viernes, 25 de enero de 2019

Una breve lección infantil contra el machismo



Educar a una niña en estos tiempos no es nada fácil porque a pesar de los esfuerzos de madres y padres que apostamos por una educación igualitaria, existe un sistema de dominación patriarcal que discrimina a las mujeres, los cuales se reproducen sistemáticamente proyectándose en todo el orden social, económico, cultural, religioso y político.

Dicho sistema contiene unos patrones socio-culturales que buscan disciplinar a las mujeres para mantener los roles "naturales" que hemos aprendido desde casa en relación con lo que debemos ser y la forma en que debemos comportarnos según nuestro sexo bajo una limitada lógica binaria hombre-mujer: "Los niños no lloran", "las niñas son más frágiles", los niños no juegan con muñecas", "las niñas son princesas indefensas".


Por tanto, se premia a quien actúa de acuerdo con esos roles y se castiga y se excluye a quien no cumple con ellos. Sara es un ejemplo de ello porque para algunas de sus compañeritas y compañeritos, por ejemplo, es "loca" porque se ríe a carcajadas, porque se sienta como quiere, porque actúa libremente, porque cuestiona todo, porque detecta y señala los micromachismos.

Me gusta mucho cuando ella me comparte sus razonamientos de las canciones que están de moda y me señala lo misóginas que son algunas letras, o cuando me cuenta que un maestro o maestra dijo algo que ella considera machista. Me siento orgulloso de la capacidad de mi hija de percibir las manifestaciones de un sistema que normaliza la discriminación de las mujeres a través del lenguaje, la publicidad y la educación.

Por eso me alegra tanto cuando Sara obtiene pequeñas victorias que son una bofetada al patriarcado y que nos deberían de servir de lección a todos y todas. Por poner un ejemplo, antes de navidad su equipo jugó un partido de fútbol en San Pedro Sula, al cual ni Yolanda ni yo pudimos ir. Al terminar el juego, Gaby, la madre de Allison, quien es la portera del equipo, se ofreció a traer a Sara de regreso y de paso invitarla a cenar a un restaurante que tiene un área de juegos con una pequeña cancha de fútbol incluida.

Al llegar, ambas niñas, como grandes apasionadas del fútbol, prácticamente se apoderaron de la cancha. Me cuenta Sara que mientras jugaban se acercó un niño más o menos de su misma edad y en un tono "condescendiente" les propuso jugar un partido: él solo contra ellas porque son niñas. Sara y Allison se vieron, encogieron los hombros y con una sonrisa cómplice aceptaron. El partido terminó 13 a 0 a favor de ellas. 

El niño quedó sorprendido de que dos niñas le ganaran al fútbol porque seguramente en el marco de los estereotipos existentes las niñas no juegan fútbol y, si lo hacen, no pueden jugar mejor que los niños. Así que les propuso jugar otro partido, pero invitando a otro niño para jugar con él. En esta ocasión estaban en igualdad de condiciones: dos niñas contra dos niños. Ellas aceptaron encantadas. El partido terminó 13 a 6 y nuevamente Sara y Allison lo ganaron.

Sin duda alguna, esta experiencia puede traer dos lecciones importantes: Primero, si los niños estuvieran bien acompañados en términos de educación para la igualdad, seguramente aprenderían, junto con los hombres adultos, que no debemos continuar reproduciendo estereotipos que nos hacen creer que somos superiores a las niñas y a las mujeres, y, consecuentemente, generar y permitir relaciones desiguales de poder.

Segundo, si las niñas y las mujeres siguen empoderándose e interiorizando que tienen la capacidad de romper con las barreras impuestas por la sociedad patriarcal, y lo hacen en sororidad, indudablemente continuarán poniendo contra las cuerdas el machismo que, como lo señala la escritora madrileña Marta Sanz, es la enfermedad del patriarcado, frente a la cual se requieren dosis permanentes de feminismo. Sara y Allison inyectaron su respectiva dosis con la pequeña lección que le dieron a ese niño.

