Llegó el
momento. Lo escribo con esa mezcla de alivio y orgullo que siente
cualquier padre cuando ve a su hija enfrentarse a un desafío que ella misma
planificó desde hace años. Esta semana, Sara se sometió a tres jornadas
intensas de exámenes en el marco de las Pruebas de Acceso a la Universidad
(PAU), mejor conocidas como la “Selectividad”. Para quien no esté
familiarizado, estas pruebas evalúan las competencias del estudiantado al
finalizar el Bachillerato y abren la puerta a los estudios universitarios en
España.
Cada año, la
Selectividad acapara la atención mediática, y no es para menos: marca el futuro
académico de cientos de miles de jóvenes. La acompañan debates intensos sobre
la dificultad de los exámenes, la equidad entre comunidades autónomas, los
nervios a flor de piel, las anécdotas que luego se quedan en la memoria
colectiva, etc.
Desde hace tres
años, Sara tuvo este momento en su horizonte. Cuando se le presentó la
oportunidad de estudiar un año en Estados Unidos, decidió hacerlo en cuarto de
la ESO —Educación Secundaria Obligatoria, el décimo grado allá—. Su lógica, hay
que reconocerlo, era impecable: le convenía cursar los dos años de Bachillerato
en España porque, para acceder a la universidad, toman en consideración la nota
media de Bachillerato (que cuenta un 60%) y la fase obligatoria de la PAU (que
cuenta el 40% restante). Si se hubiera ido a Estados Unidos en primero de
Bachillerato, después le resultaría mucho más complicado adaptarse al segundo
año en España. ¿La razón? El nivel de exigencias en el sistema educativo
español es, en algunas materias, más alto que el estadounidense, tal y como lo
comprobó Sara.
Por eso, ella
lo tenía muy claro: primero de Bachillerato en España le serviría para
nivelarse; segundo de Bachillerato, para subir su promedio. Tal cual lo
planificó, así le salió y lo logró con un sobresaliente. Y eso es una de las cosas que más admiro de mi hija.
Es una persona disciplinada, con una claridad envidiable sobre lo que quiere y
una capacidad de planificación impresionante. En especial durante este último
año, Yolanda y yo hemos sido testigos de esa disciplina. La hemos visto levantarse
temprano -incluidos los fines de semana-, organizar sus horarios, sacrificar
salidas con sus amigas y asumir con constancia esta responsabilidad. No es
fácil, y ella lo ha hecho con una madurez envidiable.
La próxima
semana conocerá los resultados de la Selectividad. Como en España se escoge el
Bachillerato orientado a los estudios universitarios que se pretenden realizar,
Sara tiene como primera opción Psicología, aunque está abierta a revisar más
opciones cuando conozca su nota final. Y este viernes fue su graduación, que
implicó el fin de una etapa y el comienzo de una nueva: la universitaria. Dentro
de unos meses, Sara emprenderá el vuelo hacia la universidad. Será un mundo
distinto, fresco, inmenso e interesante, lleno de personas que aún no conoce,
de ideas que la desafiarán y de días de descubrimiento.
Seguramente,
habrá asignaturas que la apasionen y otras que no tanto; habrá profesores y
profesoras que la inspiren y otras que le pongan a prueba la paciencia. Pero
sobre todo habrá libertad. Y también habrá preguntas sin respuesta inmediata,
noches de estudio compartidas con nuevos amigos y amigas, debates en los que defenderá sus ideas y escuchará las contrarias. Ese mundo
universitario, con sus pasillos llenos de ruido y sus bibliotecas en silencio,
será para ella un territorio por explorar. Y Yolanda y yo sabemos que lo hará
con la misma valentía con la que a los catorce años cruzó el Atlántico para
vivir y estudiar un año en Estados Unidos.
Pero este
cambio no solo es importante para Sara. También lo es para nosotros. Es el
inicio de una nueva etapa para Yolanda y para mí. Durante años, nuestro ritmo
de vida ha girado en torno a su mundo, pero a partir de ahora será un poco
distinto. La seguiremos acompañando, claro que sí. Siempre estaremos ahí, a un
mensaje de distancia, a una llamada, a un viaje en tren, en autobús, en coche o
en avión. Pero ella empezará a volar con sus propias alas. Y como sucede con
todos los vuelos, habrá algo de vértigo al verla alejarse. Sin embargo, también
hay una profunda paz al comprobar que esas alas están bien formadas.
Porque cuando
miramos atrás y hacemos balance, nos sentimos profundamente agradecidos y
tranquilos porque, por un lado, en las diferentes etapas de la vida de Sara en
Honduras, Estados Unidos y España hemos contado con el apoyo incondicional de
nuestras parejas, amistades y familias, sin el cual todo hubiera sido más
complejo. Y, por otro, porque Sara se ha convertido en una persona culta y madura. No
solo en sentido cronológico, sino también en inteligencia tanto intelectual
como emocionalmente. Sabe reconocer sus emociones, nombrarlas, gestionarlas. Sabe pedir perdón y perdonar. Sabe cuándo pedir ayuda y cuándo darla, y eso no es algo que se aprenda en los
libros de texto. Además, es una chica consciente de las injusticias que
atraviesan el mundo. No se tapa los ojos, pregunta, se indigna ante el
genocidio palestino y ante otras injusticias que hacen del mundo un lugar tan inhumano,
y busca entender por qué hay personas que sufren graves carencias mientras
otras acumulan a tal grado que resulta ofensivo para la dignidad humana.
