jueves, 6 de septiembre de 2018

Gracias por estos 10 años


6 de septiembre de 2018.

Hola mi amor, hoy por la mañana cuando te desperté para ir a la escuela me invadió un torbellino de ternura al darme cuenta que exactamente hace 10 años llegaste a mi vida. Mientras te abrazaba y te decía el tradicional ¡feliz cumpleaños!, me di cuenta que realmente quien más tiene que celebrar tu vida soy yo porque no solo cambiaste la mía, también la salvaste.

Obviamente he tenido más amores a lo largo del camino que me hicieron feliz, que me llenaron y que me dieron momentos maravillosos, pero el amor que siento por vos y que sentís por mí es simplemente mágico y revolucionario; ahora que estás conmigo entiendo que sí es posible dar la vida por alguien y que soy capaz de renunciar a todo, si es necesario, por verte contenta.

En estos 10 años he visto cómo te has ido convirtiendo en una niña fuerte, sensible, solidaria, independiente, crítica y valiente. Me siento orgulloso de que tu madre y yo hayamos podido darte las herramientas para que sigás construyéndote, y te juro que si la vida me lo permite, voy a estar a tu lado para apoyarte contra viento y marea en cada una de tus decisiones, esté o no de acuerdo con ellas.

Vos sos mi vida Sara, por vos estoy dispuesto a todo y sé que en gran medida la soledad que hoy respiro se debe a mi opción radical por vos; sé también que dentro de poco te irás y mi soledad será mayor porque ahora mismo vos llenás todos mis espacios. Por eso quiero seguir disfrutando cada etapa irrepetible de tu vida.

Me siento un privilegiado de haber podido disfrutarte tanto, de tener el tiempo para estar cerca de vos, para aprender de vos. Sara, vos has sido mi escuela, gracias a vos soy una persona un poquito mejor, durante 10 años vos has sido mi mejor maestra de feminismo y paternidad igualitaria, de ternura, de pasión por la vida, de locura y de amor.

Mi vida no tendría sentido si vos no estuvieras y por eso, mi niña, en tu primera década te ratifico mi promesa de intentar cumplir diariamente lo que me decís a menudo: que soy el mejor papá del mundo. Seguiré acompañándote por el camino de la libertad y la igualdad aunque se agoten mis fuerzas, no voy a soltar tu mano aunque me corten la mía y haré todo lo que esté a mi alcance para ir "codo a codo" con vos por el sendero de tus sueños y tus proyectos.

Solo anhelo, miña filla*, que al celebrar junto a vos otra década más seás la mujer que puedo ver como reflejo en tu niñez: una mujer empoderada, libre, autónoma, solidaria, inteligente y valiente; en una palabra, que seás una bruja.

Te amo Sara.

Tu papi.

* Hija mía en gallego.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Un espejo adicional para mi hija



"Papi, ¿Por qué Linda y vos terminaron?, ¿todavía se quieren?, ¿van a volver?, ¿van a seguir siendo amigxs al menos? Es que a mí ella siempre me gustó como segunda mamá". El bombardeo de preguntas y su comentario final me dejaron perplejo, pues se cumplió uno de mis temores, es decir, que mi hija presenciara mi primera ruptura de pareja después de la separación con su madre.

Debo reconocer que me quedé en silencio por un breve momento que me pareció eterno antes de intentar hilvanar una respuesta medianamente satisfactoria; sin embargo, lo único que pude responder es algo que Linda siempre me dijo: "El amor no es suficiente". Tratar de explicarle lo que eso significa me resultó más difícil que hablarle sobre sexo, así que, intentando ocultar mi tristeza, solo pude decirle que a veces, aunque las personas se aman mucho, enfrentan ciertas circunstancias que las terminan separando.

Obviamente en toda separación hay responsabilidades y yo admito que cometí muchos errores, pero para ganar tiempo y aclarar las ideas, le dije que hablaríamos después, algo que aún tenemos pendiente. Posponer esa plática me permitió reflexionar y admitir que, en cierta medida, mi responsabilidad en la ruptura está vinculada con el machismo que a los hombres nos hace creer que podemos ser autoficientes y que no necesitamos ayuda.

