leer, escoge los que quiere comprar y, después de un buen tiempo disfrutando individualmente el ambiente del lugar, pagamos y nos vamos.

Por otra parte, una regla muy valiosa que hemos establecido entre ella y yo es mirarnos a los ojos cuando nos hablamos. Es primordial que entendamos que la atención a las personas es más importante que la pantalla de un teléfono y debo confesar que esto lo aprendí de ella, pues en una ocasión mientras me hablaba, yo seguía con mi mirada en el teléfono.

Así que Sara me hizo ver que tenía que prestarle atención, no solo con mis oídos, sino también con mis ojos. Desde entonces hago el intento de apartar el teléfono cuando ella o cualquier otra persona se dirige hacia mí; se trata de una cuestión de respeto, de hacerle sentir a quien me habla que lo que dice es importante y merece toda mi atención.

Finalmente, también hemos aprendido a usar la tecnología para estar juntxs en los hermosos pequeños detalles de nuestra relación padre-hija a pesar de las distancias. Desde bebita acostumbré a dormirla cantándole, con música, conversando o simplemente acompañándola tomando su mano mientras esperamos que llegue el sueño.

En los diferentes momentos en que nos han separado cientos o miles de kilómetros de tierra y mar, como esta noche, agendamos hacer una videollamada a la hora que se va a dormir, colocamos nuestros teléfonos de manera que ella pueda acostarse y verme a su lado, a veces le canto, otras le pongo música y otras platicamos hasta que se duerme. La promesa es no cortar la videollamada hasta asegurarme que ya está dormida.

Obviamente, quisiera estar ahí a su lado, sentirla, abrazarla, decirle personalmente cuánto la amo y lo orgulloso que me siento de ella, pero en medio de la distancia, la tecnología nos acerca, nos hace sentir en unión y, sobre todo, nos regala la magia de estar juntxs más allá de la diferencia horaria y de la longitud de los kilómetros.

domingo, 13 de octubre de 2019

Sí, mi hija es una niña empoderada


En diciembre de 2011 la Organizacicón de las Naciones Unidas decidió que cada 11 de octubre se conmemore el día internacional de la niña con el fin de promover el reconocimiento de sus derechos  y de los obstáculos que las niñas enfrentan en todo el mundo, especialmente en los países menos desarrollados.

Bajo los hashtags #NiñasNoMadres y #NiñasFelices en #Honduras, el Centro de Derechos de Mujeres (CDM) publicó la imagen que acompaña esta entrada, la cual se titula "Empodera a una niña y cambia el mundo". En cuanto la vi, la compartí en mis redes sociales porque en nuestro día a día, Yolanda y yo, como madre y padre intentamos darle herramientas a Sara para que sea una niña independiente, libre, segura, curiosa, capaz y que no se calle ante las injusticias.

Por eso me siento orgulloso cada vez que me cuenta sobre la forma en que ella ve el mundo con el prisma de las "gafas moradas"* que lleva puestas y que le ayudan a cuestionar aquellas situaciones injustas normalizadas en la cultura, en el lenguaje, en las actitudes y en las miradas que colocan a las mujeres en una posición de desigualdad frente a los hombres. Como dicen las compañeras de "Móstoles Feminista": "Los logros en igualdad sirven de poco por sí solos si no van acompañados de un cambio en las mentalidades"**.

Con sus "gafas moradas" Sara está aprendiendo a identificar y poner en discusión cuando una canción, una película o una publicidad tienen un contenido machista; y cuando un gesto, una frase o una actitud de una profesora o profesor, de un compañero o compañera de escuela, o de cualquier persona de su entorno perpetúan unos roles de género basados en la desigualdad. 

Una de las tantas situaciones concretas en que Sara nos demostró que lleva puestas las "gafas moradas" sucedió en agosto pasado cuando fuimos a O Grove***, un hermoso pueblo costero gallego, en donde nos reunimos varios amigos y amigas con nuestras hijas e hijos para compartir tiempo, actualizaciones, comida y piscina.

