sábado, 23 de mayo de 2020

Ayer me visitó mi hija, la más pequeñita


Mi hija cumplirá 12 años en septiembre y desde hace unos meses su adolescencia ha comenzado a asomarse para mostrarnos sus luces y sus sombras, aunque condicionadas por el contexto de confinamiento derivado de la crisis sanitaria del COVID-19.

Pese a lo complicado que es, Sara ha llevado bastante bien el tiempo en cuarentena y ha aprovechado al máximo la tecnología para continuar en su escuela de forma virtual y en contacto con sus compañeros y compañeras, sus amistades y la familia en España.

También está aprendiendo a leer música con su madre. Y conmigo realiza una rutina de ejercicios día de por medio como parte de su compromiso con Mr. Andino y Mr. Díaz, sus profesores y entrenadores de fútbol, de mantenerse activa y en forma en la medida de lo posible.

Una de los aspectos que el privilegio de poder encerrarse me está mostrando es que mi hija, mi bebita, está creciendo, se está haciendo mayor y sus intereses están cambiando. Parte de ello es que nuestro tiempo como papi e hija se está reduciendo y poco a poco me estoy quedando en los márgenes de muchos de sus espacios de su preadolescencia.

Y como consecuencia, dispongo de más tiempo para mí y mis cosas que no se relacionan con mi faceta de papá. De esta forma, recuperé la pasión por la guitarra después de más de 10 años y retomé el proyecto de mi segunda tesis doctoral gracias al impulso y el apoyo de Javier de Lucas y José Antonio García Sáez, ambos de la Universidad de Valencia.

Pero pese a ello, a veces me sorprendo a mi mismo sin saber qué hacer con el tiempo y el espacio que me deja el tránsito de ejercer la paternidad con una niña pequeña, a la paternidad con una preadolescente. O en ocasiones me descubro queriendo recuperar al menos una pequeña parte del lugar de donde me siento en cierta forma desplazado.

Quizá por eso es que ahora me involucro en más cosas; tal vez por eso me he vuelto más "alcahueto" o más "súper papá" con Sara como me dice Yolanda en tono de chiste y burla. Hoy, en esta etapa, compruebo que queda muy poco de aquel tiempo en el que su "papito" era su mundo. Obviamente, ella y yo seguimos teniendo una relación hermosa y cercana, pero eso no impide que vea con nostalgia cómo su cuerpo y su alma se acercan inevitablemente a un mundo totalmente nuevo.

Sin embargo, hace unas noches mientras estábamos en cama a punto de dormir, comenzamos a conversar sobre el tiempo en que yo la dormía cantándole canciones de Cri-Cri. Nos reímos porque habíamos inventado las "canciones con cosas", que no era más que hacer de forma exagerada lo que dicen las letras de dichas canciones.

Así, por ejemplo, cuando la canción "Los cochinitos" (que yo cambiaba por "Las cochinitas") dice "Las cochinitas ya están en la cama, muchos besitos les dio su papá [..."], en la  parte de "muchos besitos" yo la llenaba de besos por todas partes para hacerle cosquillas con mi incipiente barba. O cuando la canción "El chorrito" dice "[...] hay millones de gotitas convertidas en cristal [...]", en la frase "hay millones de gotitas" yo simulaba que mis dedos eran las gotitas que caían sobre su cuerpo para hacerle cosquillas otra vez.

En medio de la plática le pregunté si quería que la próxima vez le cantara un par de "canciones con cosas" y me dijo que sí. Ese momento llegó dos noches atrás y le canté de esa forma las canciones "Las cochinitas" y "El chorrito", que le sacaron carcajadas que seguramente despertaron al vecindario y la tomé en mis brazos para balancearla por toda la habitación mientras le cantaba "El vals del rey".

Sin duda alguna terminé exahusto, particularmente por esta última canción porque Sara es más alta y más pesada que la media de su edad; apenas cabía en mis brazos y con dificultad podía sostenerla. Pero todo esto también aportó para que nos diviértieramos mucho y nos burláramos de nosotrxs mismxs.

Sobre todo, yo sentí que mi hija, aquella niña pequeñita de ojos grandes y brillantes, y de sonrisa escandalosa, me visitó del pasado para pasar conmigo un breve, pero mágico momento que estoy seguro volverá a repetirse muy pronto.

viernes, 31 de enero de 2020

Estando cerca en la distancia



Sin duda alguna, la tecnología es una herramienta indispensable en estos tiempos y forma parte de nuestro día a día. Las diferentes generaciones tenemos experiencias diversas de nuestro encuentro y contacto con ella, y a partir de ahí hemos construido una percepción y relación determinada con respecto a los avances técnicos.