Y tiene muy
clara su condición de mujer. Sabe lo que significa nacer con dos cromosomas XX
en una sociedad que todavía arrastra desigualdades milenarias. Por eso, defiende
con firmeza la necesidad de seguir luchando por la igualdad real. No es una
lucha que le hayamos impuesto; le nace de dentro, como un latido, aunque también
ha visto nuestro compromiso y el de nuestros compañeros y compañeras de camino.
A su vez, está políticamente clara. A sus años, ya distingue perfectamente qué
discursos ofrecen esperanza y cuáles solo siembran odio, qué proyectos amplían
derechos y cuáles los recortan sin rubor. No le da miedo decirlo y lo hace con
argumentos, no con consignas. Esa claridad me parece, honestamente, un lujo en
una persona tan joven.
Y algo que para
Yolanda y para mí tiene un valor incalculable: es extraordinariamente
comunicativa y cariñosa. Los “te quiero” nunca faltan en su boca. Los dice al
despertar, al despedirse, al colgar el teléfono o después de una
conversación en un chat, a veces sin motivo aparente, solo porque sí. En un
mundo donde muchas personas adolescentes se refugian en silencios de pantallas
y auriculares, y respuestas de una sola palabra, Sara nos regala frases
completas, besos, caricias y abrazos inesperados. Y eso, visto
desde la orilla de los padres y madres, es quizá el mayor de los éxitos: que
nuestra hija, siendo tan independiente, no haya dejado de querernos cerca.
Porque volar con alas propias no significa volar sola. Significa saber que
siempre hay un puerto al que regresar. Y ella lo sabe. Y Yolanda y yo también.
En varias ocasiones,
algunas personas me preguntaban cuándo volvería a escribir una nueva entrada en
el blog y siempre les decía que pronto. Pero han pasado dos años sin haber
escrito nada. Hubo varias razones y no todas tienen que ver con la falta de
tiempo o de historias que contar. La principal, lo reconozco, es que Sara ya no
es esa niña de quien podía contar sus travesuras, sus aprendizajes o sus vivencias
sin que ello le afectara. A medida que crecen, nuestras hijas e hijos van
construyendo una intimidad que merece todo nuestro respeto. Hay experiencias,
anécdotas, conversaciones y decisiones que ya no nos pertenecen a los padres y
madres para ventilarlas públicamente. Sara es una adolescente con una vida
propia —con sus amistades, sus secretos, sus alegrías y sus tristezas— y, por eso,
durante estos dos años, no escribí ninguna entrada. No porque no tuviera nada
que decir, sino porque lo que tenía para compartir ya no era solo mío.
Hoy he
vuelto a escribir, pero solo para contar esta nueva etapa —la de Sara en su
camino a la universidad, la de su vuelo definitivo— y también para contar la
mía como padre que la ve marchar. Quizá esta sea mi última entrada en este
blog. Y digo quizá porque la vida siempre tiene la última palabra, pero lo
cierto es que siento que es el momento de cerrar un ciclo. Este espacio nació
el 10 de mayo de 2017, con aquella primera entrada en la que, temblando un
poco, me asomaba al mundo de los “papás blogueros”. Durante todos estos años,
he compartido tantas cosas y hoy no encuentro mejor manera de despedirme que
escribiendo sobre la persona en la que se ha convertido Sara. Esa niña que hace
diecisiete años, cuando llegó a nuestras vidas, me cambió para siempre. Me
motivó a ser un mejor hombre y a luchar día a día para quitarme de encima el lastre de la masculinidad tóxica, a mirar hacia atrás sin huir de mis propios
errores que hirieron a otras personas que no se lo merecían. Pero la presencia
de Sara me dio la oportunidad de redención.
Para celebrar
esta nueva etapa de mi hija —la del mundo universitario que la espera, la de
sus alas extendidas— y para cerrar la mía como “papá bloguero”, quiero dejar
aquí algo muy personal. Hace varios años, el 9 de agosto de 2020, le escribí
una canción. La guardé durante todo este tiempo y me dediqué a producirla,
pensando que llegaría el momento adecuado para entregársela. Previamente, solo se la
compartí a Lidia, a Yolanda, a José Luis y a Joksan. Ese momento es
ahora. La letra, la música, los arreglos, la mezcla y la masterización —todo,
absolutamente todo— lo hice yo, como parte de un aprendizaje que empecé hace
tres años en producción musical. No sé si el título de la canción tendrá
sentido para este blog, pues se llama “Hasta pronto”. Y para quien quiera leer la
letra y escucharla, dejo aquí el enlace. Es una canción que habla sobre el “cielo
abierto” que le espera a Sara para que descubra, sueñe, ame y sea libre.
Después de escribir
durante tantos años sobre mi hija, hoy descubro que la mejor entrada era la que
nunca llegué a escribir: la de verla volar.
Link de la canción: “Hasta pronto”.