Mientras las personas adultas charlábamos, los niños y niñas jugaban con unos juguetes para lanzar agua, la cual conseguían del baño del restaurante en el que estábamos. Al principio, solo los niñas jugaban con ellos, mientras los niños jugaban a otra cosa. Pero una de las veces en que entraron al baño para cargar los juguetes, uno de los meseros las regañó porque estaban desperdiciando el agua y mojando el suelo. Por ello dejaron de jugar y los niños comenzaron a utilizar dichos juguetes.

De acuerdo con las tres niñas -Claudia (hija de Olga y Marcos), Lucía (hija de Quico y Ana) y Sara-, el mesero fue permisivo con los niños porque a pesar de estar haciendo lo mismo que ellas hicieron, no les decía nada. Fue hasta el final que él los regañó (yo estaba en el baño cuando sucedió) y los niños pararon de jugar. 

No obstante, las niñas estaban indignadas porque consideraron que habían recibido un trato desigual por parte del mesero en comparación con los niños. Para Claudia el mesero había cometido una injusticia y para Sara se había comportado como un machista porque a ellas las había regañado con prontitud por ser niñas y con los niños había sido menos estricto.

Así que las tres decidieron ir a hablar con él y le dijeron que había sido injusto y machista. El mesero no supo qué decirles o no quiso explicarles el por qué de su actitud. Sin embargo, él después se acercó a nuestra mesa para explicarnos lo que había pasado y lo que las niñas le habían dicho.

Todos y todas en la mesa nos partimos de risa, y, al mismo tiempo, sentimos mucho orgullo por la actitud de nuestras hijas de no quedarse calladas ante lo que ellas consideraban un acto que lesionaba su derecho a ser tratadas con igualdad y por tener la valentía de enfrentar el problema mediante el diálogo.

Todavía hoy Sara se indigna cuando recuerda ese episodio, así como por el hecho de que el mesero no les explicara a ellas la diferente actitud que él asumió frente a los niños, pero sí nos lo explicara a las personas adultas. Lo que está claro es que Claudia, Sara y Lucía lo pusieron en una posición incómoda al hacerle ver su actitud diferenciada que posiblemente él veía con normalidad patriarcal.

Sin duda alguna, este hecho me confirma que Sara, a sus 11 años, es una niña que día a día se empodera y que su madre y yo debemos continuar acompañándola en este proceso de poner a su disposición todas las herramientas necesarias para que enfrente este mundo desigual con valentía y dignidad. Yo, como padre, como hombre, insisto que el feminismo no solamente la libera a ella, también me libera a mí y me desafía a ser coherente con sus postulados de igualdad y horizontalidad.

* Ponerse las gafas moradas es una metáfora creada por la escritoria Gema Lienas, que implica ver el mundo desde un enfoque feminista para darse cuenta de las relaciones desiguales de poder que someten a las mujeres.
 

miércoles, 10 de julio de 2019

El amor y la tranquilidad caben en una videollamada


Hace unos días hablé con mi hija por videollamada. Escucharle su acento gallego me provocó dos sentimientos: primero, sentí emoción porque independientemente del tiempo que ha pasado lejos de Galicia, en cuanto llegó a España recuperó su vena gallega que se ha mantenido viva a pesar de la distancia y gracias a la conexión virtual que mantiene con la familia y la tierra que la vio nacer, y a sus visitas anuales en los últimos nueve años.

Segundo, sentí tranquilidad porque aunque de cierta manera me duele verla a través de una pantalla por el momento, sé que está segura lejos de Honduras y de sus terribles circunstancias. Saberla al otro lado del Atlántico minimiza la culpa que  sentía a diario por haberla traído a este país con tan solo un año y alejarla de la seguridad integral que le brinda España. Inicialmente nuestra decisión fue venir por 4 años, pero Honduras con sus luces y sus sombras nos atrapó por casi 10.

