lunes, 15 de octubre de 2018

La primera vez que mi hija me vio llorar



Hace unos días me enfadé con Sara por un asunto relacionado con una tarea de su escuela; aunque es una niña muy aplicada y de excelencia académica, no está demás señalarle ciertos descuidos para que continúe siendo responsable como hasta ahora.

Esto no significa que la presionamos para que obtenga buenas calificaciones o se tome la escuela más en serio que la vida misma, al contrario, siempre le decimos que la inteligencia no se mide con una nota y que lo importante es aprender comprendiendo y no memorizando, y que la mejor escuela está fuera de las paredes de su aula de clase.

En ese contexto, a mi hija jamás la he castigado físicamente, ni siquiera le he gritado alguna vez, pues su madre y yo creemos que si lo hacemos le estaríamos enseñando que los problemas y los conflictos se resuelven con gritos y violencia. Incluso, cuando ella sube el tono de su voz al discutir, le advierto que si sigue hablando de esa manera entonces yo también lo haré, así que lo comprende e inmediamente se disculpa.

Por eso, cuando me enfado solo le hablo con firmeza, le expreso las razones de mi molestia y mi decepción, y me muestro frío y distante con ella. Para Sara es algo terrible, es el peor castigo que pueda darle, no soporta ni un minuto verme así y siempre me da una lección de humildad al acercarse, aceptar que cometió un error, pedirme perdón y prometer no volver a hacerlo.

Obviamente, a mí me derrite enseguida, así que le digo que está bien, le vuelvo a señalar con un tono conciliador de voz que lo que hizo no es correcto y le dejo bien claro que aunque yo me enfade, eso no significa que dejo de amarla ni un poquito porque ella es mi hija y yo la voy a querer toda la vida. Además, de esta manera también le muestro que siempre hay que darle a la gente la oportunidad de reconocer sus errores y disculparse.

También debo admitir que discutir con ella a veces es una odisea, ya que tiene una capacidad asombrosa para encontrar justificaciones y argumentos a su favor que en más de alguna ocasión me deja sin palabras. Su madre dice que es una leguleya e incluso a menudo tiene que jugar el papel de mediadora porque al final de cuentas mi hija y yo somos iguales en eso. ¡De tal palo tal astilla! De cualquier manera, siempre le digo a Sara que aunque discutamos y nos enfademos, jamás debemos irnos a dormir sin reconciliarnos. Esto se ha convertido en una regla de oro en nuestra relación.

El asunto es que ese día que discutimos yo reconozco que sobredimensioné las cosas porque no estaba bien emocionalmente. Por eso, recapacité de inmediato, fui a su cuarto en donde estaba haciendo sus tareas, le pedí perdón y la abracé. Ella también me abrazó y me pidió perdón, y comenzó a llorar. Hubo momentos en que nos interrumpíamos disculpándonos y diciéndonos mutuamente que nos amamos.

Pero mientras la abrazaba y me disculpaba yo tampoco pude contener mis lágrimas y lloré como nunca. Sara se sorprendió porque fue la primera vez que me vio llorar. Ella siempre me señaló que había visto llorar a su mamá, pero no a mí. Obviamente, he llorado mucho, sin embargo, como muchas otras cosas que son muy mías las manejo en soledad creyendo que es lo mejor.

Las veces que he llorado solo, me he cuidado de evitar que Sara me vea porque pensaba que de esa forma la protegía de mis penas y de mis problemas, no obstante, ahora comprendo que es un error pretender meterla en una burbuja y no mostrarme en mi vulnerabilidad. Que me vea llorar y que pueda conocer e identificar mis tristezas es parte de su aprendizaje como persona.

Creo que en los últimos meses la vida me ha empujado dolorosamente a aprender la lección de que a veces hacer el intento de proteger en estas circunstancias puede ser contraproducente y dañar y alejar a las personas que se aman. Afortunadamente, ese día lloré mucho abrazado a Sara mientras le pedía perdón, le decía que la amo y le contaba en términos generales el porqué de mi desconsuelo.

