martes, 30 de mayo de 2017

Lo que no se menciona no existe



Una de las cosas que comprendí con mi paternidad igualitaria es la importancia de la inclusión en el lenguaje, independientemente de lo que me digan las reglas de la Real Academia Española (RAE).

No está de más decir que la RAE solo ha tenido a 11 mujeres de 500 miembros en 300 años de historia y en la actualidad, de los 46 sillones con que cuenta solo 8 son ocupados por mujeres*.

Así que aprendí a usar el lenguaje inclusivo aunque me tenga que saltar las "sagradas" reglas de la RAE, pues quiero que mi hija sea consciente que el lenguaje es simbólico y que las palabras tienen efectos de poder. 

Uno de esos efectos de poder es la invisibilización que afecta particularmente a personas o grupos sociales que históricamente han estado bajo relaciones desiguales de poder o de dominación como las mujeres.

En ese sentido, mi hija tiene claro que cuando se dice "niños" no incluye a las niñas y por tanto, ha aprendido a decir "niños y niñas" o a utilizar palabras más inclusivas como "niñez" o "personas".

Cuando lee algún libro y encuentra un párrafo donde solo dice "niños", ella le agrega "niños y niñas"; lo mismo sucede cuando ve una película o alguna serie de televisión pues a sus 8 años cuestiona que el lenguaje invisibilice a las mujeres.

Como en casa éramos tres, dos mujeres (ella y su madre) y un hombre (yo), decidí cambiar el modo de identificarnos grupalmente y le expliqué que si ellas eran mayoría yo tenía que decir "nosotras" o "las" tres. Reconozco que más de una vez algunas personas me miraron con extrañeza al escucharme hablar de esa forma.

Hacerle ver a mi hija la importancia del lenguaje inclusivo ha hecho que se cuestione que en su escuela sigan usando un lenguaje tradicional que la invisibiliza a ella y a sus compañeritas, y que ni las niñas ni las profesoras se den cuenta de ello.

Pese a todo, yo me siento orgulloso de que Sara comprenda que lo que no se menciona no existe y que por tanto, como mujer debe luchar para que la inclusión se refleje en el lenguaje.

Al mismo tiempo, como hombre me siento día a día desafiado a romper con el mito de que el masculino singular nos incluye a hombres y mujeres, pues a todas luces es claro que jamás ha sido neutro.

Si hablamos de luchar por democratizar la sociedad y el Estado, es imprescindible democratizar también el lenguaje mediante la desactivación del absolutismo del masculino singular y su sustitución por expresiones neutrales o la inclusión del femenino singular.

Como hombre y como padre de una niña tengo el deber moral de usar un lenguaje inclusivo en mi vida cotidiana para que mi hija identifique en ese simple gesto, el valor de la no discriminación, de la solidaridad, de la igualdad y de la inclusión.

* Invito a leer el artículo de Belén Remacha, "La curiosa misoginia de la RAE", publicado en eldiario.es. Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/RAE-institucion-tradicionalmente-misogina_0_502200361.html

martes, 23 de mayo de 2017

De juguetes y arcoiris


Sin quererlo, Sara me está mostrando el enorme daño que las personas adultas le hacemos a nuestras niñas y niños cuando les metemos en sus cabecitas que hay colores y juguetes para niñas, y colores y juguetes para niños.

Solo basta visitar las tiendas de ropa o las secciones de juguetería para darnos cuenta que el color rosa, las muñecas, las cocinitas,  los cochecitos de bebés y los accesorios de belleza son para las niñas, mientras que el color azul, los súper héroes, los carritos, las armas y las pelotas de fútbol son para los niños.

De esta manera, las niñas van asumiendo que sus juegos con muñecas y cocinitas las preparan para su rol en la sociedad, es decir, madres y "señoras de la casa"; mientras que los niños asumen que sus juegos con carros y pistolas los preparan para conquistar el mundo y utilizar su fuerza de "macho alfa" en caso de ser necesario.

Aunque puede parecer exagerado, los juegos y los juguetes tienen un impacto importante en la manera en que nuestra niñez se relaciona. A un niño prácticamente se le prohíbe jugar con cocinitas y muñecas porque es "cosa de niñas" y existe el peligro de convertirse en homosexual. En el fondo les estamos negando la oportunidad de practicar el cuidado, la cercanía, el cariño y la igualdad en el reparto de las tareas domésticas.