Reconozco que durante el último año enfrenté una serie de complicaciones de seguridad, económicas, laborales y de salud, y en lugar de ver a Linda como la compañera que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mí, yo me encerré en mí mismo y pensé que debía protegerla hasta de mis problemas, en vez de compartirlos y afrontarlos con su apoyo.

Como se lo confesé en una carta, yo me sentí sobrado, fui un soberbio y un machista porque me faltó humildad para dejarme cuidar por ella y tomar su mano en mis momentos malos. "Sin duda alguna actúe como un buen hijo del patriarcado". Desafortunamente, es una actitud que he mantenido inconscientemente y he tenido que enfrentar esta ruptura para darme cuenta de mi error. La lección que me queda ahora es darle la importancia debida al autocuidado y a dejarme cuidar por quienes me quieren.

¿Pero por qué tenía temor de que mi hija presenciara una ruptura así en mi vida? Iniciar una nueva relación de pareja siendo “padre soltero” no es algo sencillo, ya que no solamente me involucro yo como individuo, sino también involucro a mi hija y la hago parte de lo bueno o lo malo de una experiencia amorosa. A veces puede resultar bien y otras veces un desastre.

Afortunadamente si pongo en la balanza mi relación con Linda no hay ninguna duda de que las cosas buenas tienen mucho mayor peso y por eso es que mi hija también resiente nuestra separación, y me sigue preguntando cuándo iremos a Tegucigalpa a visitar a Linda y a Sofía, su hija, con quien hizo buenas migas y lograron establecer una conexión especial desde que se conocieron.

Recuerdo cuando Linda y yo decidimos juntarnos por primera vez con nuestras hijas. Organizamos un almuerzo juntxs para conocernos y que se conocieran, y todo salió a la perfección. Inicialmente ellas creyeron que solo éramos amigxs y cuando un tiempo después le conté a Sara que Linda era mi novia, su reacción fue mirarme con picardía y alegría, y decirme dos cosas que jamás olvidaré: "Entonces Linda es como mi segunda mamá y Sofía como mi hermana". No miento, Sara estaba muy emocionada y, obviamente, yo me sentí feliz de que mi hija comprendiera que gracias a esta relación se ampliaba su red de personas que la quieren.

Reconozco que he sido afortunado de haber compartido tantos años de relación con Linda y que mi hija formara parte de ella porque en su lógica era como una segunda mamá en quien también tenía una referencia de vida admirable y un espejo en el cual mirarse como mujer. Particularmente, hay cinco cualidades de Linda que para mí era importante que Sara las conociera y valorara, pues son fundamentales para ser una mujer fuerte, consciente, solidaria y autónoma.

Primero, Linda es una mujer luchadora, trabajadora, con un sentido de la responsabilidad impresionante, a veces excesivo cuando está en juego su salud, siempre con ganas de demostrar que es capaz y con una enorme fortaleza para soportar los golpes de la vida, a la cual se aferra como nadie, y con una sonrisa permanente capaz de iluminar la oscuridad de las tristezas propias y ajenas. No conozco a nadie con tanta valentía y coraje como ella. No tengo ninguna duda de que su tenacidad y su necedad para nadar contracorriente es un ejemplo de empoderamiento para Sara, para Sofía y para cualquier niña.

Segundo, Linda es una mujer sencilla, humilde, fácil de querer, enamora con la mirada y transmite paz y seguridad, aunque a veces ella no se da cuenta o no lo cree. Pero estoy seguro que quienes la conocen y han tenido el privilegio de ser queridxs por ella, saben de lo que estoy hablando. Y estoy seguro que Sara lo percibió desde el primer día que habló con ella por teléfono y mucho más desde que la conoció personalmente. La conexión con Linda fue inmediata y absoluta, mi hija solo necesitó escucharla y verla una vez para sentirse segura y en confianza con ella. No es de extrañar que a pesar de los meses transcurridos desde nuestra ruptura, Sara siga interesándose por saber de ella.

Tercero, Linda es una mujer cariñosa, amorosa, preocupada por el cuidado de las personas que le importan y siempre me impresionó ser testigo de su fuerza y su carácter para enfrentarse a la vida, y al mismo tiempo de su ternura para tratar a quienes quiere y aprecia. A Sara la trató como a una hija e hizo todo lo que estaba a su alcance para promover la cercanía entre nuestras hijas. Además, siempre estuvo pendiente de sus cosas, se interesaba por su escuela, por su cumpleaños, por su viaje a España, por su salud, por todo.