Como sé que no es ni será nada fácil para ella mantener esa posición feminista y antipatriarcal, mi compromiso de acompañarla como padre y como hombre se renueva cada día, y pese a mis incoherencias, miedos y resistencias ante la pérdida de mis privilegios, intento avanzar aunque sea a tropezones hacia posturas y actitudes igualitarias.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Tan poquita cosa...

Cada día que pasa me sorprendo de la prisa que lleva la vida por arrancarme de las manos esta hermosa etapa de la niñez de mi hija. Han pasado 10 años desde que su cabecita húmeda y arrugada reposó por primera vez en mis manos temblorosas a causa del miedo y la emoción, y la luz de sus ojos grandes y negros me estalló en la vida como un pequeño big bang que cambió radicalmente mi reducido universo.

Desde entonces mi mundo se ha ido expandiendo y llenándose de vida nueva, y es impresionante cómo algo que llegó siendo "tan poquita cosa", me vuelva loco el corazón, me dé la vida al despertar, me colme cada mañana con una sonrisa y llene "mi vida entera igual que las mariposas llenan las primaveras", como dice la letra de una hermosa canción de Pasión Vega*.

Y esa "poquita cosa" se convirtió en el núcleo de mi planeta, a tal punto que cada vez que una palabra o un acto suyo me muestra de golpe que la luz de la preadolescencia genera poco a poco sombras en su niñez, todas mis estructuras se estremecen y mi corazón naufragua en las turbulencias que provocan los sentimientos encontrados.

La semana  pasada me tocó uno de esos días turbulentos. Sara fue a su primera "tardeada bailable" en el cole de su amiga María José, quien la invitó. Si cuando Yolanda me contó sobre los planes de nuestra hija sentí que los años me cayeron de golpe, cuando me vi a las 7 de la noche recogiéndola después de la fiesta y preguntándole cómo le había ido, me di cuenta que mi reloj no podía continuar detenido en la hora de su niñez. 

Me cuenta su madre que mientras se vestían y se arreglaban para ir a la fiesta, en broma y en serio Sara dijo en voz alta: "Primera pachanga que vamos solas". Aunque me causó gracia su ocurrencia, me di cuenta que encierra una verdad incuestionable: mi beba ya dejó de serlo, mi nena comenzó a despedirse de a poco y aunque yo he tenido el privilegio -por suerte y por opción- de disfrutar a tope cada etapa de estos 10 años de su vida, me pregunto, al igual que Iolany, madre de María José, ¿en qué momento crecieron estas niñas?

Mientras Sara y María José disfrutaban de la tardeada bailable, Iolany y yo chateamos sobre este rápido crecimiento de nuestras hijas, y me compartía su temor y tensión de que ellas crezcan en un país como Honduras donde el acoso y la represión contra las mujeres es brutal. También me decía que ellas forman parte de una generación de mujeres que tendrá que tomar el testigo para seguir con la lucha por la defensa de nuestros territorios y de sus cuerpos. 

Esto me hizo pensar que es enorme el desafío de la generación de Sara y María José, sobre todo porque las mujeres de hoy se han atrevido a cuestionar al patriarcado y este está reaccionando con mayor agresividad y violencia al verse retratado como un sistema cuya fortaleza está en la normalización y aceptación apacible de su opresión y exclusión. 

Por ello y a pesar de nuestras incoherencias, los hombres que hemos decidido dar pequeños pasos hacia relaciones igualitarias y renunciar a nuestros privilegios debemos radicalizar nuestras posturas y aportar cada vez más a este cuestionamiento mediante la erosión permanente de la masculinidad tradicional que tanta violencia produce contra las mujeres y contra nosotros mismos. 

Un paso firme en esa dirección es, como aconseja mi querido amigo Pepe Grijalva, luchar activamente contra la violencia y la discriminación hacia las mujeres, comprometernos contra la homofobia, transfobia y lesbofobia, ser educadores e intolerantes frente al machismo, y asumir de forma igualitaria nuestra responsabilidad en el cuidado de las personas y en las tareas domésticas.