Quizá suena terrible decirlo, pero estoy feliz de que Sara no esté aquí aunque su ausencia diaria sea un peso a veces insoportable. Pero es mejor así, en estos últimos 10 años el país se ha sumergido en una permanente y profunda crisis con graves impactos en la vida y los derechos de la población, y en la que los espacios democráticos se han reducido por completo.

De hecho, yo mismo debo reconocer que durante este tiempo he sentido que Honduras, mi país de origen, me ha quitado más de lo que me ha dado en los aspectos más importantes de la vida. Mientras tanto, siento que España, mi país de acogida, me ha demostrado que aunque no nací ahí, se preocupa y me trata con mucho cariño y consideración, lo cual me reafirma en mi sentimiento de orgullo de ser español y de pertenencia a esa otra miña terriña

Mis problemas de seguridad que se vieron agravados el año pasado son una prueba de ello: el embajador español se comunicó conmigo y se puso a mi disposición para adoptar todas las medidas necesarias con el fin de velar por mi seguridad, incluso de apoyar mi salida en caso de ser necesario. El Instituto de Derechos Humanos "Bartolomé de las Casas" de la Universidad Carlos III de Madrid donde estudié, me llamó para ofrecerme una estancia de un año con el objetivo de sacarme de Honduras mientras la situación se calmaba.

Varios profesores y profesoras de España, Portugal, Italia, México, Puerto Rico y Centroamérica firmaron una carta dirigida al gobierno hondureño manifestando su preocupación por mi seguridad. Y, obviamente, mis amistades y familia españolas me respaldaron y ofrecieron todo su apoyo.

Por todo ello, al hablar con mi hija mediante una videollamada me hizo sentirme feliz pese a la distancia que nos separa porque sé que está segura, que allá tiene un futuro cierto, que disfruta de más espacios para poder vivir con autonomía y desarrollarse como persona con las herramientas para la libertad que le hemos dado durante todo este tiempo. Así las cosas, ¿cómo no estar contento en medio de la tristeza de que esté en su país de nacimiento si España le puede ofrecer lo que Honduras no le puede dar o incluso le puede arrebatar?

Yo sé perfectamente lo que mi país de acogida puede dar además de la seguridad humana. Concretamente, en mi edad adulta España me regaló una compañera de viaje de lujo-Yolanda-, primero como pareja y ahora como amiga; me concedió la enorme oportunidad de estudiar en sus universidades; me dio amistades especiales y una hermosa nueva familia; y me ofreció el regalo más extraordinario, mi hija Sara, que ahora se encuentra segura y contenta lejos de Honduras.

Mi hija está tan bien que está participando en un campamento de verano organizado por el ayuntamiento de su ciudad natal. Ya lleva 5 días en él y por lo que sabemos está feliz, ya que además de compartir con su prima Gaby y de conocer a otros niños y niñas (incluso ya hizo nueva pandilla), está realizando una diversidad de actividades que van desde escalar en un rockódromo, hacer slack line (cuerda tensa), montar en bicicleta, practicar tiro con arco, fabricar refugios naturales y aprender técnicas básicas de supervivencia. También está practicando piragüismo, kayak polo, senderismo y kinball.

En fin, además de segura, sé que está feliz y con un mundo lleno de oportunidades para su realización personal. Y sinceramente, en estos tiempos tan inciertos y convulsos en Honduras prefiero conformarme con meter todo mi amor posible por Sara en una videollamada, y disfrutar su sonrisa y su mirada en una pantalla, esperando pacientemente el día en que vuelva a abrazarla.

sábado, 15 de junio de 2019

¡No soy un súper papá!

 

Cuando la mayoría de personas conocen la forma en que yo ejerzo mi paternidad sobran los comentarios positivos al respecto. Uno de los más frecuentes es que soy un súper papá porque en mi vida he priorizado mi faceta de padre por encima de mi faceta profesional o laboral, incluso de mi vida personal.