¿Cómo es posible que las personas adultas hayamos llegado al extremo de sexualizar los juegos y los juguetes e incubar lentamente la homofobia, la misoginia y la desigualdad en nuestra niñez, especialmente en nuestros niños?

Recuerdo perfectamente cuando Sara cumplió 7 años. Su madre y yo le llevamos un pastel a su escuela para que celebrara un momento con sus compañeritxs de clase. Los platos y los vasos que llevamos tenían el dibujo de una de las pricesas de Disney, la sirenita Ariel. La razón era simple, no habíamos encontrado de otro estilo y tampoco le dimos importancia.

Sin embargo, cuando comenzamos a repartir el pastel y la bebida, dos niños comenzaron a llorar porque decían que no podían comer pastel en un plato y un vaso de "La Sirenita", ya que eran de niñas. Reconozco que me sentí impactado, dolido y con mucha rabia, no contra los niños sino contra el sistema patriarcal que desde niñxs nos mete en la cabeza estas diferencias y que luego como padres y madres reproducimos con nuestros hijxs.

Le pedí a la maestra que me permitiera hablarle a toda la clase y comencé a decirles que yo escogí los platos y vasos con el dibujo de "La Sirenita" porque es mi preferida. También les dije que mi color favorito es el rosa y que a Sara le gusta jugar conmigo a la lucha, y que siempre me gana porque tiene mucha fuerza. Les hablé de la riqueza en la diversidad del arcoiris, de que todos los colores son hermosos y que no hay colores para niños y para niñas. 

Poco a poco esos dos niños dejaron de llorar y me emocioné al verlos aceptar el pastel en los platos y vasos "para niñas". Luego, se me acercó otro niño para decirme al oído que a él le gusta ver "La princesa Sofía", yo le respondí que también me gusta y que la veo con Sara. Después se me acercó una niña para contarme que le gusta el color azul aunque sus compañerxs le dicen que es de niños. Se me acercó otro niño para confesarme que juega con las muñecas de su hermanita.

Con esas confesiones inocentes me di cuenta que nos hemos convertido en piezas de un engranaje social que funciona perfectamente para perpetuar las relaciones desiguales entre mujeres y hombres, en el cual nuestros niños y niñas son las principales víctimas. Aunque siento vergüenza debido a que las personas adultas estamos incubando en nuestra niñez el virus del patriarcado, también me da esperanza conocer de primera mano la experiencia de algunxs amigxs que están educando a sus hijxs para romper con el círculo vicioso de la desigualdad.

Como padre me he esforzado muchísimo para que Sara no forme parte de ese círculo perverso. Ella tiene y juega con muñecas, carros, espadas, libros, vestidos de princesas (Mérida de la película "Brave"), disfraces de heroínas (Batichica y Supergirl), bicicleta, cartas, juegos de mesa, patines y pelotas de fútbol. Le hemos enseñado que los juguetes y los juegos no tienen género, pero también le he mostrado que es importante ser crítica frente a juegos que promueven ciertos modelos y roles que son machistas. 

Como muestra, hay un juego de saltar la cuerda que dice algo así como "Cuántos hijxs yo tendré... 1, 2, 3, 4..." y así sucesivamente hasta el número de saltos al que la niña logre llegar. Yo le he mostrado que tener hijxs no es lo único en la vida de una mujer y que podría cambiar la letra del juego por algo más interesante como por ejemplo, "Cuántos libros leeré... 1, 2, 3, 4..." o "Cuántos viajes yo haré... 1, 2, 3, 4...". Lo mismo le he mostrado con otros juegos, pues además de jugar a ser mamá, también puede jugar a ser científica, maestra, súper heroína, escritora y tantas otras cosas que la empoderan.

Lo mismo he intentado con los colores. Aunque ella no tiene problemas para usar el color rosa, no es su favorito. Antes su color favorito era el morado y ahora es el verde aqua. En mi caso, ella sabe que mi color favorito es el negro pero comencé a usar el color rosa en ropa, cables de teléfono y hasta en mis cepillos dentales con el objetivo de mostrarle que el arcoiris no diferencia entre niñas y niños, y que ser hombre no me limita a usar el color que yo quiera, si me gusta. 