Recuerdo haberle dicho que había sobredimensionado las razones de mi enfado porque estaba triste. Me preguntó por qué y le confié algunos de los motivos de mi pena; me abrazó, me dijo que me amaba y que todo iba a estar bien. Me sentí seguro siendo consolado por una niña de 10 años que me aconsejaba y me mostraba su ternura, empatía y solidaridad, y descubrí que las razones de mi llanto traspasaban las fronteras de mi tristeza individualista.

Ese día abrazado a Sara volví a llorar todo lo que había llorado en soledad durante estos largos meses de crisis y aflicción; lloré por lo que no había llorado a pesar del dolor acumulado; lloré por mis errores, mis pérdidas, mis sueños rotos y mis búsquedas fallidas; lloré por las despedidas obligadas, por los amores idos y lejanos, por las amistades olvidadas y por no haber dicho a tiempo que amaba, quería y admiraba. 

Lloré porque decidimos traerla a vivir a un país convulsionado, en harapos, deteriodado con crudeza desde el golpe de Estado, violentado por corruptxs y violadorxs a derechos humanos, militarizado, que condena a su niñez a la muerte lenta por hambre o a las ejecuciones arbitrarias, y expulsa a su gente en caravanas de esperanza y miedo.

Lloré porque Sara es mujer y solo por serlo está condenada a ser tratada como ciudadana de segunda categoría, a ser vista como un objeto sexual, a tener que demostrar día a día que es tan capaz e inteligente como cualquier figura masculina, y a pelear para que no le paguen un salario menor que un hombre por el mismo trabajo.

Lloré porque hereda un mundo en llamas y las cenizas de unas revoluciones cuya esperanza y belleza se quedaron ancladas en el pasado y ahora son una terrible pesadilla; lloré porque tiene que observar el ascenso del discurso machista, xenófobo, clasista, racista y homofóbico en las voces cada vez más presentes de Trump, Le Pen, Saviani, Bolsonaro, Casado, Abascal, etc.

Lloré porque Vox llenó Vistalegre en España y porque Honduras se hunde cada vez más en el autoritarismo; lloré por la rabia acumulada, por las heridas que ahora reconozco que aún tengo abiertas y porque me cuestiono día a día haberla traído a este "no país"; lloré porque jamás le había visto tanta tristeza y desesperación al terminar el verano y despedirnos de la familia española.

Lloré porque tengo un trabajo que nos pone en riesgo; lloré porque mi país de acogida (España) tiene que protegerme de mi país de origen (Honduras) y mi "México lindo y querido" me reconoce lo que estas tierras catrachas me niegan, ignoran y desconocen. Lloré por Pepe, Vicky y mi niña Natalia porque no puedo hacer nada más que hacerles saber que estoy sin estar.

Sin duda alguna, ese día abrazado a mi hija lloré como un hombre nuevo porque le mostré mi vulnerabilidad y me di cuenta que esconder mis lágrimas no la protegía de nada, sino que le ofrecía una falsa imagen de una distorsionada visión de fortaleza emocional en el contexto de una masculinidad tradicional de la que me quiero despojar y no deseo reproducir.

Después de llorar en sus brazos me sentí libre y pude parir los motivos que necesitaba para decidir ser valiente y agradecer en vez de sentir rabia, pues como me dijo alguien hace muy poco, solo agradeciendo es posible reconciliarme y romper amorosamente con el pasado, con las personas y con los espacios, o restaurar los lazos que me unen a ellos.

Al siguiente día temprano en la mañana, Sara me interrogó acerca de si había seguido llorando por la noche en la soledad de mi habitación y le respondí que sí. Me preguntó por cuánto tiempo y le dije que más o menos una hora. Me miró con ternura y picardía, y con una sonrisa de burla me dijo: "Papi, ni siquiera Thiago (su primo de 2 años) llora tanto tiempo como vos".

miércoles, 3 de octubre de 2018

Conversaciones con mi hija sobre el amor y las relaciones de pareja



Cada vez que salimos a comer por nuestra cuenta o por invitación de alguien, Sara siempre me molesta diciéndole a medio mundo que yo estoy a dieta debido a que mi alimentación es baja en azúcares y carbohidratos. Para "defenderme", le respondo que lo hago por ella, al igual que saltar la cuerda cinco veces a la semana, pues tengo que estar en forma para que ella pueda decir que tiene un "papá sexi".

