lunes, 15 de marzo de 2021

Cuidados extendidos en tiempos de COVID*

Foto: latercera.com

Este texto fue publicado originalmente en Papás Blogueros como parte de nuestra campaña "Dónde están los padres", que es una forma de celebrar marzo, nuestro mes especial, a través de la publicación de contenidos vinculados con paternidades presentes y cuidadoras.

“Por favor, no le digás nada a Sara”, le dije a Yolanda cuando le comuniqué que mi padre había fallecido por COVID. Mi intención era un tanto irracional, pero comprensible en mi lógica porque, por un lado, quería protegerla del dolor de perder a su abuelo y, por otro, ser yo quien se lo contara personalmente para poder abrazarla y decirle que todo iba a estar bien.

Sin embargo, Yolanda me hizo ver que no tenía sentido meterla en una burbuja y decidimos que ella hablaría con Sara y luego yo a través de una videollamada, ya que desde el año pasado nuestra situación familiar cambió drásticamente en el sentido que, debido a la pandemia y a la situación política que atraviesa Honduras, decidimos que lo mejor para nuestra hija era que regresara a España.

Resulta paradójico que en el 2009 tomamos la decisión al revés, ya que vivíamos en Madrid y a raíz del primer golpe de Estado del siglo XXI que se cometió en Honduras, decidimos dejar la seguridad que nos brinda el viejo continente para aportar, dentro de nuestras limitaciones, en la construcción democrática de ese golpeado rincón del caribe centroamericano que tanto amamos.

Sara tenía apenas 1 año cuando tomamos esa decisión. Inicialmente, nuestro plan era estar allá solo 4 años y volver a España, sin embargo, la pasión por nuestro trabajo y las redes humanas construidas a base de ilusión y admiración por tanta gente que trabaja por la justicia, a pesar del desaliento y la desesperanza, nos fue manteniendo ahí hasta que llegó la pandemia.

Reconozco que desde el primer día que amanecimos en esa Honduras hundida en una profunda crisis política, me asaltaron las dudas sobre si había sido justo mudarnos con nuestra hija y privarla de las seguridades de España. Pero la llegada del COVID que profundizó la deteriorada situación del país nos impulsó a tomar la primera decisión, que al menos ella saliera hacia Madrid en un vuelo de repatriación.

Luego, en el camino decidimos que se quedara permanentemente aquí; gracias a la posibilidad de hacer teletrabajo y a la comprensión de las organizaciones para las que trabajamos, Yolanda y yo hemos podido equilibrar nuestras responsabilidades laborales con el cuidado de Sara, alternando 3 meses en España y 3 meses en Honduras. Cuando Yolanda está en Vigo, yo estoy en Honduras y viceversa.

De hecho, yo acababa de regresar a Honduras cuando sucedió lo de mi padre. Dentro de lo duro que significa perder a un ser querido, un mes después y a miles de kilómetros de distancia he podido reflexionar y darme cuenta de cómo la forma presente y cuidadora en que decidí ejercer mi paternidad ha sido fundamental para poder asumir la mayor parte de las responsabilidades de cuidado ante la muerte de mi padre y el contagio y la situación de salud crítica que vivieron mi hermana, mi madre y mi hermano debido al COVID.

El hecho de haber tenido la oportunidad y el privilegio de estar en casa cuidando a mi hija durante su primer año de vida, y haber podido realizar gran parte de mi trabajo desde casa durante sus primeros 10 años para poder estar mucho más tiempo con ella, me permitieron admitir con vergüenza que la mayor parte de mi vida yo había estado totalmente alejado del ámbito doméstico y del cuidado porque pensaba que mi trabajo por los derechos humanos que me absorbía la mayor del tiempo, era una justificación suficiente.

Sin embargo, el amor por Sara me transformó y me hizo colocarme definitivamente frente al espejo para cuestionar mis privilegios y renegar de la masculinidad tóxica en la que fui educado. Y ante la experiencia trágica que ha significado el COVID para mi familia, siento que pude responsabilizarme de todas las tareas de cuidado que no hubiera podido o querido asumir sin mi compromiso y experiencia de vida con respecto al ejercicio de una paternidad presente y cuidadora.