Está claro que Sara está entrando en una nueva etapa de su vida y reconozco que no estoy preparado, y que tengo una mezcla de miedo y emoción quizá por dos razones: En primer lugar, porque sé que es más fácil gestionar la paternidad y construir feminismo con una niña menor de 10 años que con una preadolescente; en segundo lugar, porque me desborda la curiosidad de conocer a la pequeña mujer que está por nacer y ser testigo de la forma en que gestionará su autonomía y su libertad con las herramientas que le hemos facilitado a lo largo de este tiempo.

A pesar de mis sentimientos encontrados comprendo que debo aparcar los temores y aceptar que la luz de la niñez de mi hija está dándome sus últimos destellos. Solo así podré disfrutar al máximo el privilegio de presenciar cómo Sara comienza a agitar sus incipientes alas y, mientras terminan de crecer y extenderse, recoger y guardar en la memoria de mi corazón todos los recuerdos que van quedando tendidos debajo de los restos de su niñez. 

Sé que es normal sentir temor al enfrentar esta nueva etapa de mi hija, sin embargo, también sé que en sus primeros diez años he ejercido mi paternidad de tal forma que ha facilitado que Sara y yo construyamos unos vínculos muy sólidos y profundos que espero nos ayuden en sus años venideros. Ahora, mi gran reto es aprender a acompañarla de cerca y de lejos en esta inédita ruta del camino en donde con toda certeza querrá transitar sola la mayor parte del tiempo.

Esta vez fue su "primera pachanga sola", mañana será una infinidad de experiencias. Por ello, estoy convencido que mi objetivo debe ser hacerle sentir permanentemente la seguridad de que yo siempre voy a estar tras sus pasos para tenderle mi mano, mi brazo, mi cuerpo y mi alma entera cada vez que me necesite. Y mientras tanto, tengo la obligación de continuar deconstruyéndome para poder mirarla a los ojos desde la coherencia y, de alguna manera, ser su primera referencia como hombre en el marco de una masculinidad igualitaria.

* Pasión Vega - Tan poquita cosa.

lunes, 22 de octubre de 2018

"Eso es muy triste papi": Entre soledades y miedos



Los últimos diez días han sido intensos para Sara y para mí. Primero, porque ha estado permanentemente conmigo, ya que su madre tuvo una gira de trabajo fuera del país. Como de costumbre, antes de ese tipo de viajes, Yolanda me advierte con muy pocas esperanzas que no sea alcahueto y Sara lanza una mirada y una sonrisa que delatan su seguridad de saber que será la "reina y señora" durante ese período de tiempo. 

A mi favor solo diré que lo que realmente sucede es que mi hija es una muy buena negociadora y actúa con mucha sutileza, ya que, por ejemplo, para lograr ciertas cosas utiliza mecanismos poco convencionales, tal y como sucedió cuando me propuso jugar al "Uno" y apostar una invitación a comer tacos mexicanos. Me ganó 10-0 y reconozco que su propuesta estaba fríamente calculada porque tanto ella como yo sabemos perfectamente que su destreza para ese juego es inmensamente superior a la mía. De cualquier manera, lo importante es que compartimos dos espacios juntxs: el juego en casa y la cena en un restaurante mexicano (¡qué buena excusa! 😊).

Segundo, porque en estos días comenzó el primer campeonato del año en el que participa con la selección de fútbol U-10 de su escuela. Después de tres partidos intensos y tres victorias lograron llegar a la final, que se jugará la próxima semana. Obviamente, está muy contenta porque además de ser la capitana del equipo, ha metido un par de goles pese a que su papel en los encuentros es una combinación de juego ofensivo y defensivo. Me gusta verla tan emocionada y feliz, y compruebo que acompañarla en las cosas que para ella son importantes es una de las experiencias más hermosas que se puede vivir como padre.

