sábado, 6 de junio de 2026

Un “Hasta pronto” en una canción

 


Llegó el momento. Lo escribo con esa mezcla de alivio y orgullo que siente cualquier padre cuando ve a su hija enfrentarse a un desafío que ella misma planificó desde hace años. Esta semana, Sara se sometió a tres jornadas intensas de exámenes en el marco de las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU), mejor conocidas como la “Selectividad”. Para quien no esté familiarizado, estas pruebas evalúan las competencias del estudiantado al finalizar el Bachillerato y abren la puerta a los estudios universitarios en España.

Cada año, la Selectividad acapara la atención mediática, y no es para menos: marca el futuro académico de cientos de miles de jóvenes. La acompañan debates intensos sobre la dificultad de los exámenes, la equidad entre comunidades autónomas, los nervios a flor de piel, las anécdotas que luego se quedan en la memoria colectiva, etc.

Desde hace tres años, Sara tuvo este momento en su horizonte. Cuando se le presentó la oportunidad de estudiar un año en Estados Unidos, decidió hacerlo en cuarto de la ESO —Educación Secundaria Obligatoria, el décimo grado allá—. Su lógica, hay que reconocerlo, era impecable: le convenía cursar los dos años de Bachillerato en España porque, para acceder a la universidad, toman en consideración la nota media de Bachillerato (que cuenta un 60%) y la fase obligatoria de la PAU (que cuenta el 40% restante). Si se hubiera ido a Estados Unidos en primero de Bachillerato, después le resultaría mucho más complicado adaptarse al segundo año en España. ¿La razón? El nivel de exigencias en el sistema educativo español es, en algunas materias, más alto que el estadounidense, tal y como lo comprobó Sara.

Por eso, ella lo tenía muy claro: primero de Bachillerato en España le serviría para nivelarse; segundo de Bachillerato, para subir su promedio. Tal cual lo planificó, así le salió y lo logró con un sobresaliente. Y eso es una de las cosas que más admiro de mi hija. Es una persona disciplinada, con una claridad envidiable sobre lo que quiere y una capacidad de planificación impresionante. En especial durante este último año, Yolanda y yo hemos sido testigos de esa disciplina. La hemos visto levantarse temprano -incluidos los fines de semana-, organizar sus horarios, sacrificar salidas con sus amigas y asumir con constancia esta responsabilidad. No es fácil, y ella lo ha hecho con una madurez envidiable.

La próxima semana conocerá los resultados de la Selectividad. Como en España se escoge el Bachillerato orientado a los estudios universitarios que se pretenden realizar, Sara tiene como primera opción Psicología, aunque está abierta a revisar más opciones cuando conozca su nota final. Y este viernes fue su graduación, que implicó el fin de una etapa y el comienzo de una nueva: la universitaria. Dentro de unos meses, Sara emprenderá el vuelo hacia la universidad. Será un mundo distinto, fresco, inmenso e interesante, lleno de personas que aún no conoce, de ideas que la desafiarán y de días de descubrimiento.

Seguramente, habrá asignaturas que la apasionen y otras que no tanto; habrá profesores y profesoras que la inspiren y otras que le pongan a prueba la paciencia. Pero sobre todo habrá libertad. Y también habrá preguntas sin respuesta inmediata, noches de estudio compartidas con nuevos amigos y amigas, debates en los que defenderá sus ideas y escuchará las contrarias. Ese mundo universitario, con sus pasillos llenos de ruido y sus bibliotecas en silencio, será para ella un territorio por explorar. Y Yolanda y yo sabemos que lo hará con la misma valentía con la que a los catorce años cruzó el Atlántico para vivir y estudiar un año en Estados Unidos.

Pero este cambio no solo es importante para Sara. También lo es para nosotros. Es el inicio de una nueva etapa para Yolanda y para mí. Durante años, nuestro ritmo de vida ha girado en torno a su mundo, pero a partir de ahora será un poco distinto. La seguiremos acompañando, claro que sí. Siempre estaremos ahí, a un mensaje de distancia, a una llamada, a un viaje en tren, en autobús, en coche o en avión. Pero ella empezará a volar con sus propias alas. Y como sucede con todos los vuelos, habrá algo de vértigo al verla alejarse. Sin embargo, también hay una profunda paz al comprobar que esas alas están bien formadas.

Porque cuando miramos atrás y hacemos balance, nos sentimos profundamente agradecidos y tranquilos porque, por un lado, en las diferentes etapas de la vida de Sara en Honduras, Estados Unidos y España hemos contado con el apoyo incondicional de nuestras parejas, amistades y familias, sin el cual todo hubiera sido más complejo. Y, por otro, porque Sara se ha convertido en una persona madura. No solo en sentido cronológico, sino también en inteligencia tanto intelectual como emocionalmente. Sabe reconocer sus emociones, nombrarlas, gestionarlas. Sabe pedir perdón  y perdonar. Sabe cuándo pedir ayuda y cuándo darla, y eso no es algo que se aprenda en los libros de texto. Además, es una chica consciente de las injusticias que atraviesan el mundo. No se tapa los ojos, pregunta, se indigna ante el genocidio palestino y ante otras injusticias que hacen del mundo un lugar tan inhumano, y busca entender por qué hay personas que sufren graves carencias mientras otras acumulan a tal grado que resulta ofensivo para la dignidad humana.