Su reacción siempre es decir "¡papá!" en tono medio molesta, aunque realmente se ríe de mi ocurrencia. También a veces me acompaña al banco o salimos a tomar un helado o a hacer cualquier otra cosa, y le pido por favor que cuando estemos en un lugar donde hayan chicas interesantes que no le diga a nadie que soy su papá, sino su primo, así que ella comienza a gritar "¡papi!, ¡papi!" para asegurarse de que el universo entero sepa que es mi hija y no mi prima.

Estos juegos recurrentes entre nosotrxs tienen de fondo un escenario de varias pláticas que han surgido entre Sara y yo debido a su reciente interés en conocer más sobre mi vida amorosa, algo que lógicamente se ha ido acentuando con la edad y que me ha hecho reflexionar y evaluar críticamente la forma en que gestiono mis sentimientos y me relaciono con las mujeres con quien comparto un momento en este camino que es la vida, independientemente que sea breve o largo.

Uno de los temas complejos de los que hemos hablado es sobre el poliamor. El tema surgió porque un día me preguntó por qué estaba solo, si no me gustaba alguna chica. Le respondí que sí, que había un par de mujeres que me parecían muy actractivas en todos los sentidos y con quienes coincidía en muchas cosas. Inmediatamente me cuestionó si podían gustarme dos o más chicas a la vez, lo cual me obligó a ordenar mis ideas para intentar explicarle lo que yo pienso al respecto.

Le dije que yo creo que es posible amar a dos personas al mismo tiempo porque el amor no es un bien escaso, al contrario, es un bien abundante e infinito. Pero más allá de ello, lo que más me importó transmitirle es que existen diferentes caminos o herramientas para buscar ser feliz en el amor, algunas de las cuales son la monogamia y el poliamor. La primera te dice que el amor es un asunto exclusivo entre dos personas y la segunda que puede incluir a más de dos.

Le expliqué que el problema es que muchas veces confundimos el fin (ser feliz en el amor) con los medios (monogamia, poliamor, anarquía emocional, etc.) y que al final lo importante no es tanto los medios, sino que las personas tengan la libertad de decidir qué tipo de relación quieren construir; sin embargo, el patriarcado ha logrado despojarnos de esa libertad primaria al darse por sentado que cuando dos personas se atraen, se gustan o se quieren, automáticamente o by default su relación debe ser monógama sin plantearse siquiera la posibilidad de sentarse a negociar y consensuar el tipo de relación que desean.

Por tanto, el asunto trascendental aquí es la libertad: algunas parejas podrían decidirse por la monogamia, otras por el poliamor, pero lo fundamental es que tengan la autonomía de convenirlo mediante el diálogo transparente y honesto, y el consenso, valorando sus propias circunstancias, midiendo los niveles de madurez y confianza para la gestión de los celos y para compartir lo bueno o lo malo que van sintiendo, y llegando a acuerdos que les permitan escoger el "medio" más adecuado para caminar juntxs hacia el objetivo final que es ser feliz en el amor.

Muchas veces se cree que el poliamor es un estadio superior a la monogamia y que quien ha tenido experiencias poliamorosas nunca vuelve a tener relaciones monógamas porque sería un retroceso. Desde mi experiencia muy personal puedo decir que cuando tenemos claro que lo que interesa es el fin y no los medios, uno puede transitar entre relaciones abiertas a relaciones cerradas y viceversa, pues lo más importante son dos cosas: sentirse bien y ser feliz, y tener la libertad de decidir en igualdad de condiciones el tipo de relación que se desea en cada etapa de la vida. Es posible que en una etapa se prefiera el poliamor y en otra la monogamia.