Esta semana disputó los tres juegos. Su madre y yo fuimos juntxs a verla jugar los primeros dos. Sara estaba dichosa de verse acompañada por nosotrxs y de sentir y vivir en su día a día el hecho de que continuamos siendo una familia. Reconozco que no deja de llamarme la atención que muchas personas sigan sorprendiéndose que pese a nuestra separación, Yolanda y yo nos "llevemos tan bien", como dice una de las compañeritas de equipo de Sara, ya que en una sociedad como la nuestra "lo normal" sería terminar las relaciones de pareja en algo parecido a las tragedias románticas de las novelas mexicanas o venezolanas.

Me alegra tanto que a pesar de nuestros errores y rollos, Yolanda y yo somos un ejemplo de que "otras formas (amorosas) de separarse y relacionarse posteriormente son posibles", aunque también debo admitir que en gran medida se debe a la enorme paciencia y capacidad de Yolanda de lidiar con tipos complicados como yo, y a que ella se ha vuelto una experta en navegar en los mares turbulentos de mi "santa trinidad": soy el padre de su hija, soy su amigo y soy su compañero de trabajo, a quien para variar, ella coordina.

Pues bien, para el tercer encuentro que el equipo de Sara disputó como parte de las semifinales, solo yo pude ir a verla jugar. Por lo general, en los partidos sucede casi lo mismo que en ciertas actividades escolares en las que tenemos que involucrarnos los padres y las madres (como decorar el aula para un evento, por ejemplo): la mayoría de quienes se hacen presentes son madres y muy pocos somos padres. Obviamente, no todas las personas tienen la fortuna de tener tanta flexibilidad laboral como yo, pero no deja de ser una realidad el hecho que, pese a los avances, los hombres seguimos involucrándonos mucho menos que las mujeres en lo que tiene que ver con la escuela de nuestros hijos e hijas, o sus visitas al médico o médica.

Al terminar el juego aprovechamos los 40 minutos de regreso a casa para platicar de todo un poco. Hablamos del partido de semifinales, de la final y del equipo al que enfrentarán; de las caravanas de migrantes que huyen de Honduras por la violencia y la pobreza; de las ventajas y desventajas de ser hija única; de las razones por las que yo no tomo alcohol y de cómo ella tendrá que cuidarse en colectivo con sus amigas cuando salgan a tomar algo porque el machismo nos ha enseñado a los hombres a "aprovecharnos" de cualquier circunstancia para abusar de las mujeres; del aborto, un tema sobre el cual aún seguimos platicando y que será objeto de una próxima entrada en este blog; y sobre lo que hago cuando ella se queda a dormir en casa de su mamá un viernes o un sábado por la tarde-noche.

Este último tema salió a relucir cuando estábamos llegando a casa de Yolanda y en un tono de broma me pregunté a mí mismo y en voz alta qué es lo que iba a hacer esa noche, ya que soy un hombre soltero, conozco a mucha gente y al menos por ese día estaría libre de mi hija. Sara me conoce tan bien que coincidimos de forma absoluta en la respuesta que saltó inmediatamente de nuestras miradas y nuestras bocas: saltaría la cuerda viendo una película o algún curso de inglés u otros videos en Youtube, o escuchando mi música favorita; me ducharía; me pondría la pijama; cenaría solo leyendo eldiario.es, publico.es o Infolibre; y me encerraría en ese mundo de leer y escribir que tanto me gusta.

Sin embargo, lo que para mí ha representado una rutina normal y hasta apasionante, ese día se convirtió en un poderoso llamado de atención sobre mi vida solitaria cuando Sara, antes de bajarse del carro, terminó la conversación diciéndome: "Eso es muy triste papi". Admito que me dejó sin palabras, perplejo y me regresé a casa muy pensativo, con una imagen de mi vida revoloteando en mi cabeza que me provocó una profunda tristeza, incluso hasta creo que sentí lástima por mí mismo. Pese a que en los últimos años me he sentido orgulloso de mi modesto aporte académico al mundo de los derechos humanos, las palabras de Sara hicieron que me cuestionara hasta dónde eso es suficiente para sentirme en cierta medida pleno como hombre.

