viernes, 31 de julio de 2020

Mi corazón está en Vigo... en Galicia



Hace exactamente 10 años entré al despacho de la Magistrada Juez encargada del Registro Civil de Vigo para prestar mi juramento de obediencia a la Constitución y demás leyes españolas, y me convertí en ciudadano gallego y español. Mis 16 años de vinculación con España y mi primera década de ciudadanía me han demostrado que la Matria, como señala Benedetti en su libro "Vivir adrede", "es como el arroz: germina en todas partes, así sea con océanos de por medio".

Y durante todo este tiempo Galicia y España se me han metido por los poros, me corren en la sangre, se han grabado en la retina de mis veranos, me han permitido ampliar mi círculo familiar y de amistad con personas maravillosas, me han regalado los mejores y más importantes momentos de mi vida adulta y, sobre todo, me han mostrado la seguridad y el futuro cierto de Sara en un mundo tan incierto.

Por eso y muchas otras cosas más, hago mías las palabras de Benedetti en otro de sus poemas, "Esta es mi casa", y me digo a mí mismo que "me gusta repetir, no cabe duda, esta es mi casa"... Galicia, España, también son mi casa y mi Matria. Y hace muy poco, Xulia, hermana de Yolanda, me lo volvió a ratificar cuando me recordó con mucho cariño: "Tú ya sabes que aquí siempre tendrás tu casa y tu familia, que es la de Sara".

Así que tengo muchas razones para decir que mi corazón está en Vigo, en Galicia, no solamente por lo que acabo de expresar, sino también porque es la tierra donde nació Sara un 6 de septiembre de 2006 en el antiguo Hospital Xeral, arropada por la maravillosa ría que la envuelve, y donde ahora ella se encuentra después de haber salido hace más de una semana en un vuelo de repatriación hasta Madrid, a donde su tío Dani y su prima Estela la fueron a buscar para luego hacer el viaje en coche hasta uno de sus lugares favoritos, Panxon, el mismo lugar favorito de su madre desde que era una niña.

Debido a la pandemia pensamos que sería muy difícil ir en verano a España, como todos los años. La agencia nos informó un par de ocasiones que el vuelo que habíamos comprado se había cancelado. Yo solo quería aprovechar el privilegio de poder sacar a Sara de Honduras y enviarla a un lugar más seguro en el contexto de esta crisis, pero las sucesivas cancelaciones del vuelo me ponían muy nervioso y preocupado.

Fueron días de mucha tensión que se incrementaron a medida que pasaba el tiempo. Uno de esos días mi amiga Claudia Sánchez me escribió para pedirme que si viajaba a España, le llevara a su hija Rocío, que también es española. Ante la cancelación de nuestros vuelos, ella consiguió un cupo en un vuelo de repatriación del 17 de julio y me dio el contacto de Diana Elvir (Transmundo), quien inicialmente me dijo que ese vuelo estaba lleno, pero que saldría otro el 22. 

Pregunté entre mis amistades españolas si alguien viajaba en el vuelo del 22 y cuando le consulté a mi querida amiga Maddalen Arrizabalaga, a quien no veía desde hace 5 años, me respondió que ella viajaba en el vuelo del 17. Poco a poco mis esperanzas de que Sara saliera de Honduras se fueron esfumando, pero una noche Diana Elvir me llamó para preguntarme si todavía estaba interesado en un cupo para el vuelo del 17, el cual finalmente me consiguió. 

Diana no se imagina lo agradecido que estoy por ese gesto desinteresado que tuvo conmigo. Inmediatamente hablé con Maddalen para pedirle que llevara a Sara, ya que debido a la naturaleza del vuelo -al ser de repatriación- no podía viajar sola como lo ha hecho siempre desde que tiene 5 años y medio. Sin dudarlo me dijo que lo haría encantada y que, además, se harían compañía con su hija Walkiria, con quien se habían conocido en una ocasión que se encontraron en un vuelo de regreso de España, cuya conexión San Salvador-San Pedro Sula fue cancelada y les obligó a quedarse con sus madres una noche en esa ciudad.