Con dos hermanas lejos en Estados Unidos y una en Honduras con una enfermedad de base, me correspondía a mí aceptar la mayor cuota de responsabilidad en el cuidado de quienes se contagiaron, lo cual implicaba, entre otras cosas, moverme en todo lo relacionado con la hospitalización, muerte y entierro de mi padre; y medio dormir en un cama-mueble incómodo frente a la habitación de mi madre y con la mascarilla puesta para estar pendiente de su temperatura, sus pastillas y sus niveles de oxigenación, pero sobre todo, para que se sintiera cuidada y acompañada.

También pude llevarle a mi hermano algunas sopas -hechas por mi hermana- cuando estaba en su casa en sus primeros días de contagio; luego tuve que inventar tantas cosas para ocultarle a mi otra hermana y a mi madre que él estaba en estado crítico para evitar que el COVID se aprovechara de sus defensas debilitadas por una preocupación más; y debí “dormir” en mi coche varias noches durante dos semanas frente a la habitación de la clínica donde él estaba hospitalizado por si ocurría algo y para que él sintiera que yo, su hermano mayor, estaba cerca de él.

Sin duda alguna fue una experiencia muy dura, pero al mismo tiempo nos unió aún más como hermanos y hermanas, y me enseñó varias cosas muy valiosas: primero, lo insuficiente que resulta ser hombres limitados en proveer materialmente a la familia, pero sin asumir seriamente la parte que nos corresponde en la responsabilidad de las tareas del cuidado y lo doméstico.

Segundo, el ejercicio de una paternidad presente y cuidadora me brindó, sin saberlo, una preparación adecuada para poder enfrentar una situación tan dolorosa para mi familia y asumir la mayor parte de las tareas del cuidado físico y, sobre todo, del cuidado emocional de mi madre, mis hermanas, mi hermano, inclusive de mi cuñada y mis cuñados.

Tercero, no puedo pretender evitarle a Sara los sufrimientos comunes que la vida le irá poniendo en su camino, como a todas las personas, particularmente en relación con la muerte de quienes amamos. Por eso, lo primero que hice al llegar a Vigo fue conversar con ella. Nos tumbamos en un mueble, abrazados, y hablamos de su abuelo y de la muerte.

Recordamos el gran ejemplo que nos dejó “Papiquín” -como ella le decía-, ya que él iba por la vida sonriendo, haciendo chistes de todo y finalmente murió y fue enterrado como siempre quiso, es decir, sin sufrimiento, sin llantos y sin funerales. También reflexionamos que a la muerte debemos verla como algo que nos está recordando permanentemente que estamos de paso, que el mañana no existe y que lo único que poseemos es el presente.

Y por eso tenemos el derecho, incluso la obligación de vivir intensamente hoy, tomando en consideración una regla de oro: vivir a tope con el único límite del respeto a nuestra propia dignidad y a la de las demás personas.


Una compilación de todas las entradas puede encontrarse aquí: https://papasblogueros.com/compilando-mespadre-2021/

domingo, 24 de enero de 2021

Su adolescencia y mis tiempos nuevos como hombre




En teoría, 12 años indican una edad que todavía se encuentra en las fronteras de la niñez, pero en la práctica es una etapa de transición que casi tiene los dos pies en la adolescencia, sobre todo cuando se han generado las condiciones para madurar tempranamente.

Sara se encuentra exactamente en esa etapa, ante lo cual yo tengo sentimientos encontrados porque me invade la ternura cuando a veces aparecen algunas chispas de la niña que fue y me lleno de nostalgia cuando la mayor parte del tiempo veo a la adolescente en la que se está convirtiendo.