Cada vez que podía le hacía regalos que coincidían con sus gustos, lo cual no era casualidad, sino que reflejaba que Linda se interesó por conocer muy bien a mi hija y percibir sus intereses. Recuerdo perfectamente uno de los primeros libros que le regaló, "Las aventuras de Pinocho" del italiano Carlo Collodi, cuya historia es más hermosa que la que nos vende Disney, y que me ayudó a explicarle a Sara que se puede ser feliz aunque papá viva en una casa y mamá en otra, porque lo importante es que sigan siendo familia y se quieran.

En pocas palabras, Linda simplemente actuó movida por dos hermosos valores fuertemente conectados: solidaridad conmigo al demostrarme que al amarme a mí también amaba a mi hija y sororidad con Sara al aportar su granito de arena para que, al igual que Sofía, creciera siendo una niña empoderada. De hecho, siempre tuvimos la bella costumbre de compartir libros, películas, canciones y cualquier material que les diera a nuestras hijas ejemplos de autonomía, libertad y fortaleza ante un mundo patriarcal.

Cuarto, Linda es una mujer comprometida con las causas justas y eso le ha acarreado más de un problema. A pesar que desde la distancia cualquier persona podría asegurar que ella no tiene necesidad de involucrarse en ese tipo de "cuestiones" o que quizá no se involucra, Linda siempre está dispuesta a estar en primera fila para brindar su aporte cuando se trata de luchar por la esperanza de un país mejor. Ella es capaz de indignarse por las injusticias más pequeñas y no quedarse callada ni pasiva, lo cual, en ocasiones, incluso ha puesto en riesgo su salud.

Durante la crisis postelectoral, por ejemplo, pese a que no se encontraba bien de salud, consiguió y distribuyó agua y comida para algunas personas que habían puesto barricadas y protestaban contra el fraude, y no le importó su vida, el riesgo ni los gases lacrimógenos que podían ser letales para ella. Debo reconocer que yo ni siquiera tuve la valentía de hacer una cuarta parte de lo que ella hizo en ese momento y a pesar de mi egocentrismo al sentirme un "gurú de los derechos humanos", siempre me apoyó, me animó y me hizo sentir que lo que hacía o decía era importante.

Quinto, Linda es una lectora voraz. No conozco a alguien como ella que lea tanto y sobre temas tan variados. Cualquier persona puede preguntarle sobre literatura hispanoamericana y ella tiene una respuesta, y si no la tiene, sabe dónde encontrarla. Aunque nunca llegué a conocer su biblioteca personal, deduzco que es inmensa. Linda siempre está rodeada de libros y es una compradora compulsiva de ellos.

Gracias a su amor por los libros tuve la suerte de conocer, leer, reencontrarme o reenamorarme de María Elena Llama (Cuba), Eduardo Mendoza (España), Clementina Suárez (Honduras) o Julio Cortázar (Argentina-Francia), respectivamente, y de esta manera pude romper un poco más las fronteras de lectura del Derecho. Sin que se diera cuenta nos influyó a mí y a Sara con sus propuestas de lectura, y fortaleció la pasión por los libros que mi hija ha cultivado desde muy pequeñita.

Pero Linda no es únicamente una devoradora insaciable de libros, también es una gran escritora como lo demuestran los ensayos y artículos que escribe para la Revista Centroamericana de Cultura y Opinión "(Casi) Literal" y para el periódico digital "Contra Corriente", entre otros espacios sobre cultura en general y literatura en particular. De hecho, más de alguna vez con su ojo crítico me corrigió unos cuantos trabajos que yo he escrito y, sin duda alguna, quedaron mejor.

Yo tuve el privilegio de leer algunos de sus trabajos cuando no se habían publicado y desde mi humilde opinión de lector, puedo decir que tiene una manera atractiva y fresca de escribir. Como siempre le dije, debería de juntar todos sus ensayos y publicarlos en un solo libro, y lo mismo hacer con su tesis de maestría en Literatura Española e Hispanoamericana. Honduras necesita aportes como el que ella da y que podría dar más en esa materia.