Le expliqué a Sara que, por ejemplo, en mi última relación más duradera todo comenzó de forma abierta y después de dialogarlo decidimos cerrarla por plazos, es decir, acordamos ser monógamos por un mes la primera vez. Después de vencido ese plazo inicial, nos volvimos a sentar para consensuar y decidimos ampliarlo a dos meses, luego a tres y así sucesivamente hasta adoptar el acuerdo final de cerrar nuestra relación de forma contínua. Puedo decir que fue simplemente hermoso y que volvería a repetir esa experiencia sin ninguna duda.

Cualquiera podría decir que es una locura hablar de "plazos de exclusividad", sin embargo, cada fecha de vencimiento era una hermosa oportunidad para sentarnos a dialogar sobre el tipo de relación que queríamos construir. En otras palabras, no dimos por sentado nada, ejercimos nuestra libertad, no se nos impuso un único "medio" para buscar la felicidad en pareja, pudimos hablar y construir una relación a nuestra medida y la dejamos evolucionar. 

Otro tema que hablamos surgió de su pregunta sobre si yo beso a chicas que me gustan, pero que no son mis novias. Le dije que sí, incluso que puede haber sexo de por medio. Obviamente, la expresión de su cara fue la normal desaprobación de una niña de su edad ante estas cosas, casi haciendo un gesto de asco. Pero fue una oportunidad para hablarle sobre el sexo ético y explicarle que para involucrarse sexualmente con alguien, independientemente de la existencia o no del sentimiento del amor, es necesario que haya una conexión que no es únicamente física. 

Le dije que tener sexo por placer no es algo sucio ni malo, siempre y cuando quienes deciden hacerlo se cuiden mutuamente, sean responsables y lo más transparentes posible sobre las reglas del juego, es decir, sobre lo que se puede dar, no dar, esperar o no esperar en esa relación. Le hice ver que al final de cuentas todas las relaciones son importantes, duren un día o duren años, y por eso es fundamental autocuidarse y cuidar a la otra persona, e intentar que mínimamente se generen las condiciones para sentar las bases de una posible amistad. 

Explicarle estas cosas a mi hija me permitió dialogar conmigo mismo y darme cuenta de tres cuestiones que debo reconocer: primero, en una etapa de mi vida no vi las cosas así y cometí muchos errores de los cuales me arrepiento, pero quizá ello me ayudó a profundizar mi proceso de deconstrucción e intentar relacionarme mejor desde la ética; segundo, soy un hombre afortunado porque he tenido el privilegio de coincidir con mujeres que son maravillosas, grandes seres humanas y de quienes he aprendido tanto sin que muchas veces ellas lo supieran; y tercero, no he sido capaz de vivir esas relaciones más profundamente y con la intensidad suficiente por miedo a ir más allá de la amistad o del sexo ético.

Para bien o para mal, me he preocupado más por intentar ser honesto y dejar claro desde un principio que no tengo nada que ofrecer más que amistad y que mi prioridad es Sara, que por disfrutar las veces en que el corazón ha querido liberarse de las reglas rígidas que me he autoimpuesto. Quizá debajo de estas justificaciones solo se esconde una realidad: que en cierta medida me he comportado como lo que Coral Herrera llama un "mutilado emocional".

En otras palabras, he puesto mi corazón en una caja fuerte para evitar enamorarme y que se enamoren de mí, y aunque creo y espero haber sido medianamente un buen compañero dentro de los parámetros de la amistad y el sexo ético, no he sido lo suficientemente valiente para dejar que el amor fluya, e incluso en ocasiones me he alejado o he intentado aplastar cualquier atisbo de enamoramiento. Como me dijo Sara al leer esta entrada antes de darme su aprobación para publicarla: "Eso está muy mal papá".