En ocasiones extraño mucho a esa niña de las películas de Pixar o de Disney, y de los libros como "El Diario de Greg" de Jeff Kinney, y en otros momentos me alegro de ver a la adolescente de las series o películas de Netflix, y de los libros como "Mujercitas" de Louisa May Alcott o "La Cabaña" de Natasha Preston.

Reconozco que parte de los sentimientos encontrados son egoístas porque tienen que ver exclusivamente con mi vida como hombre más allá de ser el papá de Sara. Y digo que lo reconozco porque como lo dijo Sem, de Y yo con estas barbas, en una reunión que tuvimos algunos miembros de Papás Blogueros, siempre estamos escribiendo sobre paternidad, pero no sobre nosotros mismos.

Ello evidencia que, incluso los hombres que hemos dado pasos hacia adelante en materia de igualdad, nos sigue costando abrirnos y mostrar nuestras vulnerabilidades y emociones. Por eso es que me atrevo a reflexionar en voz alta sobre un par de implicaciones que tiene la adolescencia de Sara en mi vida en medio de esta sensación de extrañarla en su niñez y de alegrarme por su adolescencia.

Es cierto que, en cuanto a su niñez, echo de menos a la niña que quería pasar todo el tiempo conmigo, la que esperaba emocionada cada sábado para nuestras hermosas tardes de cine y de chuches, y la que me pedía que le contara un cuento o le cantara canciones de Cri-Cri y de Los Payasos de la Tele (Gabi, Fofó y Miliki) antes de dormir.

Y ahora con respecto a su adolescencia, me alegra verla tan independiente y madura en medio de sus particulares contradicciones que son características de esa edad, con sus propios criterios y decisiones aunque algunas de ellas no las comparta, y oscilando entre la cercanía y la lejanía conmigo, entre el querer que yo esté cerca, pero lo suficientemente lejos para respetar sus espacios.

A medida que pasa el tiempo y España le brinda la seguridad suficiente para que Sara sea más libre e independiente, yo me voy viendo frente al espejo y encontrando algunos vacíos personales y profesionales sobre los que me gustaría decidir sin la condicionante de mi paternidad, como, por ejemplo, soltar -aunque me cueste- mis espacios de "soledad" o profundizar en mi experiencia académica desde otras perspectivas.

El punto es que siento que la adolescencia de Sara me abre un panorama amplio y novedoso, lleno de oportunidades, espacios y tiempos con los que no contaba o decidí no contar para ejercer mi paternidad de la forma en la que la he vivido. Ahora siento que tengo más horas para mi faceta más individualista y que puedo equilibrar el orden de los factores "padre y hombre"*.

Sin embargo, también debo admitir que me sigue costando tomar la decisión efectiva de salir de la burbuja que me brindan los libros, la computadora y la guitarra, a pesar de que últimamente fluctúo entre el extraño placer de una soledad que lleva presente tanto tiempo y el intermitente anhelo de volver a experimentar un "codo a codo"**, como dice Benedetti.


** Te quiero (Poema). Hay una versión cantada en la voz de Amparo Ochoa: Te quiero 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Visibilizando otras paternidades cuidadoras


Los días 10 y 11 de este mes se desarrollaron en Canarias las primeras jornadas de masculinidades igualitarias que constituyó "un espacio de reflexión y diálogo entre personas con sensibilidad igualitaria sobre la implicación masculina a favor de la igualdad y contra los machismos"*. 

Las jornadas estuvieron divididas en dos sesiones**. En la segunda, tuve la oportunidad de escuchar a Joaquim Montaner, quien hace un poco más de 2 años me invitó a formar parte de Papás Blogueros. En su intervención, habló sobre su experiencia en la construcción de esa importante comunidad de hombres que decidimos ejercer nuestra paternidad de una manera presente, cuidadora y amorosa, y contar nuestras experiencias a través de nuestros blogs personales. Fue muy valioso conocer la historia de dicho espacio de padres disidentes a la que me sumé y los esfuerzos realizados para mantenerse a pesar de las dificultades.