Con mencionar apenas estas cinco cualidades de Linda estoy seguro que cualquier persona estará de acuerdo con Sara en su apreciación de que ella era perfecta como su segunda mamá y que el tiempo que duró nuestra relación su ejemplo fue y sigue siendo un parámetro para mi hija con respecto a lo que como padre igualitario me interesa: su formación humana, su claridad política y su desarrollo intelectual.

Así como intento que Sara conozca la vida de mujeres lejanas que dieron importantes aportes al mundo de la literatura, la ciencia, los deportes, la política, etc., haré lo que esté a mi alcance para que ella recuerde siempre el ejemplo cercano y personal de Linda como una mujer fuerte, independiente, amante de los libros, solidaria, intelectual y políticamente comprometida con la justicia.

Indudablemente, toda ruptura es dolorosa, pero lo es más cuando de algún modo nuestrxs hijxs se ven involucradxs y viven la pérdida de una pareja de papá o mamá que, como en el caso de Linda, logran ocupar un lugar especial en su vida y convertirse en un referente adicional.

Pese a ello, como padre me siento satisfecho de que Sara tuviera la oportunidad de descubrir que, además de su madre y algunas amigas y compañeras de trabajo, hay otras mujeres cercanas, como Linda, que son ejemplo de mujeres empoderadas en medio de tanto machismo y de tanta violencia patriarcal.

Además de garantizar que Linda pueda seguir siendo una referencia para Sara desde la distancia, en la plática que aún tenemos pendiente sobre la ruptura, intentaré transmitirle una idea poderosa de Coral Herrera que leí en su libro "Mujeres que ya no sufren por amor. Transformando el mito romántico" y que yo mismo debo aplicar en mi vida si quiero que mi hija también lo haga en el futuro: "[...] cuando rompe la relación, lo mejor siempre es aceptarlo, pasar el duelo y tirar hacia adelante. El tiempo todo lo cura, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y no hay otro camino que ir hacia adelante".

Solamente así es posible preparar el camino para nuevos amores y nuevas relaciones en las que mi hija también pueda involucrarse y obtenga más referentes de mujeres admirables como Linda o su madre*, pues como me dijo una de mis mejores amigas y compañeras, "si no se cierra un ciclo no se puede ofrecer nada a nadie".

*El espejo de mi hija

miércoles, 25 de julio de 2018

La muerte antes y después de Sara



Indudablemente la muerte es un tema tabú. A nadie le gusta hablar de ella a pesar que en un país tan violento como Honduras es una realidad cotidiana, que se respira en el ambiente la sensación de que en el transcurso del día cualquier persona puede ser una potencial ganadora de su lotería macabra.

Hay personas que por su situación particular se encuentran en mayor riesgo frente a la muerte, entre ellas están quienes de algún modo se oponen a la corrupción, a las injusticias, al autoritarismo, al patriarcado, a los dogmatismos religiosos, al sistema que genera pobreza, exclusión y desigualdad, y a las violaciones a derechos humanos.

No es de extrañar que algunos órganos de Naciones Unidas como el Relator Especial sobre la Situación de los Defensores y Defensoras de Derechos Humanos, Michel Forst, en su más reciente visita al país concluyó que tales personas no podemos trabajar en un entorno seguro y propicio, ya que nos encontramos en peligro y no nos sentimos seguras debido a los numerosos ataques y amenazas, la criminalización de nuestras actividades y la falta de acceso a la justicia.

Antes que Sara naciera, incluso antes que fuera pensada y deseada, la muerte no era un tema que me generara mayor preocupación. De hecho, siempre la vi como una aliada, pues al pensarla me recordaba constantemente mi vulnerabilidad, mi temporalidad y mi paso efímero por este mundo, y eso me hacía vivir con mayor intensidad el presente.

Recuerdo perfectamente que un viernes 3 de agosto de 2001, en un "extraño accidente" pude ver los ojos a la muerte. Yo trabajaba en la Pastoral de Movilidad Humana en Caritas Nacional y parte del trabajo implicaba movernos por todo el país capacitando en temas de migración y refugio. Ese día tres compañeras y yo nos dirigíamos desde Tegucigalpa hacia la costa norte cuando la muerte nos sorprendió.

Murieron las tres, solo yo sobreviví. Nadie se explica cómo no me pasó nada grave, ni siquiera una fractura. Mucha gente pensó equivocadamente que después de esa experiencia yo dejaría de ser ateo, pero obviamente la experiencia me marcó en el sentido de reafirmar que tenía el deber de vivir el día a día porque lo único real y seguro es este instante; el pasado solo es un simple recuerdo y el futuro es absolutamente incierto.