Desafortunadamente, todavía no he aprendido la lección y es un asunto en el que estoy en deuda con mi propio proceso de deconstrucción. Yolanda ayer me dijo algo al respecto que me impactó y sobre lo cual tiene toda la razón: "[...] así como tenés una facilísima habilidad para desnudarte en las redes sociales, es inversamente proporcional a tu capacidad de hacerlo en persona".

Por eso mis pláticas con Sara sobre estos temas siempre terminan con el consejo de que viva intensamente, que exprese sus sentimientos, que disfrute lo que va encontrando en su camino, que no se detenga a pensar si durará mucho o poco, que se deleite en los momentos, que disfrute de las personas y las experiencias, y que viva en libertad siempre y cuando cumpla con dos máximas fundamentales: que siempre se dignifique y se respete a sí misma, y que respete la dignidad de todas las personas con quienes se relaciona hoy y se relacionará mañana. 

Es un consejo que me he comprometido a aplicar en mi propia vida de ahora en adelante, pero creo que no podré cumplirlo si no tomo seriamente ese tiempo de absoluta soledad que hace mucho me viene exigiendo el alma.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Gracias por estos 10 años


6 de septiembre de 2018.

Hola mi amor, hoy por la mañana cuando te desperté para ir a la escuela me invadió un torbellino de ternura al darme cuenta que exactamente hace 10 años llegaste a mi vida. Mientras te abrazaba y te decía el tradicional ¡feliz cumpleaños!, me di cuenta que realmente quien más tiene que celebrar tu vida soy yo porque no solo cambiaste la mía, también la salvaste.

Obviamente he tenido más amores a lo largo del camino que me hicieron feliz, que me llenaron y que me dieron momentos maravillosos, pero el amor que siento por vos y que sentís por mí es simplemente mágico y revolucionario; ahora que estás conmigo entiendo que sí es posible dar la vida por alguien y que soy capaz de renunciar a todo, si es necesario, por verte contenta.

En estos 10 años he visto cómo te has ido convirtiendo en una niña fuerte, sensible, solidaria, independiente, crítica y valiente. Me siento orgulloso de que tu madre y yo hayamos podido darte las herramientas para que sigás construyéndote, y te juro que si la vida me lo permite, voy a estar a tu lado para apoyarte contra viento y marea en cada una de tus decisiones, esté o no de acuerdo con ellas.

Vos sos mi vida Sara, por vos estoy dispuesto a todo y sé que en gran medida la soledad que hoy respiro se debe a mi opción radical por vos; sé también que dentro de poco te irás y mi soledad será mayor porque ahora mismo vos llenás todos mis espacios. Por eso quiero seguir disfrutando cada etapa irrepetible de tu vida.

Me siento un privilegiado de haber podido disfrutarte tanto, de tener el tiempo para estar cerca de vos, para aprender de vos. Sara, vos has sido mi escuela, gracias a vos soy una persona un poquito mejor, durante 10 años vos has sido mi mejor maestra de feminismo y paternidad igualitaria, de ternura, de pasión por la vida, de locura y de amor.

Mi vida no tendría sentido si vos no estuvieras y por eso, mi niña, en tu primera década te ratifico mi promesa de intentar cumplir diariamente lo que me decís a menudo: que soy el mejor papá del mundo. Seguiré acompañándote por el camino de la libertad y la igualdad aunque se agoten mis fuerzas, no voy a soltar tu mano aunque me corten la mía y haré todo lo que esté a mi alcance para ir "codo a codo" con vos por el sendero de tus sueños y tus proyectos.

Solo anhelo, miña filla*, que al celebrar junto a vos otra década más seás la mujer que puedo ver como reflejo en tu niñez: una mujer empoderada, libre, autónoma, solidaria, inteligente y valiente; en una palabra, que seás una bruja.

Te amo Sara.

Tu papi.

* Hija mía en gallego.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Un espejo adicional para mi hija



"Papi, ¿Por qué Linda y vos terminaron?, ¿todavía se quieren?, ¿van a volver?, ¿van a seguir siendo amigxs al menos? Es que a mí ella siempre me gustó como segunda mamá". El bombardeo de preguntas y su comentario final me dejaron perplejo, pues se cumplió uno de mis temores, es decir, que mi hija presenciara mi primera ruptura de pareja después de la separación con su madre.