Por ejemplo, la generación de mi madre y mi padre tuvo que subirse de golpe al tren de la tecnología y aprendió a utilizar al menos los beneficios básicos que esta brinda. Sin embargo, a pesar de su utilidad la idea de que "los tiempos de antes eran mejores" sigue siendo una constante.

Mi generación, en cambio, tuvo un período de transición más o menos adecuado para adaptarnos a ella. Vivimos una infancia disfrutando de la libertad de las calles del barrio y experimentando felizmente el monopolio de los juegos al aire libre, y poco a poco, entre la adolescencia y la adultez, nos fuimos encontrando con las experiencias virtuales que, a través de una pantalla, nos ofrecían Megaman, Street Fighter, Warcraft, Super Mario Bros, entre otros.

Sin embargo, la generación de Sara y las subsiguientes parecen haber nacido con la tecnología bajo el brazo, lo cual representa un desafío importante para quienes somos padres y madres en el sentido de lograr, junto con ellas y ellos, un equilibrio entre todo lo que ofrece el avance tecnológico, el juego al aire libre, la lectura de libros en físico y el relacionamiento humano más allá de las redes sociales.

Sara tiene un acceso bastante importante a las herramientas y dispositivos tecnológicos, no solo porque desde la propia escuela se privilegia su uso en su proceso formativo, sino también porque al ser una niña que pertenece a dos mundos, es esencial que tenga a mano todos los instrumentos que le ofrece la tecnología para mantener viva la llama del vínculo con ellos.

De esta manera, la tecnología la aproxima a Honduras cuando está en España y a España cuando está en Honduras, y le permite estar cerca en la distancia, esté donde esté, alimentando y profundizando sus relaciones familiares y de amistad, y sus lazos culturales y emocionales con ambas tierras, con ambas matrias.

A su vez, tanto ella como su madre y yo, continuamos en el proceso de alcanzar ese equilibrio que planteo, y, entre otras cosas, la lectura de libros sigue siendo un aspecto esencial. Hasta ahora, ha logrado un balance entre la lectura tradicional y el uso de la tecnología. Afortunadamente, Sara es una amante de la lectura desde muy pequeñita, siempre estuvo rodeada de libros y, a sus 11 años, disfruta muchísimo tener en sus manos un nuevo libro.

De hecho, uno de sus lugares favoritos en Vigo es la Casa del Libro, cuya visita se ha convertido ya en una tradición al final de las vacaciones de verano con sus propios rituales: al llegar, subimos al segundo piso, cada quien se dirige a la sección que le interesa, ella se pasea por las estanterías, toma algunos libros, se sienta a leer, escoge los que quiere comprar y, después de un buen tiempo disfrutando individualmente el ambiente del lugar, pagamos y nos vamos.

Por otra parte, una regla muy valiosa que hemos establecido entre ella y yo es mirarnos a los ojos cuando nos hablamos. Es primordial que entendamos que la atención a las personas es más importante que la pantalla de un teléfono y debo confesar que esto lo aprendí de ella, pues en una ocasión mientras me hablaba, yo seguía con mi mirada en el teléfono.

Así que Sara me hizo ver que tenía que prestarle atención, no solo con mis oídos, sino también con mis ojos. Desde entonces hago el intento de apartar el teléfono cuando ella o cualquier otra persona se dirige hacia mí; se trata de una cuestión de respeto, de hacerle sentir a quien me habla que lo que dice es importante y merece toda mi atención.

Finalmente, también hemos aprendido a usar la tecnología para estar juntxs en los hermosos pequeños detalles de nuestra relación padre-hija a pesar de las distancias. Desde bebita acostumbré a dormirla cantándole, con música, conversando o simplemente acompañándola tomando su mano mientras esperamos que llegue el sueño.

En los diferentes momentos en que nos han separado cientos o miles de kilómetros de tierra y mar, como esta noche, agendamos hacer una videollamada a la hora que se va a dormir, colocamos nuestros teléfonos de manera que ella pueda acostarse y verme a su lado, a veces le canto, otras le pongo música y otras platicamos hasta que se duerme. La promesa es no cortar la videollamada hasta asegurarme que ya está dormida.

Obviamente, quisiera estar ahí a su lado, sentirla, abrazarla, decirle personalmente cuánto la amo y lo orgulloso que me siento de ella, pero en medio de la distancia, la tecnología nos acerca, nos hace sentir en unión y, sobre todo, nos regala la magia de estar juntxs más allá de la diferencia horaria y de la longitud de los kilómetros.

lunes, 14 de octubre de 2019

Sí, mi hija es una niña empoderada


En diciembre de 2011 la Organizacicón de las Naciones Unidas decidió que cada 11 de octubre se conmemore el día internacional de la niña con el fin de promover el reconocimiento de sus derechos  y de los obstáculos que las niñas enfrentan en todo el mundo, especialmente en los países menos desarrollados.