También esa experiencia me hizo reflexionar sobre dos cosas. La primera, que quería seguir trabajando y con más fuerza el tema de derechos humanos; y la segunda, que ello implicaba un enorme riesgo y, por tanto, lo mejor era renunciar a la idea de convertirme en padre. No obstante, vivir en la tranquilidad y seguridad que brinda el primer mundo cambia la perspectiva de las cosas y llegó la decisión de tener a Sara.

Un año después de su nacimiento llegó otra decisión fundamental: volver a Honduras en medio del golpe de Estado porque en ese momento creímos que no podíamos estar cómodxs en Europa mientras el país estaba en llamas, pensábamos que era el momento de regresar y aportar. Decidimos venir por 4 años y llevamos 9, y ese tiempo trajo consigo una separación* y muchos miedos vinculados a mi hija.

Desde que Sara nació mi perspectiva de la muerte cambió drásticamente porque pasé de respetarla y verla como una aliada, a tenerle miedo. En momentos de grave crisis me aterra pensar que le pase algo a su madre o a mí, y no poder verla crecer o que crezca sin unx de lxs dos. Reconozco que me invade un inmenso temor al pensar que un día mi salud comience a deteriorarse y no pueda hacer nada para seguir a su lado hasta que sea totalmente independiente.

Y también me aterra pensar que debido a mi trabajo y a mis principios la pueda condenar un día a sentir el dolor de una pérdida de ese tipo. En una entrada anterior compartí que hace un par de años fuimos a San Salvador para participar en el aniversario de los mártires de la Universidad Centro Americana (UCA) y que tuvimos la oportunidad de visitar el lugar donde vivió monseñor Romero, el cual se ha convertido en una especie de museo de peregrinación.

La persona que nos guió en la visita al interior de la casa de monseñor nos contó muchas historias sobre él y su compromiso con la justicia. Indudablemente, el estar en el sitio donde vivió uno de los mártires más importantes de nuestro continente nos dejó los sentimientos a flor de piel y una especie de rabia y esperanza renovada por los cambios sociales para hacer de nuestros países lugares más compartidos y solidarios.

Pero al salir de ahí Sara se me acercó y con lágrimas en sus ojos me preguntó, literalmente: "Papi, si a monseñor lo mataron por luchar por la justicia, ¿a vos también te van a matar?"** No tengo palabras para describir lo que sentí ante su pregunta, solo recuerdo que tuve que armarme de mucho valor y temple para evitar llorar, y para convencerla que nadie me mataría y que yo estaría con ella hasta que no me necesitara. Hace un par de meses viví una grave situación de inseguridad en el marco de la crisis política por el fraude electoral que me hizo recordar con mucho temor esa pregunta.

Pero realmente tengo miedo a morir, no por mí, sino por ella, aunque nunca se lo demuestro. Cuando hablamos sobre la muerte le insisto que es una aliada, que ella debe vivir plenamente hoy, que mañana no existe, que lo que pasó ya pasó y no hay vuelta atrás, y que debe aprovechar cada momento de felicidad que se le presente en la vida porque la felicidad no es un estado permanente, sino que está hecha de momentos, a veces muy cortos.

Pero tengo miedo y no puedo evitarlo. Sé que en este país caracterizado por la violencia y la impunidad todas y todos somos candidatos a que se nos arrebate la vida, especialmente si además denunciamos e intentamos cambiar las condiciones que condenan a la mayoría de la población a vivir en condiciones indignas. Pero también esas condiciones son las que provocan que se arranque la vida a tantas personas por la falta de acceso a un sistema de salud pública eficiente y de calidad.

Admito que frente a mis temores soy un privilegiado porque mi pasaporte español me abre otras puertas y me brinda las seguridades que no existen en Honduras, pero no quiero sentir que abandono este barco y a mi gente (compañerxs, familiares, amistades, víctimas). Sin embargo, a pesar de mis dilemas y mis temores, no puedo ignorar que el bienestar de Sara es lo único que debe condicionar mis decisiones.


domingo, 1 de julio de 2018

Se fue feliz y sí la extraño

Se nota en su cara que me extraña mucho 😂😂😂

Hace dos semanas Sara se fue a España a pasar con la familia sus vacaciones de verano como cada año desde que regresamos a Honduras. Me siento orgulloso porque es toda una campeona, cumplió un año más de viaje sola hasta Vigo. En otras ocasiones los sentimientos encontrados al irse -tristeza y alegría- los refleja a flor de piel y las despedidas en el aeropuerto, como todas, tienen esa mezcla de sentimientos.