Es cierto que otras personas cercanas me han dicho lo mismo, Yolanda es alguien que me insiste permanentemente que disfrute a mi gente y que haga vida social, pero que me lo dijera de esa manera mi hija me dejó en shock y no he dejado de pensar en ello ni un momento. Y volví a repasar los últimos 10 años de mi vida en los que debido a diversas razones he construido una especie de bunker al que no he dejado entrar por completo a nadie. Reconozco que el miedo ha sido un elemento clave para ello, pues la mayoría de las veces he pensado que mi cercanía no le conviene a las personas, sobre todo a las que me aprecian y quieren.

Obviamente, he asumido equivocadamente el hecho de sentir miedo porque no me ha permitido entregarme sin reservas a las amistades, a los amores, a determinados proyectos colectivos y personales, y mi lógica ha sido guardar siempre cierta distancia para evitar que terminen sufriendo quienes estén cerca de mí. En gran medida, siempre he puesto como excusas perfectas la entrega casi exclusiva a mis intentos de paternidad igualitaria, a mi trabajo, a los libros y a escribir; los riesgos que implica estar cerca de alguien que cree en lo que yo creo; la inestabilidad económica que me rodea debido a mi opción política; y la inseguridad de no saber dónde estaré mañana y cuánto tiempo seguiré aquí.

Pero en el fondo siento que debo hacer un ejercicio de honestidad y admitir que bajo esas excusas de cuestionados fundamentos he estado sin estar completamente, me he encerrado en mi mundo, no he dejado que me ayuden para no contaminar con mis problemas a quienes me han querido y me quieren, he aparentado cierta normalidad para no llamar la atención ni preocupar a nadie e incluso he fomentado la imagen de estar siempre muy ocupado para evitar vincularme más allá de lo necesario. Como me lo recordó hoy Sara: "Hasta yo salgo más que vos papá". Pero todo eso lo he hecho creyendo de forma errada que "protejo" a quienes amo y estimo.

Las consecuencias son claras: he descuidado a mis amistades y a mi familia fuera de mi núcleo que representa mi hija, he perdido la oportunidad de disfrutar los espacios con mis compañeros y compañeras de proyectos comunes, y he dejado que viejos, nuevos, ciertos y posibles amores se me escapen "como agua entre los dedos", como canta Eva Cortés. En pocas palabras, no he sido suficientemente un buen amigo, pareja, familiar y compañero. Por ello, después de pensarlo mucho, ahora estoy convencido que para superar la situación que resume la frase de Sara "eso es muy triste papi", debo cerrar ciclos de una vez por todas y ser valiente para dejar atrás el pasado y abrir las ventanas del corazón que están siendo golpeadas por vientos llenos de la frescura que traen las nuevas pasiones.

Pero también sé que necesito hacer un alto y no sé cómo hacerlo, quizá tengo miedo porque detenerme implica hacer renuncias y forzar a otras personas a frenarse y no es justo, pero es más injusto vivir permanentemente con la necesidad de interrumpir el paso y, como consecuencia, no tener la capacidad de darme sin ataduras e intentar ser feliz, lo cual debería ser lo más importarte en esta vida que es experta en esfumar de golpe los años y los sueños más hermosos y aparentemente sólidos.

Hablando de la felicidad, hace un par de días conversé con Katrina, una persona a quien aprecio mucho y que es madre de Omar, un niño que juega en la categoría masculina U-10 de la escuela de Sara, y me contó que cuando su hijo regresa de clases ella siempre le hace la pregunta más importante de todas: "¿Fuiste feliz?" . Eso me hizo reflexionar sobre las veces que le pregunté a Sara cómo le fue en sus tareas, en sus exámenes, en sus presentaciones, en sus partidos, etc. y olvidé preguntarle lo más esencial, si fue feliz.