Que soy un súper papi porque tuve la fortuna de tener unas circunstancias personales y laborales que me han permitido cuidar de Sara mientras está pequeña y dedicarle mucho tiempo para comenzar a dirigir sus pasos por el camino de la libertad, la diversidad, la igualdad y la autonomía.

Que soy un súper papá porque siempre intento acompañar a mi hija a todos sus compromisos, ya sea a un partido de fútbol o de voleibol, o a cualquier otra actividad escolar o de otro tipo en la que ella se involucra. Sobre esto he de decir dos cosas: primero, Sara es una niña muy activa, así que Yolanda y yo la apoyamos en todas las cosas que decide implicarse.

Segundo, admito que llega un punto en que me resulta cansado este trajinar y por eso agradezco cuando ella viaja a España a pasar sus vacaciones de verano, ya que, como lo he confesado en otro momento, su ausencia me regala una enorme cuota de libertad para cambiar el ritmo a mis propias necesidades cotidianas y dedicarme un espacio solo para mí, como hombre y no como padre*. 

Hay gente que insiste en que soy un súper papi porque cada vez que llega la hora en que ella tiene que dormir yo dejo de hacer cualquier cosa, independientemente de su importancia, para dormirla con música y quedarme junto a ella hasta que se duerme profundamente.

Que soy un súper papá porque mientras yo estoy en la ciudad, voy a dejarle almuerzo a la escuela para verla y hacerle sentir que estoy cerca. Que soy un súper papi porque estoy pendiente de compartir con ella música y películas, y comprarle libros que le sirvan en su formación humana y feminista.

Que soy un súper papá porque Sara es el centro de mi mundo y mientras esté pequeña decidí que mi vida gire alredor de ella y sus intereses, aunque eso implique soledades y renuncias afectivas de otro tipo o profesionales. 

Y así, hay muchas más razones por las cuales la gente me dice que soy un súper papi.

Reconozco que al principio caí en la trampa ególatra de sentirme un hombre especial, igualitario, incluso feminista; comencé a compararme con otros padres y asumí una actitud de superioridad desde la que me atreví a juzgar otras paternidades a la luz de la mía.

Pero un día Yolanda me bajó de la nube y ante el recurrente comentario de que soy un súper papá, dijo que no lo soy, que solo soy un padre, que lo que hago es mi obligación, que no tiene nada de especial que ejerza mi paternidad de esta forma porque es parte de las implicaciones y significados de ser padre.

Y tiene toda la razón. No soy un súper papá. Simplemente actúo y me comporto como debemos hacerlo los hombres que somos padres. Yo entiendo que en una sociedad patriarcal no es común encontrar a hombres cuidadores y sensibles a las necesidades afectivas de nuestras hijas e hijos, y por eso se nos considera "especiales" a quienes lo somos.

Pero no, no soy un súper papá, lo que sucede es que ahora entiendo que ejercer una paternidad igualitaria implica renunciar a los privilegios de la masculinidad y paternidad dominante que carga sobre la espalda, los brazos y los corazones de las madres, abuelas y otras mujeres el cuidado de nuestras niñas y niños.

Sé que todavía tengo mucho por hacer y avanzar para ser más coherente con mi objetivo de convertirme en un padre igualitario, pero compruebo que estoy en el camino correcto cada vez que la persona más importante de mi vida, Sara, me dice constantemente: "Papi, en serio, vos sos el mejor papá del mundo". 

* No la extraño, sí la extraño

jueves, 21 de marzo de 2019

¡Feliz día del chocolate papi!


¡Gracias! -le dije- y le di un beso en la mejilla para despertarla.

Inmediatamente ella reaccionó abrazándome y diciéndome ¡feliz día del chocolate papi! y no pude evitar reírme ante la loca y cómica ocurrencia con la que Sara me felicitó el día del padre.

Y esa pequeña muestra de su hermosa cualidad de reírse de todo, aun estando media dormida, me reafirmó que tengo muchas razones para estar agradecido con ella y con esta paternidad que cada día me empuja a convertirme en una mejor persona y me desafía a buscar permanentemente mayores niveles de coherencia entre mi discurso de hombre igualitario y mi práctica cotidiana.