Debo reconocer que me quedé en silencio por un breve momento que me pareció eterno antes de intentar hilvanar una respuesta medianamente satisfactoria; sin embargo, lo único que pude responder es algo que Linda siempre me dijo: "El amor no es suficiente". Tratar de explicarle lo que eso significa me resultó más difícil que hablarle sobre sexo, así que, intentando ocultar mi tristeza, solo pude decirle que a veces, aunque las personas se aman mucho, enfrentan ciertas circunstancias que las terminan separando.

Obviamente en toda separación hay responsabilidades y yo admito que cometí muchos errores, pero para ganar tiempo y aclarar las ideas, le dije que hablaríamos después, algo que aún tenemos pendiente. Posponer esa plática me permitió reflexionar y admitir que, en cierta medida, mi responsabilidad en la ruptura está vinculada con el machismo que a los hombres nos hace creer que podemos ser autoficientes y que no necesitamos ayuda.

Reconozco que durante el último año enfrenté una serie de complicaciones de seguridad, económicas, laborales y de salud, y en lugar de ver a Linda como la compañera que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por mí, yo me encerré en mí mismo y pensé que debía protegerla hasta de mis problemas, en vez de compartirlos y afrontarlos con su apoyo.

Como se lo confesé en una carta, yo me sentí sobrado, fui un soberbio y un machista porque me faltó humildad para dejarme cuidar por ella y tomar su mano en mis momentos malos. "Sin duda alguna actúe como un buen hijo del patriarcado". Desafortunamente, es una actitud que he mantenido inconscientemente y he tenido que enfrentar esta ruptura para darme cuenta de mi error. La lección que me queda ahora es darle la importancia debida al autocuidado y a dejarme cuidar por quienes me quieren.

¿Pero por qué tenía temor de que mi hija presenciara una ruptura así en mi vida? Iniciar una nueva relación de pareja siendo “padre soltero” no es algo sencillo, ya que no solamente me involucro yo como individuo, sino también involucro a mi hija y la hago parte de lo bueno o lo malo de una experiencia amorosa. A veces puede resultar bien y otras veces un desastre.

Afortunadamente si pongo en la balanza mi relación con Linda no hay ninguna duda de que las cosas buenas tienen mucho mayor peso y por eso es que mi hija también resiente nuestra separación, y me sigue preguntando cuándo iremos a Tegucigalpa a visitar a Linda y a Sofía, su hija, con quien hizo buenas migas y lograron establecer una conexión especial desde que se conocieron.

Recuerdo cuando Linda y yo decidimos juntarnos por primera vez con nuestras hijas. Organizamos un almuerzo juntxs para conocernos y que se conocieran, y todo salió a la perfección. Inicialmente ellas creyeron que solo éramos amigxs y cuando un tiempo después le conté a Sara que Linda era mi novia, su reacción fue mirarme con picardía y alegría, y decirme dos cosas que jamás olvidaré: "Entonces Linda es como mi segunda mamá y Sofía como mi hermana". No miento, Sara estaba muy emocionada y, obviamente, yo me sentí feliz de que mi hija comprendiera que gracias a esta relación se ampliaba su red de personas que la quieren.

Reconozco que he sido afortunado de haber compartido tantos años de relación con Linda y que mi hija formara parte de ella porque en su lógica era como una segunda mamá en quien también tenía una referencia de vida admirable y un espejo en el cual mirarse como mujer. Particularmente, hay cinco cualidades de Linda que para mí era importante que Sara las conociera y valorara, pues son fundamentales para ser una mujer fuerte, consciente, solidaria y autónoma.