Pero a su vez me hizo reflexionar si en este momento del camino yo soy feliz en mi bunker, si soy feliz entre papeles y ordenadores, si soy feliz en medio de libros y soledades, si soy feliz siendo distante y frío, si soy feliz entre las prisas y las ocupaciones, si soy feliz aferrado a la excusa de mi dedicación casi absoluta a Sara para no moverme emocionalmente hacia el futuro y si soy feliz entre tantas justificaciones y límites autoimpuestos que no me permiten aplicar el consejo que día a día le doy a mi hija: ser feliz intensamente "aunque no tenga permiso", como dice Benedetti.

lunes, 15 de octubre de 2018

La primera vez que mi hija me vio llorar



Hace unos días me enfadé con Sara por un asunto relacionado con una tarea de su escuela; aunque es una niña muy aplicada y de excelencia académica, no está demás señalarle ciertos descuidos para que continúe siendo responsable como hasta ahora.

Esto no significa que la presionamos para que obtenga buenas calificaciones o se tome la escuela más en serio que la vida misma, al contrario, siempre le decimos que la inteligencia no se mide con una nota y que lo importante es aprender comprendiendo y no memorizando, y que la mejor escuela está fuera de las paredes de su aula de clase.

En ese contexto, a mi hija jamás la he castigado físicamente, ni siquiera le he gritado alguna vez, pues su madre y yo creemos que si lo hacemos le estaríamos enseñando que los problemas y los conflictos se resuelven con gritos y violencia. Incluso, cuando ella sube el tono de su voz al discutir, le advierto que si sigue hablando de esa manera entonces yo también lo haré, así que lo comprende e inmediamente se disculpa.

Por eso, cuando me enfado solo le hablo con firmeza, le expreso las razones de mi molestia y mi decepción, y me muestro frío y distante con ella. Para Sara es algo terrible, es el peor castigo que pueda darle, no soporta ni un minuto verme así y siempre me da una lección de humildad al acercarse, aceptar que cometió un error, pedirme perdón y prometer no volver a hacerlo.

Obviamente, a mí me derrite enseguida, así que le digo que está bien, le vuelvo a señalar con un tono conciliador de voz que lo que hizo no es correcto y le dejo bien claro que aunque yo me enfade, eso no significa que dejo de amarla ni un poquito porque ella es mi hija y yo la voy a querer toda la vida. Además, de esta manera también le muestro que siempre hay que darle a la gente la oportunidad de reconocer sus errores y disculparse.

También debo admitir que discutir con ella a veces es una odisea, ya que tiene una capacidad asombrosa para encontrar justificaciones y argumentos a su favor que en más de alguna ocasión me deja sin palabras. Su madre dice que es una leguleya e incluso a menudo tiene que jugar el papel de mediadora porque al final de cuentas mi hija y yo somos iguales en eso. ¡De tal palo tal astilla! De cualquier manera, siempre le digo a Sara que aunque discutamos y nos enfademos, jamás debemos irnos a dormir sin reconciliarnos. Esto se ha convertido en una regla de oro en nuestra relación.

El asunto es que ese día que discutimos yo reconozco que sobredimensioné las cosas porque no estaba bien emocionalmente. Por eso, recapacité de inmediato, fui a su cuarto en donde estaba haciendo sus tareas, le pedí perdón y la abracé. Ella también me abrazó y me pidió perdón, y comenzó a llorar. Hubo momentos en que nos interrumpíamos disculpándonos y diciéndonos mutuamente que nos amamos.

Pero mientras la abrazaba y me disculpaba yo tampoco pude contener mis lágrimas y lloré como nunca. Sara se sorprendió porque fue la primera vez que me vio llorar. Ella siempre me señaló que había visto llorar a su mamá, pero no a mí. Obviamente, he llorado mucho, sin embargo, como muchas otras cosas que son muy mías las manejo en soledad creyendo que es lo mejor.

Las veces que he llorado solo, me he cuidado de evitar que Sara me vea porque pensaba que de esa forma la protegía de mis penas y de mis problemas, no obstante, ahora comprendo que es un error pretender meterla en una burbuja y no mostrarme en mi vulnerabilidad. Que me vea llorar y que pueda conocer e identificar mis tristezas es parte de su aprendizaje como persona.

Creo que en los últimos meses la vida me ha empujado dolorosamente a aprender la lección de que a veces hacer el intento de proteger en estas circunstancias puede ser contraproducente y dañar y alejar a las personas que se aman. Afortunadamente, ese día lloré mucho abrazado a Sara mientras le pedía perdón, le decía que la amo y le contaba en términos generales el porqué de mi desconsuelo.