Y tiene muy clara su condición de mujer. Sabe lo que significa nacer con dos cromosomas XX en una sociedad que todavía arrastra desigualdades milenarias. Por eso, defiende con firmeza la necesidad de seguir luchando por la igualdad real. No es una lucha que le hayamos impuesto; le nace de dentro, como un latido, aunque también ha visto nuestro compromiso y el de nuestros compañeros y compañeras de camino. A su vez, está políticamente clara. A sus años, ya distingue perfectamente qué discursos ofrecen esperanza y cuáles solo siembran odio, qué proyectos amplían derechos y cuáles los recortan sin rubor. No le da miedo decirlo y lo hace con argumentos, no con consignas. Esa claridad me parece, honestamente, un lujo en una persona tan joven.

Y algo que para Yolanda y para mí tiene un valor incalculable: es extraordinariamente comunicativa y cariñosa. Los “te quiero” nunca faltan en su boca. Los dice al despertar, al despedirse, al colgar el teléfono o después de una conversación en un chat, a veces sin motivo aparente, solo porque sí. En un mundo donde muchas personas adolescentes se refugian en silencios de pantallas y auriculares, y respuestas de una sola palabra, Sara nos regala frases completas, besos, caricias y abrazos inesperados. Y eso, visto desde la orilla de los padres y madres, es quizá el mayor de los éxitos: que nuestra hija, siendo tan independiente, no haya dejado de querernos cerca. Porque volar con alas propias no significa volar sola. Significa saber que siempre hay un puerto al que regresar. Y ella lo sabe. Y Yolanda y yo también.

En varias ocasiones, algunas personas me preguntaban cuándo volvería a escribir una nueva entrada en el blog y siempre les decía que pronto. Pero han pasado dos años sin haber escrito nada. Hubo varias razones y no todas tienen que ver con la falta de tiempo o de historias que contar. La principal, lo reconozco, es que Sara ya no es esa niña de quien podía contar sus travesuras, sus aprendizajes o sus vivencias sin que ello le afectara. A medida que crecen, nuestras hijas e hijos van construyendo una intimidad que merece todo nuestro respeto. Hay experiencias, anécdotas, conversaciones y decisiones que ya no nos pertenecen a los padres y madres para ventilarlas públicamente. Sara es una adolescente con una vida propia —con sus amistades, sus secretos, sus alegrías y sus tristezas— y, por eso, durante estos dos años, no escribí ninguna entrada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque lo que tenía para compartir ya no era solo mío.

Hoy he vuelto a escribir, pero solo para contar esta nueva etapa —la de Sara en su camino a la universidad, la de su vuelo definitivo— y también para contar la mía como padre que la ve marchar. Quizá esta sea mi última entrada en este blog. Y digo quizá porque la vida siempre tiene la última palabra, pero lo cierto es que siento que es el momento de cerrar un ciclo. Este espacio nació el 10 de mayo de 2017, con aquella primera entrada en la que, temblando un poco, me asomaba al mundo de los “papás blogueros”. Durante todos estos años, he compartido tantas cosas y hoy no encuentro mejor manera de despedirme que escribiendo sobre la persona en la que se ha convertido Sara. Esa niña que hace diecisiete años, cuando llegó a nuestras vidas, me cambió para siempre. Me motivó a ser un mejor hombre y a luchar día a día para quitarme de encima el lastre de la masculinidad tóxica, a mirar hacia atrás sin huir de mis propios errores que hirieron a otras personas que no se lo merecían. Pero la presencia de Sara me dio la oportunidad de redención.

Para celebrar esta nueva etapa de mi hija —la del mundo universitario que la espera, la de sus alas extendidas— y para cerrar la mía como “papá bloguero”, quiero dejar aquí algo muy personal. Hace varios años, el 9 de agosto de 2020, le escribí una canción. La guardé durante todo este tiempo y me dediqué a producirla, pensando que llegaría el momento adecuado para entregársela. Previamente, solo se la compartí a Lidia, a Yolanda, a José Luis y a Joksan. Ese momento es ahora. La letra, la música, los arreglos, la mezcla y la masterización —todo, absolutamente todo— lo hice yo, como parte de un aprendizaje que empecé hace tres años en producción musical. No sé si el título de la canción tendrá sentido para este blog, pues se llama “Hasta pronto”. Y para quien quiera leer la letra y escucharla, dejo aquí el enlace. Es una canción que habla sobre el “cielo abierto” que le espera a Sara para que descubra, sueñe, ame y sea libre.

Después de escribir durante tantos años sobre mi hija, hoy descubro que la mejor entrada era la que nunca llegué a escribir: la de verla volar.

Link de la canción: “Hasta pronto”.