A lo largo de estos días no he dejado de pensar en todas aquellas cosas por las que esa mañana le dije gracias a Sara y de ratificar que su presencia me ha introducido en un interminable y complejo proceso de metamorfosis del hombre muy machista que antes fui, al hombre menos machista que ahora soy, pero con la vista puesta en el hombre igualitario que quiero ser en un futuro no tan lejano.

Desde entonces, han transcurrido 10 años de caminar hacia una paternidad igualitaria y gracias a la hermosa idea de mi nueva familia de Papás Blogueros de celebrar y "rescatar la alegría de ser papás", y "compartirla con la mayor cantidad de gente posible" en este mes de marzo*, aprovecho para compartir tres razones por las cuales le agradezco a Sara el regalo y el privilegio de ser padre, de ser su papi. 

Primero: Soy un hombre feliz y mucho más comprometido con los cambios socio-políticos para bien de los sectores más vulnerabilizados. A pesar de vivir en el país per cápita más peligroso del mundo para las personas defensoras de derechos humanos, la vida de Sara me llena de esperanza, de fuerza, de utopías y de alegría en medio de tanta miseria, muerte, machismo y desolación.

Desde que vinimos de España la mirada de mi hija  me ha dado el impulso necesario para acompañar y aprender de tantos hombres y mujeres valientes y admirables que trabajan incansablemente por una sociedad más justa y solidaria.

Hoy también comprendo que su radiante sonrisa es la poderosa razón que explica por qué me mantengo firme y optimista en esta lucha, pese a vivir en carne propia y ser testigo del sufrimiento que provocan las amenazas, el desplazamiento, el encarcelamiento y los asesinatos.

Gracias a Sara es que aún tengo energías para "seguir luchando por tener una mejor Honduras", como ella misma lo dijo hoy en el programa "América Libre" de Radio Progreso, al que mis amigos y compañeros Elvin Hernández e Ismael Moreno (Padre Melo) la invitan regularmente para analizar la realidad desde su madura mirada infantil.

Segundo: Soy un mejor hombre y cada día me esfuerzo más por relacionarme en un plano de igualdad con las mujeres y con las personas LGTBI. Sé que me falta muchísimo para alcanzar niveles aceptables de coherencia, pero los pasos que he dado son honestos y sin vuelta atrás; de hecho, me avergüenzo cuando se me salen por los poros los residuos machistas que todavía me habitan dentro y me aterra equivocarme en lo que digo y hago porque para mí significaría fallarle a mi hija que de alguna manera me ve como un referente.

En medio de mis incoherencias y desaciertos en la comunicación, intento permanentemente ser sincero y transparente con respecto a lo que puedo y me apetece dar, incluso cuando no sé lo que quiero, pero el norte que me sirve de guía es la horizontalidad, la cual estoy convencido debe sustentarse en el cuidado de las otras personas y el autocuidado.

Aunque admito que me falta un largo camino por recorrer para lograr abrirme y entregarme más alla del sexo ético y del amor sin adjetivos, también reconozco mi necesidad de quemar ordenadamente todas las etapas que se requieren para sanar las heridas acumuladas y de dialogar conmigo mismo sin prisas e, incluso, deteniéndome y volviendo a empezar.

Tercero: Soy un hombre más consciente, estudioso y preocupado por formarme y formar en género, feminismo y nuevas masculinidades. Esto me ha llevado a comprometerme a dar importantes pasos en tres niveles:

1. Me suscribo, leo y comparto blogs, artículos de revistas y libros sobre esos temas; además, tengo el privilegio de contar con compañeras que me acercan a ese tipo de lectura y me hacen regalos maravillosos como el que recientemente recibí de Helen Ocampo, quien me obsequió el libro "Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria" de Silvia Federici.