Bajo los hashtags #NiñasNoMadres y #NiñasFelices en #Honduras, el Centro de Derechos de Mujeres (CDM) publicó la imagen que acompaña esta entrada, la cual se titula "Empodera a una niña y cambia el mundo". En cuanto la vi, la compartí en mis redes sociales porque en nuestro día a día, Yolanda y yo, como madre y padre intentamos darle herramientas a Sara para que sea una niña independiente, libre, segura, curiosa, capaz y que no se calle ante las injusticias.

Por eso me siento orgulloso cada vez que me cuenta sobre la forma en que ella ve el mundo con el prisma de las "gafas moradas"* que lleva puestas y que le ayudan a cuestionar aquellas situaciones injustas normalizadas en la cultura, en el lenguaje, en las actitudes y en las miradas que colocan a las mujeres en una posición de desigualdad frente a los hombres. Como dicen las compañeras de "Móstoles Feminista": "Los logros en igualdad sirven de poco por sí solos si no van acompañados de un cambio en las mentalidades"**.

Con sus "gafas moradas" Sara está aprendiendo a identificar y poner en discusión cuando una canción, una película o una publicidad tienen un contenido machista; y cuando un gesto, una frase o una actitud de una profesora o profesor, de un compañero o compañera de escuela, o de cualquier persona de su entorno perpetúan unos roles de género basados en la desigualdad. 

Una de las tantas situaciones concretas en que Sara nos demostró que lleva puestas las "gafas moradas" sucedió en agosto pasado cuando fuimos a O Grove***, un hermoso pueblo costero gallego, en donde nos reunimos varios amigos y amigas con nuestras hijas e hijos para compartir tiempo, actualizaciones, comida y piscina.

Mientras las personas adultas charlábamos, los niños y niñas jugaban con unos juguetes para lanzar agua, la cual conseguían del baño del restaurante en el que estábamos. Al principio, solo los niñas jugaban con ellos, mientras los niños jugaban a otra cosa. Pero una de las veces en que entraron al baño para cargar los juguetes, uno de los meseros las regañó porque estaban desperdiciando el agua y mojando el suelo. Por ello dejaron de jugar y los niños comenzaron a utilizar dichos juguetes.

De acuerdo con las tres niñas -Claudia (hija de Olga y Marcos), Lucía (hija de Quico y Ana) y Sara-, el mesero fue permisivo con los niños porque a pesar de estar haciendo lo mismo que ellas hicieron, no les decía nada. Fue hasta el final que él los regañó (yo estaba en el baño cuando sucedió) y los niños pararon de jugar. 

No obstante, las niñas estaban indignadas porque consideraron que habían recibido un trato desigual por parte del mesero en comparación con los niños. Para Claudia el mesero había cometido una injusticia y para Sara se había comportado como un machista porque a ellas las había regañado con prontitud por ser niñas y con los niños había sido menos estricto.

Así que las tres decidieron ir a hablar con él y le dijeron que había sido injusto y machista. El mesero no supo qué decirles o no quiso explicarles el por qué de su actitud. Sin embargo, él después se acercó a nuestra mesa para explicarnos lo que había pasado y lo que las niñas le habían dicho.

Todos y todas en la mesa nos partimos de risa, y, al mismo tiempo, sentimos mucho orgullo por la actitud de nuestras hijas de no quedarse calladas ante lo que ellas consideraban un acto que lesionaba su derecho a ser tratadas con igualdad y por tener la valentía de enfrentar el problema mediante el diálogo.

Todavía hoy Sara se indigna cuando recuerda ese episodio, así como por el hecho de que el mesero no les explicara a ellas la diferente actitud que él asumió frente a los niños, pero sí nos lo explicara a las personas adultas. Lo que está claro es que Claudia, Sara y Lucía lo pusieron en una posición incómoda al hacerle ver su actitud diferenciada que posiblemente él veía con normalidad patriarcal.

Sin duda alguna, este hecho me confirma que Sara, a sus 11 años, es una niña que día a día se empodera y que su madre y yo debemos continuar acompañándola en este proceso de poner a su disposición todas las herramientas necesarias para que enfrente este mundo desigual con valentía y dignidad. Yo, como padre, como hombre, insisto que el feminismo no solamente la libera a ella, también me libera a mí y me desafía a ser coherente con sus postulados de igualdad y horizontalidad.