Hay dos cosas que Joaquim planteó y que me llamaron mucho la atención: que cuando estaba dando los primeros pasos para crear Papás Blogueros, hizo una búsqueda de blogs sobre crianza escritos en lengua española. Descubrió que había miles de blogs hechos por mujeres, pero solo encontró 16 llevados por hombres. Sin duda, ello refleja una realidad que debemos cuestionar y cambiar: las mujeres siguen siendo quienes tienen más responsabilidades en la crianza de nuestros hijos e hijas.  

Joaquim también nos hizo ver que nuestra comunidad está compuesta aproximadamente por 250 papás que tenemos blogs con un enfoque feminista e igualitario y nos desafió a realizar una búsqueda rápida en la red para descubrir que podemos encontrar muy rápido unos 4000 blogs de padres "cabreados" y quejándose por la imposición de una custodia compartida de sus hijas e hijos. Esto también refleja la otra faceta de la realidad que contrasta con la de las mujeres: los hombres cuidamos menos y estamos más ausentes del ámbito doméstico.

Mientras escuchaba a Joaquim pensé en algunos hombres que yo conozco y que ejercen una paternidad muy presente y llena de cuidados. Algunos, como mi amigo mexicano José Grijalva Eternod (Pepe), lo hacen de manera consciente para dar herramientas a sus hijas con el fin de que sean mujeres libres y autónomas. De hecho, a él le agradezco que me compartiera material y alguna de sus presentaciones sobre nuevas masculinidades que ha utilizado en sus charlas, y que yo he usado en las mías. Además, debo decir que he sido testigo del padre amoroso y proveedor de cuidados que representa Pepe, y la alegría que siempre irradia a su alrededor, pese a las adversidades.

Otros, como mi amigo hondureño Joaquín Javier Meza (Quincho), lo hacen de forma inconsciente. Creo que él hasta hace poco se ha dado cuenta que ha ejercido una paternidad disidente que desmonta el mito de que los hombres, a diferencia de las mujeres, por naturaleza tendemos menos al cuidado de nuestros hijos e hijas, y de la casa.

Varios años atrás no faltaron las burlas de sus amigos, entre los que me incluyo, por no ser como la mayoría de hombres en nuestro entorno, es decir, padres proveedores del dinero y el sostén material del hogar, pero limitados a la hora de proporcionar amor, cuidado y tiempo necesario, suficiente y de calidad. Obviamente, muchas cosas han cambiado y ahora hay más hombres que ejercen una paternidad que se aleja de la tradicionalmente ejercida por nuestros abuelos y padres; no obstante, la realidad indica que la mayoría sigue dejando la principal responsabilidad de las tareas del cuidado a sus parejas y que, en el mejor de los casos, les "ayudan".

Hubo un tiempo en que a Quincho se le dificultó acceder al mercado laboral, pero durante ese período se convirtió en un eficiente "niñero" y amo de casa. Soy testigo de la cantidad y calidad de tiempo que le brindó a sus hijxs cuando estaban pequeñxs; soy testigo de los cuidados que les proveyó, desde tenerles la casa limpia y cuidada, cocinarles, trasladarles y traerles de la escuela y colegio, llevarles el almuerzo y acompañarles a sus otras actividades y compromisos.

Sin duda alguna, este tipo de tareas lo hacen las mujeres a diario, pero cuando lo hacemos los hombres parece algo extraordinario. No obstante, teniendo en cuenta el machismo que nos condiciona, Quincho jamás sintió que estaba haciendo algo improductivo al cuidar a Alessandro y Valeria, a pesar del mote de "mandilón" que injustamente le pusimos sus amigos, y al poco o nulo valor que la sociedad le da a las tareas domésticas y del cuidado. Y tampoco consideró que no era de "hombres" asumir el rol de amo de casa mientras estaba fuera del mercado laboral remunerado. Sé que muchos otros en su lugar se hubieran negado rotundamente a asumir las tareas del hogar como responsabilidad principal más allá del "ayudar en casa".