Por mi experiencia con Sara estoy convencido que la forma en que eduquemos a nuestras niñas y niños en relación con los juegos, juguetes y colores, puede ser un paso fundamental para vacunarlxs contra el machismo, la homofobia y las relaciones desiguales de poder.

viernes, 19 de mayo de 2017

Bruno Mars de día y Cri-Cri de noche

Siempre me ha gustado la música, es parte de la herencia de mi familia paterna en la que hay grandes músicxs; de hecho, Delmi, mi hermana mayor, tiene una voz hermosa y en sus tiempos de estudiante ganaba festivales de la canción. Tengo una colección que alcanza los 800 gigas con música de todo tipo y de todo el mundo. Sin embargo, como buen habitante de este rinconcito central del Caribe continental me encanta la Salsa, la Punta, el Merengue, la Bachata y el Vallenato, entre otros ritmos caribeños.

Cuando comencé a coleccionar música, gracias a la solidaridad que unx se puede encontrar en internet, jamás imaginé que también terminaría coleccionando música infantil. Desde que Sara estaba en la panza materna me dediqué a buscar y descargar música que consideré que le gustaría. Así, descargué toda la colección "Babies go", la cual incluye, entre otros, los discos "Babies go Bob Marley", "Babies go The Beattles", "Babies go Queen". También conseguí la colección "Efecto Mozart" o los discos "Bethoven for babies" y "Bach for babies". 

Pero también bajé la música que su madre escuchaba de niña, particularmente las canciones de "Los payasitos de la Tele", Miliki, Gaby y Fofó, y la que yo escuchaba en mi niñez, sobre todo las canciones de Francisco Gabilondo Soler, más conocido como "Cri-Cri". Desde que Sara era una bebita siempre la dormí con las canciones de Cri-Cri, especialmente con "Chong Ki Fu", "Bombon I", "El chorrito", "Cochinitos dormilones", "Caminito de la escuela", "La patita" y "Vals del rey". 

Como la mayoría de los personajes de las canciones eran figuras masculinas, yo me propuse cambiarlas por femeninas y sustituir la figura materna por la paterna en ciertos roles tradicionales. Así, por ejemplo, la canción "Cochinitos dormilones" pasó a ser "Cochinitas dormilonas" y la letra que todavía le canto por las noches quedó así:

Las cochinitas ya están en la cama
muchos besitos les dio su papá
y calientitas todas con pijama
dentro de un rato las tres roncarán.

[...]

La más pequeña de las tres
una cochinita linda y cortés
esa soñaba con trabajar
para ayudar a su pobre papá.

A medida que fue creciendo, a cantar las canciones le agregamos hacer lo que dicen sus letras. En otras palabras, la hora de dormir se convirtió en el momento de reir a carcajadas, hacer piruetas, dar vueltas en el aire y caer en la cama, y recibir cosquillas. Inicialmente su madre me cuestionaba porque decía que de esa manera Sara no se relajaría, pero al final se convenció de que la risa es la mejor forma de relajación para dormir.

Poco a poco la música de Cri-Cri y de Los Payasitos de la Tele se apoderaron de todos los espacios, desde el ordenador, pasando por un reproductor portátil hasta el móvil, y muy especialmente los momentos de los viajes en carro en cuya radio siempre cargo una memoria usb con mi música, pero a la que tuve que agregarle una carpeta con la "Música de Sara".

Y también con los años la música de Sara dejó de ser solo Cri-Cri y Los Payasitos de la Tele, pues aparecieron en el horizonte Bruno Mars con sus "Count on me" y "Lazy song", Shawn Mendes con su "Stitches", Malú con su "Blanco y negro" y el elenco de "Soy Luna" con sus canciones de adolescentes. Ahora cuando vamos en el carro y me animo a ponerle las canciones de los primeros me pide que las cambie, pues quiere escuchar las canciones de lxs segundxs, y a golpe de notas musicales me doy cuenta que mi niña está creciendo.

Sin duda alguna, la música me va alertando que cada día que pasa Sara va dejando pedacitos de niñez por los rincones de la vida. Pero a la hora de dormir, no hay Bruno Mars que valga, pues ella vuelve a ser mi niña y me pide que le cante o le ponga las canciones de Cri-Cri y de Los Payasitos de la Tele para arrullar su sueño. 