Después de varios sustos de trámites que sufrimos a última hora en el aeropuerto, pero que fueron resueltos por Maddalen con una tenacidad y capacidad impresionante, pudimos ver a Sara cruzar la revisión de pasaportes junto con Maddalen, su hija Walkiria y su esposo Gabriel. Iba feliz, como siempre, pero presintiendo los grandes cambios que esta crisis puede acelerar en su vida y sin imaginar que es posible que pasen varios meses sin vernos, y que no pueda estar con ella en su cumpleaños, algo que no quiere que suceda como me lo dijo una semana antes de su viaje.

Y de este modo, desde el 17 de julio mi corazón está en Vigo, en Galicia. Antes lo estaba, pero parcialmente, ahora lo está completamente. Yo estoy consciente que es un privilegio haber podido sacar a mi hija de Honduras y saberla bajo el cuidado de su familia materna y ahora también de su madre en un lugar más seguro, con uno de los mejores sistemas de salud en el mundo junto con Singapur, Hong Kong y Japón, de acuerdo con el Índice de Competitividad 2019 elaborado por el Foro Económico Mundial, pese a los terribles recortes que ha hecho el Partido Popular cuando ha estado en el gobierno.

Y aunque duele cuando siento que mi corazón está en Vigo, en Galicia, también me hace feliz y me tranquiliza porque sé que Sara está bien, mejor, llevando una vida mucho más normal que aquí, pese a esta crisis sanitaria mundial. Y hoy que me envió un videomensaje por Telegram para mostrarme su nuevo corte de cabello, sentí que mi corazón, tan lejano, también aprovechó para enviarme un latido lleno de nostalgia, de alegría y, sobre todo, de tranquilidad.

Mientras desde la distancia mi corazón observa de reojo mi boleto de avión que quedó abierto para viajar en cualquier momento de este año cuando los kilómetros de ausencia pesen demasiado, yo quiero aprovechar este tiempo para aportar, junto con muchos hombres y mujeres valientes, para que algún día no sea necesario largarse de este país, ni por privilegio ni por falta de opciones.

jueves, 2 de julio de 2020

Amor es amor, mi hija ante la diversidad sexual


El pasado 26 de mayo, Costa Rica se convirtió en el primer país de Centroamérica en legalizar el matrimonio igualitario a través de una sentencia de la Sala Constitucional. Y el 28 de junio, en España celebramos 15 años desde que el Congreso aprobara la reforma del Código Civil que permitió el matrimino entre personas del mismo sexo.

Cuando escuché la noticia de Costa Rica me llené de mucha emoción, no solo porque como hombre heterosexual aporto mi granito de arena en esta lucha de la que soy aliado, sino también porque considero que esa decisión representa un paso de gigante en el respeto de la dignidad humana y la diversidad sexual; además, pensé en mis amistades LGBTTI y el reconocimiento de sus derechos.

Corrí a buscar a Sara para contarle la buena noticia y le dije que había que celebrar. Sin embargo, su reacción fue inesperada y tomó la forma de varias preguntas: "¿Cómo, papá?, ¿acaso las personas del mismo sexo no se podían casar antes en Costa Rica? Yo creí que era lo normal. ¿Pero cómo es posible que hasta ahora puedan casarse?"

Luego me preguntó si en Honduras la ley les permite casarse y le dije que no. Nuevamente su reacción fue de desaprobación y de sorpresa, que resumió en un simple y profundo comentario que me dejó prácticamente sin palabras: "Papá, que no puedan casarse no es normal. Son personas y tienen los mismos derechos". Sus preguntas y comentarios me quitaron la emoción inicial y me hicieron reflexionar sobre dos cosas.

Primero, que en la lógica de mi hija de 11 años es inconcecible que todavía existan países donde las personas no puedan ejercer su derecho a casarse con quien aman solo porque su orientación sexual es diversa y se encuentra en los márgenes impuestos por la heteronormatividad.

Obviamente, me siento orgulloso de que Sara considere anormal está situación porque significa que es una niña que tiene interiorizado el valor de la riqueza que representa la diversidad y no ve diferencias que impliquen discriminación y restricción de derechos por motivos de orientación sexual. Además, como ella misma lo dice, a esta edad cree que es heterosexual, pero ya tendrá tiempo para mirarse al espejo y autoreconocerse. Ella sabe perfectamente que su madre y yo siempre estaremos a su lado de forma incondicional.