2. Desde el año pasado preparé y comencé a ofrecer un taller sobre "Derechos humanos, nuevas masculinidades y heteropatriarcado", a través del cual cuestiono el sistema patriarcal desde la lógica de la dignidad humana, la igualdad y no discriminación, y la democracia, pues los hombres no podemos continuar engañándonos en el sentido de creer que podemos ser o aparentar ser demócratas en el espacio público cuando en el ámbito privado somo unos machos autoritarios y nos comportamos como dictadores.

3. El año pasado me sumé a la iniciativa "No sin mujeres", mediante la cual centenares de académicos españoles "nos comprometemos públicamente a no participar como ponentes en ningún evento académico (Conferencia, Congreso, Jornadas o similar) o mesa redonda de más de dos ponentes donde no haya al menos una mujer en calidad de experta".

Debo reconocer que en algunas ocasiones yo he optado estratégicamente por participar en determinados espacios que no cumplen a cabalidad con lo anterior, pero lo he hecho para aprovechar el altavoz y hacer el señalamiento frente a la audiencia antes de iniciar o finalizar mi conferencia, lo cual ha dado muy buenos resultados en cuanto a colocar en el debate público la invisibilización de las mujeres en el ámbito académico y a exhortar a quienes organizan los eventos de este tipo a corregir esta desigualdad en el futuro inmediato.

Finalmente, deseo compartir que este es mi primer día y mes del padre formando parte de un colectivo maravilloso, "Papás Blogueros", animado por Joaquim Montaner. Me siento orgulloso y feliz de pertenecer a dicho grupo, pues gracias a él estoy conociendo las experiencias de otros papás que, al igual que yo, intentamos "visibilizar las nuevas paternidades y las masculinidades cuidadoras".

Todavía guardo con ilusión el correo que recibí de Joaquim el día 4 de octubre de 2018 en el que me preguntaba: "¿Te apetece sumarte a papasblogueros?" y me contaba que la "idea fundamental que hay detrás es visibilizar otras maneras de ser hombre, fundamentalmente a través de las vivencias, emociones, sentimientos... que genera la paternidad en nosotros". Obviamente mi respuesta inmediata fue "sí".

No puedo terminar esta entrada sin agradecer y brindar mi reconocimiento a Joaquim, pues se ha dado a la tarea de recopilar páginas de hombres que escriben en español sobre paternidades (ya somos más de 200 papás de varios continentes) y tenemos un grupo en Facebook y un canal en Telegram en donde compartimos nuestras experiencias del milagro cotidiano de ser padres igualitarios. 

Carnaval de blogs #mespadre

lunes, 11 de marzo de 2019

Un 8M con sabor a dudas, culpas y orgullo

 Cartel del Día Internacional de la mujer en Galicia // Galegas8M

El viernes por la mañana, como siempre sucede cuando Sara se queda conmigo, la desperté con un beso y un "te amo" para ir a la escuela. Pero esta vez, antes de hacerlo me quedé un par de minutos observándola dormir y pensando en la decisión que su madre y yo tomamos hace casi 10 años: regresar a Honduras en medio de un golpe de Estado, renunciar temporalmente a la seguridad de España y traer a este país convulsionado a nuestra niña de 1 año.

Aunque inicialmente decidimos venir solo por 4 años, las circunstancias de la vida nos han mantenido aquí por más del doble de ese tiempo, durante el cual han pasado tantas cosas, buenas y malas, que de alguna manera han cambiado nuestros rumbos y han servido para que Sara sea la niña independiente, consciente, sensible, solidaria y fuerte que es. Sin embargo, cada vez siento que aumenta el riesgo de seguir creciendo en una sociedad que señala y condena a las mujeres que deciden ser libres, y me siento culpable.

En ese sentido, reconozco que cuando la contemplaba mientras dormía me volví a cuestionar por qué decidimos traerla a este país en donde las mujeres son víctimas de todo tipo de violencias, desde los piropos supuestamente inofensivos que realmente constituyen acoso callejero y que les arrebatan la posibilidad de caminar libres y sin miedo por las vías públicas, hasta los ataques sexuales y los femicidios que son un mal endémico debido a la impunidad y a la falta de voluntad política para adoptar medidas estructurales que cambien estos patrones.