* Ponerse las gafas moradas es una metáfora creada por la escritoria Gema Lienas, que implica ver el mundo desde un enfoque feminista para darse cuenta de las relaciones desiguales de poder que someten a las mujeres.
 

miércoles, 10 de julio de 2019

El amor y la tranquilidad caben en una videollamada


Hace unos días hablé con mi hija por videollamada. Escucharle su acento gallego me provocó dos sentimientos: primero, sentí emoción porque independientemente del tiempo que ha pasado lejos de Galicia, en cuanto llegó a España recuperó su vena gallega que se ha mantenido viva a pesar de la distancia y gracias a la conexión virtual que mantiene con la familia y la tierra que la vio nacer, y a sus visitas anuales en los últimos nueve años.

Segundo, sentí tranquilidad porque aunque de cierta manera me duele verla a través de una pantalla por el momento, sé que está segura lejos de Honduras y de sus terribles circunstancias. Saberla al otro lado del Atlántico minimiza la culpa que  sentía a diario por haberla traído a este país con tan solo un año y alejarla de la seguridad integral que le brinda España. Inicialmente nuestra decisión fue venir por 4 años, pero Honduras con sus luces y sus sombras nos atrapó por casi 10.

Quizá suena terrible decirlo, pero estoy feliz de que Sara no esté aquí aunque su ausencia diaria sea un peso a veces insoportable. Pero es mejor así, en estos últimos 10 años el país se ha sumergido en una permanente y profunda crisis con graves impactos en la vida y los derechos de la población, y en la que los espacios democráticos se han reducido por completo.

De hecho, yo mismo debo reconocer que durante este tiempo he sentido que Honduras, mi país de origen, me ha quitado más de lo que me ha dado en los aspectos más importantes de la vida. Mientras tanto, siento que España, mi país de acogida, me ha demostrado que aunque no nací ahí, se preocupa y me trata con mucho cariño y consideración, lo cual me reafirma en mi sentimiento de orgullo de ser español y de pertenencia a esa otra miña terriña

Mis problemas de seguridad que se vieron agravados el año pasado son una prueba de ello: el embajador español se comunicó conmigo y se puso a mi disposición para adoptar todas las medidas necesarias con el fin de velar por mi seguridad, incluso de apoyar mi salida en caso de ser necesario. El Instituto de Derechos Humanos "Bartolomé de las Casas" de la Universidad Carlos III de Madrid donde estudié, me llamó para ofrecerme una estancia de un año con el objetivo de sacarme de Honduras mientras la situación se calmaba.

Varios profesores y profesoras de España, Portugal, Italia, México, Puerto Rico y Centroamérica firmaron una carta dirigida al gobierno hondureño manifestando su preocupación por mi seguridad. Y, obviamente, mis amistades y familia españolas me respaldaron y ofrecieron todo su apoyo.

Por todo ello, al hablar con mi hija mediante una videollamada me hizo sentirme feliz pese a la distancia que nos separa porque sé que está segura, que allá tiene un futuro cierto, que disfruta de más espacios para poder vivir con autonomía y desarrollarse como persona con las herramientas para la libertad que le hemos dado durante todo este tiempo. Así las cosas, ¿cómo no estar contento en medio de la tristeza de que esté en su país de nacimiento si España le puede ofrecer lo que Honduras no le puede dar o incluso le puede arrebatar?

Yo sé perfectamente lo que mi país de acogida puede dar además de la seguridad humana. Concretamente, en mi edad adulta España me regaló una compañera de viaje de lujo-Yolanda-, primero como pareja y ahora como amiga; me concedió la enorme oportunidad de estudiar en sus universidades; me dio amistades especiales y una hermosa nueva familia; y me ofreció el regalo más extraordinario, mi hija Sara, que ahora se encuentra segura y contenta lejos de Honduras.

Mi hija está tan bien que está participando en un campamento de verano organizado por el ayuntamiento de su ciudad natal. Ya lleva 5 días en él y por lo que sabemos está feliz, ya que además de compartir con su prima Gaby y de conocer a otros niños y niñas (incluso ya hizo nueva pandilla), está realizando una diversidad de actividades que van desde escalar en un rockódromo, hacer slack line (cuerda tensa), montar en bicicleta, practicar tiro con arco, fabricar refugios naturales y aprender técnicas básicas de supervivencia. También está practicando piragüismo, kayak polo, senderismo y kinball.

En fin, además de segura, sé que está feliz y con un mundo lleno de oportunidades para su realización personal. Y sinceramente, en estos tiempos tan inciertos y convulsos en Honduras prefiero conformarme con meter todo mi amor posible por Sara en una videollamada, y disfrutar su sonrisa y su mirada en una pantalla, esperando pacientemente el día en que vuelva a abrazarla.