Segundo, me sentí avergonzado de saber que en pleno siglo XXI todavía se nieguen derechos tan básicos a las personas únicamente por su orientación sexual y, lo peor de todo, es que existan posiciones que generan discursos de odio que sin duda alguna en muchas ocasiones terminan en muerte y dolor.

De acuerdo con el estudio "El prejuicio no conoce fronteras" de la Red Regional de Información Sobre Violencias LGBTI en América Latina y el Caribe, 1312 personas LGBTTI han sido asesinadas desde el año 2014, la mayoría en México, Colombia y Honduras.

En Honduras, el Observatorio de Muertes Violentas de Personas LGBTTI de la Red Lésbica Cattrachas ha documentado 360 asesinatos desde 2009 hasta la fecha. Y según el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, más del 90% de estos crímenes de odio quedan en la impunidad.

Generalmente, quienes se oponen al reconocimiento de los derechos de las personas LGBTTI argumentan cuestiones culturales o creencias religiosas, lo cual es inaceptable porque como lo señala la Corte Interamericna de Derechos Humanos en su Opinión Consultiva OC-24/17, la orientación sexual constituye un aspecto esencial en la identidad de una persona y “no constituye un criterio racional para la distribución o reparto racional y equitativo de bienes, derechos o cargas sociales”.

Debo insistir que mucho menos se puede apelar a razones religiosas o morales, ya que las mismas pueden ser decisivas e importantes para las personas creyentes, pero no tienen ningún valor en la discusión con quienes no tienen las mismas creencias. Además, cuando un discurso lesiona la dignidad de las personas, al menos no merecen mi respeto y consideración.

A veces me sorprendo a mi mismo cuando a estas alturas todavía hay que intentar explicarle a ciertas personas que en una sociedad que se precie democrática y en un Estado laico no se pueden restringir derechos de un grupo de la población con el argumento de que “es palabra de Dios”, dado que tratar de imponer una concepción religiosa o moral, aunque sea mayoritaria, atenta contra la dignidad humana y los derechos humanos.

¡Qué igualitario y justo sería el mundo si entendiéramos que permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo no quita derechos a nadie, sino que reconoce derechos a quienes se les restringe arbitrariamente, impidiéndoles la protección jurídica y los beneficios sociales que de manera injusta solo disfrutamos las parejas heterosexuales!

Afortunadamente, el matrimonio igualitario es reconocido ya en alrededor de 30 países y me siento orgulloso de que España haya sido pionero en ello, dado que fue la cuarta nación en el mundo tras Holanda, Bélgica y Canadá en reconocer algo tan básico que todos y todas deberíamos entender y aceptar sin resistencias: amor es amor.

Sara lo tiene claro y me lo volvió a ratificar el martes pasado cuando emocionado le dije que en España celebrábamos 15 años de la legalización del matrimonio igualitario. Su reacción de incredulidad fue nuevamente la misma y también se transformó en otras preguntas con aires de retórica: "Papá, ¿apenas hace 15 años se reconoció en España el matrimonio entre personas del mismo sexo?, ¿cómo es posible?".

Espero que en los próximos años recordar y celebrar estos acontecimientos tan importantes para la dignidad humana, ya no le provoquen a mi hija incredulidad y, en cierta medida, decepción. Que ella y su generación puedan ser el motor para lograr de una vez por todas que una "nueva normalidad" sea posible en la que sea cierto y universal el valor del verdadero amor que justifica y debería justificar a quizá todas las religiones y creencias del mundo, y el ideal de la igualdad y no discriminación establecido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Mientras tanto, yo seguiré acompañando a Sara en este camino en construcción que hace que valore y asuma la diversidad con normalidad, y sienta indignación ante la evidente negación de derechos a las personas LGBTTI; y también continuaré brindando mi modesto aporte a esta justa lucha junto a amistades, compañerxs y organizaciones valientes que, como Cattrachas, me permiten aprender y deconstruirme en este largo proceso de reconocimientos mutuos.