* La versión original de "Cochinitos dormilones" puede escucharse aquí: 


lunes, 15 de mayo de 2017

De pañales y horas de sueño


Los primeros días y meses de vida de Sara estuvimos protegidxs en dos burbujas. En el hospital tuvimos el cuidado y apoyo de enfermerxs y médicxs. Fue ahí donde aprendí a poner mi primer pañal gracias a una clase improvisada que me ofreció solidariamente una madre que compartía habitación con Yolanda y que vio mi cara de preocupación cuando yo intentaba resolver el indescifrable enigma del pañal.  

Recuerdo que el binomio "cuerpecito de mi hija y pañal" era para mí como un rompecabezas imposible de resolver, casi un misterio, pero cuando por fin logré ponérselo fue una de las satisfacciones más grandes que he sentido. Ni siquiera la publicación de mi primer libro o la obtención de mi doctorado lograron lo mismo. Aunque parezca algo loco, extravagante o simplemente asqueroso, confieso que aún conservo con mucho cariño algunas fotos de sus primeros pañales llenos de su caquita.

Los siguientes meses tuvimos la fortuna de quedarnos en casa de lxs abuelxs maternxs; el cariño y la colaboración de ellxs, de los tíxs, de lxs primxs y amigxs fue muy importante durante esa etapa. El apoyo familiar fue fundamental para estrenar nuestra maternidad y paternidad sin más preocupación que adaptarnos a la nueva vida en la que Sara se convirtió en el centro de todo. 

A veces imagino que esa adaptación se puede comparar con lo que sintieron las personas cuando la ciencia aceptó definitivamente que la tierra es la que gira alrededor del sol y no al revés. En nuestro caso, nuestras vidas, carreras, proyectos y sueños dejaron de ocupar el centro de nuestro universo, y fueron desplazados por una personita que con los años va construyendo su propia vida y sus propios sueños.

Gracias a "Lela" -así llaman Sara y sus primxs a la abuela María-, aprendí a sacarle el gas después de darle su biberón, a perfeccionar mis habilidades con el cambio de pañales, me volví un experto en bañar a mi hija, me convertí en su enfermero particular para curarle el ombliguito y en su modisto personal para cambiarla de ropa, y también aprendí a diferenciar su llanto por hambre, por sueño o por cólicos. 

No olvido las primeras noches en casa de lxs abuelxs. Sara dormía en su cunita y yo quería estar tan pendiente de ella que me acostaba en el suelo a su lado. Reconozco que prácticamente no dormía y aunque también estaba pendiente de su madre, mi mayor atención estaba en ella. A cada momento me aseguraba que respirara, que estuviera cómoda, que no tuviera frío o calor, que tuviera la temperatura corporal normal. Dejé de hacerlo hasta que Yolanda y María me convencieron que estaba siendo exagerado y que era una situación insostenible. 

Durante las primeras noches de la vida de nuestra hija, dormir era un lujo para nosotrxs, pero también fue un lujo contar con el apoyo de María, ya que aunque lo normal era desvelarnos, a las 7 de la mañana ahí estaba la abuela a la puerta de nuestra habitación para que le entregáramos a Sara. Así, mientras ella cuidada a la niña, nosotrxs podíamos dormir unas horas más para recuperar la energía que necesitaríamos otra vez por la noche.

Aunque ocho años después dormir se ha "normalizado", jamás ha vuelto a ser igual. Yo dejo abierta la puerta de mi habitación para estar pendiente del sueño de mi hija. Al menos me levanto 3 veces por la noche para ir hasta su cuarto y revisar si está bien, si tiene frío o calor, si está muy a la orilla de la cama o si se le cayó su peluche.

También estoy pendiente por si se despierta y viene a mi habitación a pedirme que duerma con ella porque tuvo una pesadilla. Cuando eso sucede, mis horas de sueño se reducen, ya que como dueña y ama de su cama me deja apenas la orillita hasta donde me persigue para abrazarme y ponerme una pierna encima, lo cual me obliga a estarme quieto e intentar dormir como si fuera una estatua.

Pero es hermoso. Verla dormir es mágico y me nace decirle que la amo porque estoy seguro que de alguna manera me escucha. Mientras duerme le beso su mano, su frente o su mejilla. La veo soñando y encuentro el sentido de mi vida, pero también me da miedo porque al despertar de su sueño y su niñez tendrá que enfrentarse a un mundo violento, desigual y misógino. 

Por eso su madre y yo nos esforzamos en mostrarle ejemplos y luces de solidaridad, justicia y libertad que otras personas han construido y siguen construyendo con esperanza en cada rinconcito de este planeta.