Recuerdo haberle dicho que había sobredimensionado las razones de mi enfado porque estaba triste. Me preguntó por qué y le confié algunos de los motivos de mi pena; me abrazó, me dijo que me amaba y que todo iba a estar bien. Me sentí seguro siendo consolado por una niña de 10 años que me aconsejaba y me mostraba su ternura, empatía y solidaridad, y descubrí que las razones de mi llanto traspasaban las fronteras de mi tristeza individualista.

Ese día abrazado a Sara volví a llorar todo lo que había llorado en soledad durante estos largos meses de crisis y aflicción; lloré por lo que no había llorado a pesar del dolor acumulado; lloré por mis errores, mis pérdidas, mis sueños rotos y mis búsquedas fallidas; lloré por las despedidas obligadas, por los amores idos y lejanos, por las amistades olvidadas y por no haber dicho a tiempo que amaba, quería y admiraba. 

Lloré porque decidimos traerla a vivir a un país convulsionado, en harapos, deteriodado con crudeza desde el golpe de Estado, violentado por corruptxs y violadorxs a derechos humanos, militarizado, que condena a su niñez a la muerte lenta por hambre o a las ejecuciones arbitrarias, y expulsa a su gente en caravanas de esperanza y miedo.

Lloré porque Sara es mujer y solo por serlo está condenada a ser tratada como ciudadana de segunda categoría, a ser vista como un objeto sexual, a tener que demostrar día a día que es tan capaz e inteligente como cualquier figura masculina, y a pelear para que no le paguen un salario menor que un hombre por el mismo trabajo.

Lloré porque hereda un mundo en llamas y las cenizas de unas revoluciones cuya esperanza y belleza se quedaron ancladas en el pasado y ahora son una terrible pesadilla; lloré porque tiene que observar el ascenso del discurso machista, xenófobo, clasista, racista y homofóbico en las voces cada vez más presentes de Trump, Le Pen, Saviani, Bolsonaro, Casado, Abascal, etc.

Lloré porque Vox llenó Vistalegre en España y porque Honduras se hunde cada vez más en el autoritarismo; lloré por la rabia acumulada, por las heridas que ahora reconozco que aún tengo abiertas y porque me cuestiono día a día haberla traído a este "no país"; lloré porque jamás le había visto tanta tristeza y desesperación al terminar el verano y despedirnos de la familia española.

Lloré porque tengo un trabajo que nos pone en riesgo; lloré porque mi país de acogida (España) tiene que protegerme de mi país de origen (Honduras) y mi "México lindo y querido" me reconoce lo que estas tierras catrachas me niegan, ignoran y desconocen. Lloré por Pepe, Vicky y mi niña Natalia porque no puedo hacer nada más que hacerles saber que estoy sin estar.

Sin duda alguna, ese día abrazado a mi hija lloré como un hombre nuevo porque le mostré mi vulnerabilidad y me di cuenta que esconder mis lágrimas no la protegía de nada, sino que le ofrecía una falsa imagen de una distorsionada visión de fortaleza emocional en el contexto de una masculinidad tradicional de la que me quiero despojar y no deseo reproducir.

Después de llorar en sus brazos me sentí libre y pude parir los motivos que necesitaba para decidir ser valiente y agradecer en vez de sentir rabia, pues como me dijo alguien hace muy poco, solo agradeciendo es posible reconciliarme y romper amorosamente con el pasado, con las personas y con los espacios, o restaurar los lazos que me unen a ellos.

Al siguiente día temprano en la mañana, Sara me interrogó acerca de si había seguido llorando por la noche en la soledad de mi habitación y le respondí que sí. Me preguntó por cuánto tiempo y le dije que más o menos una hora. Me miró con ternura y picardía, y con una sonrisa de burla me dijo: "Papi, ni siquiera Thiago (su primo de 2 años) llora tanto tiempo como vos".