Este cuestionamiento me asalta cada vez con más frecuencia, especialmente cuando las estadísticas me gritan que en Honduras nos encontramos ante una emergencia nacional que solo este año le ha arrebatado la vida de forma violenta a 33 niñas y mujeres. Aunque en España las cosas tampoco pintan nada bien (18 mujeres asesinadas hasta la fecha), al menos se ha producido un movimiento que está haciendo tambalear las estructuras que sostienen el patriarcado, incluyendo un sistema de justicia aparentemente neutral, pero que juzga desde el prisma de la masculinidad tradicional.

Ese viernes se conmemoraba el día internacional de la mujer y fue una razón suficiente para que mis cuestionamientos volvieran a aflorar, ya que pude comparar los avances en materia de igualdad que hay en España en relación con Honduras, a pesar de los retrocesos que representan Vox, el Partido Popular y Ciudadanos, los cuales se están estrellando contra el inmenso muro que poco a poco ha ido construyendo y consolidando el movimiento feminista que, por segundo año consecutivo, lo muestra en todo su esplendor en las calles de cada ciudad española.

En Honduras, aunque el movimiento feminista no alcanza aún una dimensión multitudinaria, nuestras compañeras siguen demostrando un valor y una fuerza inclaudicable por enviar su mensaje liberador y de denuncia en un contexto de violaciones sistemáticas a los derechos humanos de las mujeres. Obviamente, como padre prefiero que mi hija viva su adolescencia y juventud en una sociedad como la española antes que la hondureña, y aunque a veces me siento culpable de habernos mudado aquí con lo que ello significa para su seguridad y su libertad, para Sara conocer de primera mano esta realidad está siendo fundamental en la formación de su carácter.

En medio de mis dudas y sentimientos de culpa, la desperté, la abracé y le recordé que era el día internacional de la mujer y las razones por las cuales se conmemora. Le di suficiente dinero para que invitara a sus compañeras a un topogigio (una especie de leche congelada con coco, chocolate o frutas) y les explicara la importancia de un día como ese para los derechos de las mujeres, y de todo lo que falta para alcanzar la igualdad real entre mujeres y hombres. Por la tarde me contó que una de sus compañeritas, Iza, se convirtió en la vocera oficial de la invitación y en voz alta frente a todo mundo les decía a sus compañeras que había topogigios para todas porque era el día internacional de la mujer y lo que implicaba.

Cuando la llevé a la escuela por la mañana, la observé mientras entraba y sentí un orgullo enorme de ser papá de una niña que sin duda alguna se está convirtiendo en una enemiga del patriarcado y que poco a poco está comprendiendo la importancia de la sororidad, de formarse y de cuestionar los modelos y patrones que promuven y naturalizan la desigualdad y la violencia contra las mujeres. Y también me sentí orgulloso de que ella tenga la plena seguridad de que puede contar conmigo de forma incondicional y que soy su primer aliado hombre en esta lucha por la igualdad. 

Debo decirlo, a pesar de mis incoherencias me enorgullezco de mi mismo porque sé que estoy en el camino correcto en mi papel de hombre y padre de acompañar a Sara en este largo y espinoso proceso de liberación. Entre más libre es ella, más libre soy yo y por eso cada día me convenzo más de que el feminismo no solo la libera a ella, también me libera a mí, aunque no sea nada fácil cuando se trata de renunciar a mis privilegios.

viernes, 25 de enero de 2019

Una breve lección infantil contra el machismo

Educar a una niña en estos tiempos no es nada fácil porque a pesar de los esfuerzos de madres y padres que apostamos por una educación igualitaria, existe un sistema de dominación patriarcal que discrimina a las mujeres, los cuales se reproducen sistemáticamente proyectándose en todo el orden social, económico, cultural, religioso y político.