Primero, Linda es una mujer luchadora, trabajadora, con un sentido de la responsabilidad impresionante, a veces excesivo cuando está en juego su salud, siempre con ganas de demostrar que es capaz y con una enorme fortaleza para soportar los golpes de la vida, a la cual se aferra como nadie, y con una sonrisa permanente capaz de iluminar la oscuridad de las tristezas propias y ajenas. No conozco a nadie con tanta valentía y coraje como ella. No tengo ninguna duda de que su tenacidad y su necedad para nadar contracorriente es un ejemplo de empoderamiento para Sara, para Sofía y para cualquier niña.

Segundo, Linda es una mujer sencilla, humilde, fácil de querer, enamora con la mirada y transmite paz y seguridad, aunque a veces ella no se da cuenta o no lo cree. Pero estoy seguro que quienes la conocen y han tenido el privilegio de ser queridxs por ella, saben de lo que estoy hablando. Y estoy seguro que Sara lo percibió desde el primer día que habló con ella por teléfono y mucho más desde que la conoció personalmente. La conexión con Linda fue inmediata y absoluta, mi hija solo necesitó escucharla y verla una vez para sentirse segura y en confianza con ella. No es de extrañar que a pesar de los meses transcurridos desde nuestra ruptura, Sara siga interesándose por saber de ella.

Tercero, Linda es una mujer cariñosa, amorosa, preocupada por el cuidado de las personas que le importan y siempre me impresionó ser testigo de su fuerza y su carácter para enfrentarse a la vida, y al mismo tiempo de su ternura para tratar a quienes quiere y aprecia. A Sara la trató como a una hija e hizo todo lo que estaba a su alcance para promover la cercanía entre nuestras hijas. Además, siempre estuvo pendiente de sus cosas, se interesaba por su escuela, por su cumpleaños, por su viaje a España, por su salud, por todo.

Cada vez que podía le hacía regalos que coincidían con sus gustos, lo cual no era casualidad, sino que reflejaba que Linda se interesó por conocer muy bien a mi hija y percibir sus intereses. Recuerdo perfectamente uno de los primeros libros que le regaló, "Las aventuras de Pinocho" del italiano Carlo Collodi, cuya historia es más hermosa que la que nos vende Disney, y que me ayudó a explicarle a Sara que se puede ser feliz aunque papá viva en una casa y mamá en otra, porque lo importante es que sigan siendo familia y se quieran.

En pocas palabras, Linda simplemente actuó movida por dos hermosos valores fuertemente conectados: solidaridad conmigo al demostrarme que al amarme a mí también amaba a mi hija y sororidad con Sara al aportar su granito de arena para que, al igual que Sofía, creciera siendo una niña empoderada. De hecho, siempre tuvimos la bella costumbre de compartir libros, películas, canciones y cualquier material que les diera a nuestras hijas ejemplos de autonomía, libertad y fortaleza ante un mundo patriarcal.

Cuarto, Linda es una mujer comprometida con las causas justas y eso le ha acarreado más de un problema. A pesar que desde la distancia cualquier persona podría asegurar que ella no tiene necesidad de involucrarse en ese tipo de "cuestiones" o que quizá no se involucra, Linda siempre está dispuesta a estar en primera fila para brindar su aporte cuando se trata de luchar por la esperanza de un país mejor. Ella es capaz de indignarse por las injusticias más pequeñas y no quedarse callada ni pasiva, lo cual, en ocasiones, incluso ha puesto en riesgo su salud.

Durante la crisis postelectoral, por ejemplo, pese a que no se encontraba bien de salud, consiguió y distribuyó agua y comida para algunas personas que habían puesto barricadas y protestaban contra el fraude, y no le importó su vida, el riesgo ni los gases lacrimógenos que podían ser letales para ella. Debo reconocer que yo ni siquiera tuve la valentía de hacer una cuarta parte de lo que ella hizo en ese momento y a pesar de mi egocentrismo al sentirme un "gurú de los derechos humanos", siempre me apoyó, me animó y me hizo sentir que lo que hacía o decía era importante.