Soy consciente y él también que hay muchos aspectos de su vida que deben cambiar para minimizar el impacto del machismo en el que ha sido educado como el resto de nosotros en esta sociedad patriarcal. Y estoy convencido que "el Quincho" de hace 10 años es muy diferente al de hoy en términos de tener mayor apertura a darle la importancia debida a la exigencia de mantener la coherencia entre ser padres cuidadores y amorosos, y ser hombres que cuestionemos nuestros privilegios y busquemos formas respetuosas, dignas y no misóginas de hablar con y sobre las mujeres, así como de relacionarnos con ellas y las personas LGTBI+ desde la horizontalidad.

¡Pero ojo!, hay que evitar caer en lo que Tristan Bridges y Cheri Pascoe -citadxs por Lionel S. Delgado- llaman “masculinidades híbridas”, que cuestionan algunos aspectos de la masculinidad dominante, pero refuerzan la jerarquía de dominación de géneros. Todos los hombres que asumimos el compromiso individual de romper con la masculinidad tradicional podemos caer en la trampa de incluir selectivamente elementos que anteriormente pertenecían a las feminidades, como el cuidado de nuestrxs hijos e hijas, y de la casa, pero sin cuestionarnos “el orden último de la jerarquía de género”, y, de esta forma, mantener o ampliar "privilegios de otra clase (ligar más, resultar más atractivos, más aceptación social, etc.)"***.

Por eso espero que él continúe poco a poco cuestionándose y reflexionando seriamente sobre el hombre que ha sido y que es -no solo en el contexto de su paternidad- y pueda dar los pasos necsarios en el largo y complejo camino que implica intentar liberarse de todos los prejuicios y estructuras mentales con las que el patriarcado ha moldeado nuestra masculinidad.

Sara, que es amiga de la hija de Quincho -Valeria-, siempre me hizo comentarios sobre lo "buen padre" que es él y de lo delicioso que le quedan los panqueques que hacía de desayuno cuando ella se quedaba a dormir en su casa. Sin duda, yo quiero que Sara lo siga viendo como el padre amoroso y cuidador que es, pero también como un hombre que en su día a día asume valientemente el desafío de deconstruirse, pese a las consecuencias que trae consigo ser un disidente de la masculinidad hegemónica.

Y para mí también es importante que mi hija se dé cuenta que su padre se relaciona y tiene amigos y compañeros de camino que, en la búsqueda de ser mejores padres, terminan caminando por la senda que les lleve a ser mejores hombres, es decir, antipatriarcales y aliados de las luchas por la igualdad y la diversidad.

** La primer sesión puede verse en https://www.facebook.com/SocialGobCan/videos/1110176872752254 y la segunda en https://www.facebook.com/SocialGobCan/videos/458975751752058

*** A la caza del aliado o la muerte de la “nueva masculinidad”

viernes, 23 de octubre de 2020

Breves reflexiones sobre autonomía y transporte público

Eran las ocho menos cinco cuando salimos de casa. Afuera todavía estaba oscuro, parecía de noche, y el frío nos abrazaba como si pretendiera no incomodarnos. Sara me tomó del brazo y no paró de hablar mientras caminábamos hacia la parada de autobuses. Y yo no paré de pensar en lo injusto que es este mundo porque ella y yo podemos caminar por las calles de Vigo sin ningún temor, mientras en las calles del triángulo norte de Centroamérica hacer lo mismo implica un enorme acto de valentía y de necesidad.

Llegamos y la observé en silencio: con absoluta confianza revisó la información digital que le indicaba en cuántos minutos llegaría su autobús, sacó la tarjeta de pago y me explicó cómo funciona y que siempre hay que tenerla lista para hacer el proceso más rápido. Llegó su autobús, se despidió con un "te quiero, papi" y la vi actuar con total naturalidad, como si llevase toda una vida viajando en el transporte público de Vigo.