Dicho sistema contiene unos patrones socio-culturales que buscan disciplinar a las mujeres para mantener los roles "naturales" que hemos aprendido desde casa en relación con lo que debemos ser y la forma en que debemos comportarnos según nuestro sexo bajo una limitada lógica binaria hombre-mujer: "Los niños no lloran", "las niñas son más frágiles", los niños no juegan con muñecas", "las niñas son princesas indefensas".


Por tanto, se premia a quien actúa de acuerdo con esos roles y se castiga y se excluye a quien no cumple con ellos. Sara es un ejemplo de ello porque para algunas de sus compañeritas y compañeritos, por ejemplo, es "loca" porque se ríe a carcajadas, porque se sienta como quiere, porque actúa libremente, porque cuestiona todo, porque detecta y señala los micromachismos.

Me gusta mucho cuando ella me comparte sus razonamientos de las canciones que están de moda y me señala lo misóginas que son algunas letras, o cuando me cuenta que un maestro o maestra dijo algo que ella considera machista. Me siento orgulloso de la capacidad de mi hija de percibir las manifestaciones de un sistema que normaliza la discriminación de las mujeres a través del lenguaje, la publicidad y la educación.

Por eso me alegra tanto cuando Sara obtiene pequeñas victorias que son una bofetada al patriarcado y que nos deberían de servir de lección a todos y todas. Por poner un ejemplo, antes de navidad su equipo jugó un partido de fútbol en San Pedro Sula, al cual ni Yolanda ni yo pudimos ir. Al terminar el juego, Gaby, la madre de Allison, quien es la portera del equipo, se ofreció a traer a Sara de regreso y de paso invitarla a cenar a un restaurante que tiene un área de juegos con una pequeña cancha de fútbol incluida.

Al llegar, ambas niñas, como grandes apasionadas del fútbol, prácticamente se apoderaron de la cancha. Me cuenta Sara que mientras jugaban se acercó un niño más o menos de su misma edad y en un tono "condescendiente" les propuso jugar un partido: él solo contra ellas porque son niñas. Sara y Allison se vieron, encogieron los hombros y con una sonrisa cómplice aceptaron. El partido terminó 13 a 0 a favor de ellas. 

El niño quedó sorprendido de que dos niñas le ganaran al fútbol porque seguramente en el marco de los estereotipos existentes las niñas no juegan fútbol y, si lo hacen, no pueden jugar mejor que los niños. Así que les propuso jugar otro partido, pero invitando a otro niño para jugar con él. En esta ocasión estaban en igualdad de condiciones: dos niñas contra dos niños. Ellas aceptaron encantadas. El partido terminó 13 a 6 y nuevamente Sara y Allison lo ganaron.

Sin duda alguna, esta experiencia puede traer dos lecciones importantes: Primero, si los niños estuvieran bien acompañados en términos de educación para la igualdad, seguramente aprenderían, junto con los hombres adultos, que no debemos continuar reproduciendo estereotipos que nos hacen creer que somos superiores a las niñas y a las mujeres, y, consecuentemente, generar y permitir relaciones desiguales de poder.

Segundo, si las niñas y las mujeres siguen empoderándose e interiorizando que tienen la capacidad de romper con las barreras impuestas por la sociedad patriarcal, y lo hacen en sororidad, indudablemente continuarán poniendo contra las cuerdas el machismo que, como lo señala la escritora madrileña Marta Sanz, es la enfermedad del patriarcado, frente a la cual se requieren dosis permanentes de feminismo. Sara y Allison inyectaron su respectiva dosis con la pequeña lección que le dieron a ese niño.

Como sé que no es ni será nada fácil para ella mantener esa posición feminista y antipatriarcal, mi compromiso de acompañarla como padre y como hombre se renueva cada día, y pese a mis incoherencias, miedos y resistencias ante la pérdida de mis privilegios, intento avanzar aunque sea a tropezones hacia posturas y actitudes igualitarias.