Sin embargo, esta vez ha sido diferente por dos razones. La primera, porque al hacer fila para realizar el chequeo de pasaporte y boleto de avión, y coordinar lo del programa de viaje de menor no acompañada, Yolanda ayudó a una señora que enviaba solo a su nieto por primera vez. Aprovechó para presentar a Sara con el niño y le dijo que no había nada de qué preocuparse, que Sara ya era toda una experta viajando sola desde los 5 años y medio.

Obviamente Sara se sintió muy orgullosa porque supongo pensó que podría mostrarle al niño todo lo que implicaba hacer un viaje tan largo sin la compañía de una persona adulta que fuera familiar o amiga. Así que cuando nos despedimos para dejarla que se fuera con la azafata, lo hizo de forma rápida, nos abrazó, besó, nos dijo te amo y se marchó con más alegría que tristeza. 

Nos quedamos esperando a que subiera la escalera que la llevaría al punto de seguridad y nos lanzara una mirada, pero no sucedió así, ni siquiera nos volvió a ver porque iba ocupada platicando con el niño. Decidimos seguir esperando para que nos saludara desde los ventanales después de pasar por seguridad y nuevamente nos quedamos con las ganas, pues solo la vimos pasar  totalmente inmersa en una plática con su nuevo amigo. Suponemos que se sentía orgullosa de ir contándole al niño cómo era la aventura de viajar sola.

Aunque me alegra mucho que su independencia se vea reflejada en momentos como este, sin duda alguna, cualquier persona se hubiera reído de Yolanda y de mí si se hubiera dado cuenta que  nos quedamos más tiempo en el aeropuerto para esperar infructuosamente que nuestra hija de 9 años nos diera a lo lejos un último adiós, un beso lanzado o una simple mirada. 

La segunda razón por la que este viaje ha sido distinto es que el volver a casa fue una experiencia extraña para mí, ya que tuve sensaciones que no vivía desde hace mucho, el espacio compartido con ella se me hizo inmenso y no he dejado de extrañarla, de sentir un vacío en el pecho que hasta ahora permanece intacto.

En otra entrada comentaba que siempre aprovecho su viaje para disfrutarme a mí mismo y que ante la pregunta de si la extraño, generalmente contesto que no*. Sin embargo, si alguien me preguntara esta vez si la extraño, no podría evitar responder que sí, que me hace mucha falta y que cuento los días por verla nuevamente y estar cerca de ella.

No sé si es algún tipo de "virus" que nos ha contagiado a ambxs porque generalmente ella se la pasa genial y prácticamente no pregunta por su madre ni por mí cuando está en España. No obstante, esta vez también ha sido diferente para ella porque nos hemos comunicado más que la suma de todas las veces de los años anteriores que se ha ido. 

Incluso, el pasado miércoles platiqué un buen rato con Sara y me dijo entre sollozos que me extrañaba, lo cual me rompió el corazón y le insistí que extrañar no es malo siempre y cuando no sea un obstáculo para disfrutar. Cuando se lo conté a Yolanda, se me volvió a romper el corazón porque me dijo que por supuesto que me había extrañado, pero porque estaba sin sus primos y primas en ese momento 😂😂😂. Este fin de semana que fue de campamento parece que dejó de extrañarme 😂😂😂.

Recuerdo que las semanas previas a su viaje le decía que yo era el más interesado en que se fuera  porque eso significaba que durante casi tres meses no tendría que levantarme a las 5:30am para prepararme antes de despertarla para ir a la escuela ni preocuparme por sus actividades extraescolares ni por la compra de su merienda ni por llevarle almuerzo ni por traerla del fútbol o del ballet ni por ser su chofer. Pero esta vez, sin ella, hasta siento que extraño toda esa rutina.

*http://papa-y-nena-en-tiempos-de-patriarcado.blogspot.com/2017/08/no-la-extrano-si-la-extrano.html