Quise quedarme ahí para ver cómo se alejaba y disfrutar sin prisa esa sensación de tranquilidad tan básica que brindan los días en España, pero retomé mi camino de regreso a casa mientras iba experimentando en mi pecho un doble sentimiento: en primer lugar, sentí un inmenso orgullo porque mi hija de 12 años, que ya no es tan niña, está viviendo su transición a la adolescencia en un ambiente de mayor libertad y autonomía, y pese a los miedos y las dudas habituales que traen consigo los cambios en nuestras vidas, no se paraliza y avanza.

De hecho, sus primeros días en el nuevo colegio no fueron fáciles, particularmente porque, entre otras cosas, parte de su formación es el aprendizaje de y en lingua galega (idioma gallego) a la que está familiriazada, pero que no domina, y porque es normal que idealicemos el pasado reciente y comparemos. Sin embargo, a diferencia de los primeros días, ahora se le ve más adaptada y cómoda con el cambio, que no solamente implica pasar de un sistema educativo a otro, sino también de su niñez a la preadolescencia.

Asímismo, es justo destacar que el colegio le hizo las pruebas respectivas para conocer su nivel en diferentes materias y decidir si necesita clases de reforzamiento; no obstante, Paz, su tutora, nos dijo a Yolanda y a mí que hasta el momento no es necesaria ninguna clase de nivelación. Sin duda, esto dice mucho de las capacidades personales de Sara, pero también de la educación primaria que recibió en la Escuela Eternity de El Progreso en Honduras.

En segundo lugar, sentí mucha tristeza porque aunque en España esto puede resultar un aspecto sin importancia de la cotidianidad, en otros países puede implicar un grave riesgo para la vida e integridad de nuestras niñas y niños. Solo es cuestión de echar un vistazo a las estadísticas para comprender el peligro que enfrenta nuestra niñez, incluso en aquellos espacios que deberían ser seguros como el hogar, la iglesia y la escuela.

Al llegar a casa también reflexioné sobre lo injusto que es que el simple hecho de viajar sin miedo en el transporte público en medio de la "mañana-noche", sea un privilegio condicionado por el lugar de nacimiento o de pertenencia que indica un pasaporte, o por nuestro sexo y orientación sexual que determinan el nivel de riesgo que puede sufrir una persona en el espacio público.

En este sentido, reconozco que ser papá de una niña en tiempos siniestros de patriarcado es una empresa mucho más fácil desde esta posición de privilegio, la cual también permite que Sara tenga la opción de vivir en una sociedad menos violenta y machista.

Pero los privilegios pueden convertirse en herramientas útiles si se ponen al servicio de las causas por la igualdad. Mi aspiración como padre disidente de la paternidad patriarcal es ver a Sara convertida en una mujer fuerte, segura, independiente y autónoma que se articula con otras mujeres para aportar en esta lucha por la dignidad de sus pares y de las personas LGTBI.

Y en el contexto del privilegio que me brinda ser un hombre heterosexual, académicamente formado y en espacios laborales flexibles, siento que no puedo obviar mi deber de sumarme a las voces que denuncian las relaciones desiguales de poder y que promueven la construcción de espacios públicos y privados no discriminatrios y libres de las violencias machistas.

De cualquier manera y con independencia del pasaporte que portemos, los hombres tenemos una alta responsabilidad en dos sentidos: primero, avanzar en nuestro papel de hombres cuidadores, presentes y proveedores de amor, cuidado y cariño a nuestras hijas e hijos.

Debemos romper nuestra complicidad con el patriarcado que ha logrado que perdamos "las tardes, las noches, los baños, los juegos, pero también las prisas, las tareas del cole, las discusiones y peleas de las cenas, los 'papi, cinco minutos más'", de los que habla José María Ruíz Garrido.

Segundo, es nuestra obligación poner un alto a la violencia machista, pues como lo plantea Joaquim Montaner, esta "no es un asunto de mujeres. Para nada. Los perpetradores somos los varones, los hombres... y tenemos muchísimo trabajo por hacer".