Quinto, Linda es una lectora voraz. No conozco a alguien como ella que lea tanto y sobre temas tan variados. Cualquier persona puede preguntarle sobre literatura hispanoamericana y ella tiene una respuesta, y si no la tiene, sabe dónde encontrarla. Aunque nunca llegué a conocer su biblioteca personal, deduzco que es inmensa. Linda siempre está rodeada de libros y es una compradora compulsiva de ellos.

Gracias a su amor por los libros tuve la suerte de conocer, leer, reencontrarme o reenamorarme de María Elena Llama (Cuba), Eduardo Mendoza (España), Clementina Suárez (Honduras) o Julio Cortázar (Argentina-Francia), respectivamente, y de esta manera pude romper un poco más las fronteras de lectura del Derecho. Sin que se diera cuenta nos influyó a mí y a Sara con sus propuestas de lectura, y fortaleció la pasión por los libros que mi hija ha cultivado desde muy pequeñita.

Pero Linda no es únicamente una devoradora insaciable de libros, también es una gran escritora como lo demuestran los ensayos y artículos que escribe para la Revista Centroamericana de Cultura y Opinión "(Casi) Literal" y para el periódico digital "Contra Corriente", entre otros espacios sobre cultura en general y literatura en particular. De hecho, más de alguna vez con su ojo crítico me corrigió unos cuantos trabajos que yo he escrito y, sin duda alguna, quedaron mejor.

Yo tuve el privilegio de leer algunos de sus trabajos cuando no se habían publicado y desde mi humilde opinión de lector, puedo decir que tiene una manera atractiva y fresca de escribir. Como siempre le dije, debería de juntar todos sus ensayos y publicarlos en un solo libro, y lo mismo hacer con su tesis de maestría en Literatura Española e Hispanoamericana. Honduras necesita aportes como el que ella da y que podría dar más en esa materia.

Con mencionar apenas estas cinco cualidades de Linda estoy seguro que cualquier persona estará de acuerdo con Sara en su apreciación de que ella era perfecta como su segunda mamá y que el tiempo que duró nuestra relación su ejemplo fue y sigue siendo un parámetro para mi hija con respecto a lo que como padre igualitario me interesa: su formación humana, su claridad política y su desarrollo intelectual.

Así como intento que Sara conozca la vida de mujeres lejanas que dieron importantes aportes al mundo de la literatura, la ciencia, los deportes, la política, etc., haré lo que esté a mi alcance para que ella recuerde siempre el ejemplo cercano y personal de Linda como una mujer fuerte, independiente, amante de los libros, solidaria, intelectual y políticamente comprometida con la justicia.

Indudablemente, toda ruptura es dolorosa, pero lo es más cuando de algún modo nuestrxs hijxs se ven involucradxs y viven la pérdida de una pareja de papá o mamá que, como en el caso de Linda, logran ocupar un lugar especial en su vida y convertirse en un referente adicional.

Pese a ello, como padre me siento satisfecho de que Sara tuviera la oportunidad de descubrir que, además de su madre y algunas amigas y compañeras de trabajo, hay otras mujeres cercanas, como Linda, que son ejemplo de mujeres empoderadas en medio de tanto machismo y de tanta violencia patriarcal.

Además de garantizar que Linda pueda seguir siendo una referencia para Sara desde la distancia, en la plática que aún tenemos pendiente sobre la ruptura, intentaré transmitirle una idea poderosa de Coral Herrera que leí en su libro "Mujeres que ya no sufren por amor. Transformando el mito romántico" y que yo mismo debo aplicar en mi vida si quiero que mi hija también lo haga en el futuro: "[...] cuando rompe la relación, lo mejor siempre es aceptarlo, pasar el duelo y tirar hacia adelante. El tiempo todo lo cura, no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista, y no hay otro camino que ir hacia adelante".

Solamente así es posible preparar el camino para nuevos amores y nuevas relaciones en las que mi hija también pueda involucrarse y obtenga más referentes de mujeres admirables como Linda o su madre*, pues como me dijo una de mis mejores amigas y compañeras, "si no se cierra un ciclo no se puede ofrecer nada a nadie".

*El espejo de mi hija